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El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]

Электронная книга - «El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]». Краткое содержание книги:

Los caracteres de “El hombre en el castillo” no son sólo producto de la imaginación sino también manifestaciones de un sistema de fuerzas en el que el “I Ching” obra como un nexo análogo a un polo magnético. No obstante rara vez en una obra cualquiera de ficción, y casi nunca en la c-f podrían encontrarse caracteres más hondamente sentidos y más eficazmente retratados… La mejor novela hasta la fecha del escritor de c-f más consistentemente brillante. Ante todo por la verosimilitud con que Dick ha elaborado una ingeniosa estructura básica (unos Estados Unidos derrotados en la segunda guerra mundial y que han sido divididos en tres partes: las costas del Atlántico y del Pacífico respectivamente ocupadas por alemanes y japoneses, y una zona tapón entre dos esferas de influencia); luego por la absoluta originalidad de la presunción básica: “los alemanes ganaron la segunda guerra” aunque el “Libro de los cambios” informa sin embargo que esta amarga derrota no ha ocurrido en el mundo real… Un maestro de la c-f que ha conseguido transformar de un modo que nunca hubiéramos creido posible los temas y símbolos más fundamentales del género.
—John Brunner
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Llegó a la puerta de los Kasoura, en el extremo de un pasillo alfombrado, y tocó el timbre. Al rato la puerta se abrió. Allí estaba la joven señora Kasoura, vestida con un obi y un kimono de seda, el largo pelo negro recogido en la nuca, sonriéndole y dándole la bienvenida. Detrás en la sala, el marido, con un vaso en la mano, asintiendo. —Señor Childan. Entre.

Inclinándose, Childan entró.

Todo era de un extremado buen gusto. Y… tan ascético. Pocos muebles. Una lámpara aquí, una mesa, una biblioteca, un cuadro en la pared. El increíble sentido japonés del wabi. Esto no era concebible en los ingleses. La capacidad de encontrar en objetos simples una belleza que superaba los elaborados adornos. Algo que tenía relación con la distribución de los objetos.

—¿Quiere beber algo? —preguntó el señor Kasoura—. ¿Scotch y soda?

—Señor Kasoura… —alcanzó a decir Childan.

—Paul —dijo el joven japonés, y señalando a la mujer—: Betty. Y usted se llama…

—Robert —murmuró el señor Childan.

Sentados en la alfombra blanda, bebiendo, escuchaban una grabación de koto, arpa japonesa de trece cuerdas. Había sido puesta a la venta por la HMV japonesa, y era bastante popular. Childan notó que todas las partes del fonógrafo estaban ocultas; incluso los altavoces. No podía saber de dónde venía el sonido.

—Como no sabemos qué acostumbra cenar —dijo Betty—, hemos tornado nuestras precauciones. En el horno de la cocina eléctrica hay carne asada. Junto con esto, unas papas y salsa de crema y chives. Una máxima dice: nadie puede equivocarse si sirve carne asada a un invitado la primera vez.

—Magnífico —dijo Childan—. Soy muy aficionado a la carne.

Y ciertamente lo era. Pocas veces comía carne. Las praderas del Medio Oeste ya no enviaban mucho a la Costa Oeste. No podía recordar cuándo había gustado por última vez un buen asado.

Era hora de entregar los regalos.

Del bolsillo del chaleco sacó algo envuelto en papel de seda. Lo dejó discretamente en la mesa baja. La pareja lo notó enseguida, y esto obligó a Childan a decir: —Una bagatela para ustedes. Algo que muestre una parte de la alegría y del placer que siento estando aquí.

Childan abrió el papel de seda, mostrándoles el regalo. Un trozo de marfil tallado hacía un siglo por los balleneros de Nueva Inglaterra. Un objeto de arte diminuto llamado scrimshaw. Las caras de los japoneses se iluminaron; conocían bien los scrimshaws que los viejos marinos tallaban en momentos de ocio. Nada podía resumir mejor la vieja cultura norteamericana.

Silencio.

—Gracias —dijo Paul.

Robert Childan saludó inclinándose, sintiendo que el corazón se le apaciguaba, libre de la ansiedad y opresión que habían pesado últimamente sobre él. Lo que tenía que hacerse había sido hecho. La ofrenda; el reingreso como decía el I Ching.

Ray Calvin le había restituido el Colt 44, asegurándole además por escrito que el problema no se repetiría. Y sin embargo, esto no lo había tranquilizado del todo. Sólo ahora, en esta situación que no tenía ninguna relación con lo demás, la impresión de que todo estaba estropeándose se le había borrado un momento., El wabi de alrededor, esas radiaciones de armonía… aquella era la causa, decidió. La proporción. El equilibrio. Estaban tan cerca del Tao estos dos jóvenes japoneses. Por eso antes había reaccionado así, sintiendo el Tao, vislumbrándolo en sí mismo.

¿Cómo sería, se preguntó, conocer realmente el Tao? El Tao es lo que primero da luz, luego oscuridad. La interdependencia de las dos fuerzas primeras traía una constante renovación, impidiendo así que todo se desgastara. El universo no se extinguiría nunca, pues en el momento en que las sombras parecen borrarlo todo, hasta ser de veras trascendentes, las nuevas semillas de luz renacen en las profundidades. Ese era el camino. Cuando la semilla cae, cae en la tierra, en el suelo. Y allá abajo, de un modo invisible, nace a la vida.

—Una hors d’ouvre —dijo Betty. Se inclinó para extender un plato de galletitas de queso, y etcétera. Childan tomó dos y dio las gracias.

—Hay muchas novedades internacionales en estos días —dijo Paul bebiendo—. Mientras venía a casa esta noche escuché la transmisión directa del funeral del Estado en Munich, incluyendo un desfile de cincuenta mil banderas, y cosas parecidas. Mucho canto: Ich hatte einen Kamerad. El cuerpo está ahora a la vista de todos los militantes.

—Sí, nos perturbaron a todos —dijo Robert Childan—. Las noticias de principios de semana.

—El Times nipón de esta noche dice que von Schirach está arrestado en su casa, según fuentes fidedignas —dijo Betty—. Por órdenes de la SD.

—Malo —dijo Paul sacudiendo la cabeza.

—Es indudable que las autoridades desean mantener el orden —dijo Childan—. Se sabe que von Schirach es un hombre terco, que actúa a menudo apresuradamente. Algo parecido a R. Hess en el pasado. Recuerde aquel vuelo disparatado a Inglaterra.

—¿Qué otra cosa informa el Times nipón? —le preguntó Paul a su mujer.

—Mucha confusión y muchas intrigas. Unidades del ejército que se mueven de aquí para allá. Visas canceladas. Puestos fronterizos cerrados. El Reichstag en sesión permanente. Discursos.

—Eso me recuerda el magnífico discurso que le oí al doctor Goebbels —dijo Robert Childan—. Por radio, hace cerca de un año. Muchas invectivas ingeniosas. El auditorio en un puño, como de costumbre. Todo el espectro de las emociones. Ahora que el original Adolf Hitler ha desaparecido, el doctor Goebbels es sin duda el orador nazi número uno.

—Es cierto —convinieron Paul y Betty.

—El doctor Goebbels tiene también una magnífica esposa y hermosos niños —continuó Childan—. Individuos de tipo muy alto.

—Cierto —dijeron Paul y Betty—. Un hombre de familia, muy diferente de muchos otros grandes cabecillas alemanes —dijo Paul—. De costumbres sexuales dudosas.

—No presto mucha atención a —los rumores —dijo Childan—. ¿Se refieren a gente como E. Roehm? Historia vieja. Olvidada hace tiempo.

—Pienso sobre todo en H. Goering —dijo Paul, bebiendo lentamente y examinando el vaso—. Cuentos de orgías romanas de la más fantástica variedad. Sólo oírlas le pone a uno la carne de gallina.

—Mentiras —dijo Childan.

—Bueno, el tema no vale la pena —dijo Betty mirando a los dos hombres.

Los vasos estaban vacíos y la señora Kasoura fue a llenarlos.

—Las discusiones políticas enardecen demasiado —dijo Paul—. En cualquier parte a donde usted vaya. Es esencial mantenerse sereno.

—Sí —convino Childan—. En calma y orden. De ese modo todo vuelve a la estabilidad de costumbre.

—Los períodos que siguen a la muerte del líder son siempre críticos en una sociedad totalitaria —dijo Paul—. La falta de tradición y las instituciones burguesas combinadas… —Se interrumpió. —Mejor dejemos la política. —Sonrió —Hace ya tiempo que no somos estudiantes.

Robert Childan sintió que se ruborizaba y se inclinó sobre el vaso para ocultarse a los ojos del japonés. Qué modo terrible de empezar una conversación. Había estado discutiendo de política de un modo tonto a insolente. Había expresado puntos de vista opuestos, sin ninguna cortesía, y sólo el tacto extremo de Kasoura había podido salvar la noche. Cuánto tengo que aprender, pensó. Son tan graciosos y educados. Y yo… el bárbaro blanco, de veras.

Durante un rato se limitó a beber y a mantener una expresión artificial de satisfacción. He de seguir los caminos que ellos me muestran, se dijo a sí mismo. Estar siempre de acuerdo.

Sin embargo, se asustó pensando que la bebida, y la fatiga y los nervios le habían embotado el cerebro. ¿Podría arreglar el entuerto? Nunca lo invitarían otra vez; era demasiado tarde. Se sintió desesperado.

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