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El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]

Электронная книга - «El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]». Краткое содержание книги:

Los caracteres de “El hombre en el castillo” no son sólo producto de la imaginación sino también manifestaciones de un sistema de fuerzas en el que el “I Ching” obra como un nexo análogo a un polo magnético. No obstante rara vez en una obra cualquiera de ficción, y casi nunca en la c-f podrían encontrarse caracteres más hondamente sentidos y más eficazmente retratados… La mejor novela hasta la fecha del escritor de c-f más consistentemente brillante. Ante todo por la verosimilitud con que Dick ha elaborado una ingeniosa estructura básica (unos Estados Unidos derrotados en la segunda guerra mundial y que han sido divididos en tres partes: las costas del Atlántico y del Pacífico respectivamente ocupadas por alemanes y japoneses, y una zona tapón entre dos esferas de influencia); luego por la absoluta originalidad de la presunción básica: “los alemanes ganaron la segunda guerra” aunque el “Libro de los cambios” informa sin embargo que esta amarga derrota no ha ocurrido en el mundo real… Un maestro de la c-f que ha conseguido transformar de un modo que nunca hubiéramos creido posible los temas y símbolos más fundamentales del género.
—John Brunner
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Betty, de vuelta de la cocina, se había sentado de nuevo en la alfombra. Qué atractiva, pensó Childan otra vez. La figura delgada. Aquellos cuerpos eran tan superiores; ni gordos ni bulbosos. No necesitaban fajas ni corpiños. Tenía que ocultar que se sentía fascinado; eso sobre todas las cosas. Y sin embargo, de cuando en cuando, se permitía echarle una ojeada a Betty. La piel, el cabello, y los ojos eran de un hermoso color oscuro. Parecemos cocidos a medias, comparados con ellos, pensó. Nos sacaron del horno antes de tiempo. El viejo mito aborigen, y allí estaba la prueba.

Tenía que pensar en otra cosa. Hablar de algo mundano, por ejemplo. Miró alrededor, como buscando el tema. El silencio caía pesadamente y Childan sentía la tensión casi como un calor excesivo. Insoportable. ¿Qué demonios decir? Algo que no fuera desde luego peligroso. Descubrió un libro en un gabinete bajo de laca negra.

—Veo que están leyendo La langosta se ha posado —dijo—. He oído hablar, pero el exceso de trabajo no me deja tiempo para leer. —Se incorporó, fue a tomar el libro, examinando cuidadosamente las expresiones de los japoneses; parecían complacidos, de modo que prosiguió: —¿Una novela policial? Perdonen mi ignorancia. —Volvió las páginas.

—No una novela policíaca —dijo Paul—. Al contrario, una forma interesante del género de ficción, posiblemente relacionada con la ciencia —ficción.

—Oh no —se opuso Betty—. No hay ciencia en la obra. No se trata del futuro. El tema de la ciencia —ficción es el futuro, en particular un futuro donde la ciencia ha avanzado todavía más. El libro no tiene esas características.

—Pero —dijo Paul —habla de otro presente posible. Hay muchas novelas de ciencia —ficción de esa especie. —Le explicó a Robert: —Perdone mi insistencia, pero, como sabe mi mujer, fui durante un tiempo un entusiasta de la ciencia —ficción. Empecé temprano; tenía menos de doce años. Eran los primeros días de la guerra.

—Entiendo —dijo Robert Childan, cortésmente.

—¿Quiere que le prestemos La langosta? —preguntó Paul—. Lo terminaremos pronto, dentro de un día o dos. Mi oficina está en el centro de la ciudad, no lejos de la estimada tienda de usted. Puedo llevárselo sin dificultades a la hora del almuerzo. —El japonés calló y luego, pensó Childan, a causa quizá de una señal de Betty, continuó diciendo: —Usted y yo, Robert, podríamos almorzar juntos entonces.

—Gracias —dijo Robert. No se le ocurrió otra cosa. Un almuerzo, en uno de los restaurantes de moda del centro. Él, Robert, y este sofisticado y aristócrata japonés. Era demasiado. Sintió que se le nublaban los ojos. Pero continuó examinando el libro y asintiendo. —Sí —dijo—, esto —parece interesante. Me gustaría mucho leerlo. Me agrada conocer el tema del día. —¿Era aquella una buena observación? Admitir que se interesaba porque el libro estaba de moda. Quizá no era lo adecuado. No lo sabía, pero sin embargo lo sentía así —La calidad de un libro no depende de las cifras de venta —dijo—. Todos lo sabemos. Muchos bestsellers son terriblemente mediocres. —Childan farfulló: —Este, sin embargo…

—Muy cierto —dijo Betty—. El gusto de la mayoría es realmente deplorable.

—Como en música —dijo Paul—. Nadie se interesa en el auténtico jazz folklórico norteamericano, por ejemplo. Robert, ¿es usted aficionado a Bunk Johnson y Kid Ory y otros contemporáneos? ¿El primer jazz Dixieland? Tengo toda una colección de esa vieja música, grabaciones originales de la casa Genet.

Robert dijo: —Temo conocer poco de música negra. —La pareja no pareció realmente complacida con esta observación. —Prefiero los clásicos. Bach y Beethoven.

Seguramente esto era aceptable, se dijo, sintiéndose ahora un poco resentido. ¿Se suponía que debía negar a los grandes maestros de la música europea, los clásicos inmortales, y preferir en cambio el jazz de Nueva Orleáns que se tocaba en los bares del barrio negro?

—Quizá si escuchamos una selección de los New Orleans Rhythm Kings —comenzó a decir Paul, dejando el cuarto, pero Betty lo detuvo con una mirada. Paul volvió, encogiéndose de hombros.

—La cena está casi lista —dijo Betty.

Paul se sentó otra vez, y un poco malhumorado, pensó Robert, murmuró: —El jazz de Nueva Orleáns es la más auténtica música folklórica norteamericana. Nació en este continente. Todo lo demás vino de Europa, como por ejemplo las sentimentales baladas inglesas.

—Esta es una discusión interminable entre nosotros —dijo Betty, sonriéndole a Robert—. No comparto ese amor por el jazz original.

Teniendo todavía en la mano el ejemplar de La langosta se ha posado, Robert preguntó: —¿Qué otro presente posible describe el libro?

Al cabo de un rato, Betty dijo: —Uno en el que Alemania y el Japón perdieron la guerra.

Todos callaron.

—Es hora de comer —dijo Betty, poniéndose de pie—. Acompáñenme, por favor, los dos hambrientos hombres de negocios.

Llevó a Robert y Paul a la mesa de la cena, puesta ya con un mantel blanco, cubiertos de plata, porcelana, servilletas de algodón en las que Robert reconoció unos servilleteros de hueso de la época norteamericana primitiva. La plata también era plata norteamericana. Las copas y los platos eran Royal Albert, de color azul oscuro y amarillo. Muy excepcionales; no pudo dejar de mirarlos sintiendo una admiración profesional.

Las fuentes no eran norteamericanas. Parecían ser japonesas, no estaba seguro, pues no sabía mucho de eso.

—Esto es porcelana Imari —dijo Paul, notando el interés de Childan—, de Arita. En el Japón se la considera producto de primera clase.

Los tres se sentaron.

—¿Café? —le preguntó Betty a Robert Childan.

—Sí —dijo Childan—. Gracias.

—Después de la cena —dijo Betty, yendo a buscar la mesita rodante. Pronto todos estaban comiendo. A Robert la comida le pareció deliciosa. La japonesa era una cocinera excepcional. La ensalada en particular le gustó sobremanera. Paltas, corazones de alcauciles, una variedad rara de queso azul… Gracias a Dios no le habían servido una comida nacional, esos platos de verdura y carne que abundaban tanto desde la guerra.

Y los interminables mariscos. Los había comido tantas veces que ya no podía soportar otro langostino ni otra ostra.

—Me gustaría saber —dijo Robert —cómo sería un mundo donde Alemania y Japón perdieron la guerra.

Ni Paul ni Betty contestaron durante un rato. Al fin Paul dijo: —Las diferencias son muy complicadas. Mejor que lea el libro. Si se lo cuento, perderá interés para usted.

—Tengo ideas muy claras sobre el tema —dijo Robert—. Lo pensé muchas veces. —La voz de Robert era firme, casi dura. —Mucho peor.

Los japoneses parecieron sorprendidos. Quizá a causa del tono de Robert.

—El comunismo dominaría el mundo —continuó diciendo Robert.

Paul asintió. —El autor, el señor H. Abendsen, considera ese aspecto, la expansión de la Unión Soviética. Pero como en la primera guerra mundial, todavía en el bando victorioso, la Rusia campesina, país de segundo orden, se enreda en sus propios problemas. Es el hazmerreír del mundo, y todos recuerdan la guerra que sostuvieron con el Japón, cuando…

—La victoria nos costó muchos sufrimientos —dijo Robert—. Pero fue por una buena causa. Detener la dominación eslava del mundo.

Betty dijo en voz baja:

—Personalmente no creo en la verdad de toda esa charla histórica acerca de la dominación mundial. De nadie, eslavos o chinos o japoneses.

Betty miró a Robert plácidamente. Tenía completo dominio de sí misma, no se había dejado arrastrar por las palabras, pero era evidente que trataba de decir lo que sentía. Unas manchas de color, muy rojas, le aparecieron en la cara.

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