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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Lavien se mostró desconcertado, como un niño al que acabaran de decir que no había dulces.

– Estoy seguro de que se equivoca. Le he oído hablar de usted y solo tiene palabras de halago. Me dice que fue usted un espía extraordinario.

No pude evitar pensar que Lavien mentía para engatusarme o con alguna otra finalidad engañosa.

– ¿Y qué más le ha dicho? -inquirí.

– Dice que era listísimo en sus tratos con la gente -sonrió Lavien-. Que, si quería, era capaz de convencer al mismísimo diablo de que le vendiera a usted su alma.

Aquellas palabras me sorprendieron. Al fin y al cabo, tal vez sí que Hamilton había hablado de mí. Y era posible que, efectivamente, lo hubiera hecho en aquellos términos lisonjeros. Sin embargo, aquello no cambiaba las cosas.

– De todos modos, me detesta.

– Le propongo que vaya a visitarlo y se lo diga usted mismo. Mientras tanto, capitán, si se entera de algo que me ayude a encontrar a Pearson, espero que me lo diga.

Pensé en la nota que llevaba en el bolsillo, la de Cynthia. Pensé en mi encuentro con el irlandés. Seguro que a Lavien le habría gustado saber aquellas cosas. Sin embargo, no se las contaría si él no estaba dispuesto a ayudarme. En realidad, cada vez se me antojaba más necesario que yo realizase mi propia investigación. Encontraría al condenado Pearson y protegería a Cynthia de los peligros que la acecharan.

– ¿Dónde aprendió a hacer esas cosas? -le pregunté-. ¿A moverse tan deprisa y en silencio?

Miró a un lado y a otro, una señal segura de que iba a inventarse algo pero, al final, sus palabras sonaron verdaderas.

– Estuve en Surinam, señor. En la revuelta de los cimarrones.

Yo no era hombre que me dejase impresionar fácilmente, pero aquello era algo importante. Se decía que los cimarrones, con su mezcla de sangre india y africana, se contaban entre los guerreros más feroces del mundo, implacables en su ansia de tierra y libertad. Vivían según un riguroso código de honor, pero cualquier hombre al que considerasen enemigo moriría y moriría con sufrimientos.

– Dios mío -susurré-. ¿Luchó contra los cimarrones? Habrá visto el mismísimo infierno en manos de esos salvajes impíos.

– No me ha entendido bien. Yo luché con los cimarrones, por su libertad. Y fueron ellos los que me enseñaron a hacer lo que hago.

Si me hubiese dicho que había luchado en el bando de la luna en su guerra contra el sol, no me habría quedado más pasmado. Era la primera vez que sabía de alguien que se había puesto de parte de los cimarrones. Era la primera vez que sabía de un blanco al que se le hubiera permitido vivir con ellos.

– ¿Y peleó al lado de esos salvajes oscuros? -conseguí decir.

– El color de su piel o su grado de civilización no me interesaban -replicó, categórico-. Solo las injusticias que sufrían.

No había nada que decir ante un hombre que ayudaba a una jauría de caníbales a degollar blancos. No obstante, yo no soportaba el silencio, por lo que me puse en pie y volví a escanciarme madeira. Apuré la copa de un trago y la llené de nuevo antes de sentarme otra vez.

– En cuanto a mis dificultades… -empecé a decir.

Lavien, que quizá deseaba cambiar de tema, me indicó que me callara con un gesto de la mano y me explicó que no tenía sumas de dinero que ofrecerme, pero que sería un honor para él invitarme a cenar y a hospedarme aquella noche en su casa. Le diría a su mujer que me preparase el desván. Si quería refrescarme con un baño, eso también podía arreglarse. Intentó que la propuesta sonase generosa y no un comentario poco amable sobre mi aspecto.

Acepté la oferta y me lavé lo mejor que pude.

Mientras, habían transformado el salón en un comedor, con una mesa montada a partir de sus diversas piezas. La vieja bruja de sirvienta la puso muy elegante, con una cubertería de plata y unos hermosos vasos. La sala estaba bien iluminada y la comida, sabrosa. Sin embargo, y a pesar de tanto refinamiento, Lavien se comportó como un patán, sentando a sus hijos a la mesa. Eran una bonita chiquilla de pelo rubio a la que calculé unos siete años y su hermano pequeño, que no tendría más de dos. Fue una cena al gusto hebreo, con extrañas especias y sabores, pero en absoluto desagradable o insulsa para un hombre de paladar abierto a nuevas sensaciones. El vino era extraordinario porque los judíos siempre tienen contactos para obtener buen vino. La charla fue muy animada porque la pequeña, llamada Antonia, era una conversadora de primera categoría y me obligó a que le contara largo y tendido algunas de mis aventuras en la guerra, interrumpiéndome a menudo para dar su opinión sobre todas las cuestiones políticas.

Me sorprendió que Lavien, que se me había antojado tan curtido y cruel, aislado de la sociedad humana por su pasado y sus habilidades, fuese una criatura tan distinta cuando estaba con la mujer y los hijos. Se mostraba sincero y apacible, y era evidente que disfrutaba en su compañía. En una ocasión en que su hija hizo un comentario desacostumbradamente maduro y vehemente, su mujer y él estallaron en sonoras carcajadas. Lavien había visto y derramado sangre, había dado caza al hombre blanco luchando con los cimarrones, debía de haber comido carne humana y, sin embargo, encontraba sosiego en la vida doméstica. La envidia que me produjo me dolió en el alma.

Después de cenar, cuando la esposa y los hijos se hubieron marchado, Lavien sirvió más vino y le pregunté cómo había sido que había llegado a ponerse de parte de los cimarrones y qué había hecho con ellos, pero se mostró poco dispuesto y dijo que ya me lo contaría en otra ocasión; no le gustaba hablar de ello y mucho menos en su propia casa. No obstante, me hizo un esbozo general de lo ocurrido.

– Cometí actos -dijo- de los que ahora me avergüenzo, aunque no me avergüenzo de la causa que los motivó. Creo que todos los seres humanos, sean africanos, indios o blancos, son iguales a los ojos de Dios y de la naturaleza. La desigualdad solo está en los ojos del otro. Yo me crié en las Antillas, en la isla de Nevis y, debido a los negocios familiares, visité Surinam. Allí fui secuestrado por los cimarrones, que quisieron utilizarme como rehén, o que tal vez me habrían matado por venganza. Sin embargo, los convencí de que yo pertenecía a una tribu distinta, despreciada por sus opresores como les sucedía a ellos, y, por una serie de circunstancias que no relataré, me quedé con ellos dos años y me uní a su causa, aunque al mismo tiempo trataba de atemperarla.

– Debió de ser difícil convivir con ellos -comenté.

– A veces lo era, pero no estaba siempre con ellos. En ocasiones me desplazaba a los asentamientos de los blancos, que no sabían nada de mi relación con los cimarrones, y allí me ponía al día de lo que ocurría en el mundo exterior. Y me cautivó todo lo que leía sobre el nuevo país de ustedes. Después de tanto tiempo en la jungla, supe que tenía que vivir en una tierra fundada sobre el principio de que todos los hombres son creados iguales, así que vine a Filadelfia, porque hay una numerosa colonia judía, y aquí conocí a mi esposa.

– ¿Y cómo fue que terminó trabajando para Hamilton?

– Después de haber hecho lo que hice con los cimarrones, no me apetecía dedicarme de nuevo al comercio aunque, al principió, viví de eso. Una vez que el gobierno se trasladó a Filadelfia, me presenté a Hamilton siguiendo una corazonada. Desde entonces, siempre me ha encontrado trabajo para servir al país, aunque esta es la primera vez que estoy directamente a sus órdenes.

– ¿Por qué Hamilton? -quise saber-. De todos los hombres, ¿por qué precisamente él? ¿Porque los dos son antillanos?

Todo el mundo sabía que Hamilton era un bastardo nacido en la isla de Nevis. Su madre había sido una meretriz francesa y su padre, el hijo pobre de una familia escocesa con más pretensiones que posibles.

– Fue algo más que nuestro vínculo geográfico. El primer marido de la madre de Hamilton -dijo Lavien- era mi tío, Johan Lavien.

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