Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Un día, emprendió un viaje no solo con su padre, sino también con su madre, su hermano pequeño y su hermana mayor. La madre y el hermano pequeño estaban enfermos -tenían fiebre y vomitaban- y necesitaban un médico. El único que había en cientos de millas estaba en Pittsburgh, o eso pensaban. No obstante, cuando llegaron a la ciudad, supieron que lo habían matado hacía tres semanas en una discusión sobre cuál era el mejor aliño para un pato asado.
No tenían dinero para quedarse en la población ni siquiera una noche y, con la mujer y el niño enfermos, volvieron al bosque para regresar a su cabaña. Sin embargo, no habían recorrido ni tres millas cuando un trío de guerreros indios les tendió una emboscada. Era finales de otoño, pero el tiempo se había vuelto cálido; era lo que llaman el «verano indio», porque es en este período cuando los indios salen a guerrear por última vez hasta que vuelva la primavera. Por ello, aquellos hombres iban casi desnudos, llevaban la cabeza rapada y afeitada con motivos salvajes, y la cara y el cuerpo, cubiertos de unos símbolos demoníacos debido a los cuales parecían criaturas del infierno. Y debían de serlo porque, en apenas un momento, uno de ellos cortó la cabeza al padre de Phineas. No bien completada aquella atrocidad, otro guerrero agarró a la madre del muchacho y la obligó a presenciar cómo su compañero agarraba al hijo pequeño por el pie, lo volteaba por encima de su cabeza y lo estampaba de cráneo contra un árbol. Solo entonces se apiadaron de ella y la degollaron.
Un guerrero agarró a Phineas y otro a su hermana, tapándoles la boca con la mano. A la sazón, Phineas tenía nueve años y su hermana, once. Habían presenciado la muerte de sus padres y de su hermano pequeño y no les permitían llorar de pena y de terror. Mientras uno de los indios sostenía a la hermana, otro empezó a cortarle la ropa con un cuchillo de aspecto fiero, largo y curvo, que reflejaba la luz del sol. El que sujetaba a Phineas, extasiado con aquella orgía de violencia, relajó la fuerza con que lo agarraba y el muchacho consiguió pisarle los mocasines. Era un golpe fútil que no podía dañar al poderoso guerrero, pero bastó para que este lo soltara. Phineas quedó libre y huyó hacia el bosque, dejando atrás los cadáveres de sus padres y de su hermano y a su hermana en manos de los monstruos, donde debía de seguir. Eso, suponiendo que no la hubieran quemado viva, como tienen por costumbre a veces.
El chico regresó a Pittsburgh y contó lo ocurrido y unos hombres armados de pistolas y odio contra los indios salieron al bosque. La idea de que los indios podían ser criaturas humanas con alma, capaces del bien y del mal, está considerada una patraña romántica. Todo el mal que el hombre blanco ha hecho a los indios se ha olvidado, pero cualquier crimen que los indios cometen contra los blancos, les queda grabado en el alma. Estos hombres odian a los indios con una pasión que, si no se siente, no puede comprenderse, y si les surge la oportunidad de matar a un indio, no la pasan por alto. La historia de Phineas era de las que desataban sus pasiones más brutales. Soltaban maldiciones, culpando no solo a los salvajes sino también a las gentes del Este, que no gastaban dinero en la protección del Oeste. No les quedaba más remedio, decían, que tomarse la justicia por su mano.
En el bosque, los hombres de la partida no encontraron nada, ni siquiera los cadáveres, pero se les había encendido la sangre y no iban a quedarse de brazos cruzados. En lugar de matar a los malhechores que habían cometido aquellos crímenes, dieron media vuelta y, seguidos de Phineas, se dirigieron a una pequeña cabaña situada a las afueras de la ciudad, llena de indios evangelizados, siete en total, entre ellos niños pequeños. Los indios no se resistieron. No tenían armas con las que luchar, pero los blancos los encerraron dentro de la casa y le prendieron fuego. Mientras la vivienda era pasto de las llamas, Phineas oyó que sus voces se elevaban en un cántico, pidiéndole al Señor que los llevara a casa.
Phineas me contó esta historia sin inflexiones en la voz, ni emoción alguna. Sonaba vacía y hueca como una vieja leyenda, como el relato de la infancia de un desconocido que no guardase ninguna relación con sus propias experiencias. Cuando terminó, apartó el rostro. Al principio creí que era por vergüenza, pero enseguida advertí que se trataba de algo más visceral. La historia había sido como la flema que se aloja en los pulmones. Hay que expectorarla y, cuando ya ha salido, no se vuelve a pensar en ella.
– Anoche, ¿mataste a esas indias? -pregunté al cabo de mucho rato.
– No voy a dejar nunca vivo a un indio, si tengo la posibilidad de matarlo. Voy a ser un gran exterminador de indios, como Lou Wetzel. ¿Ha oído hablar de él? Es el hombre que ha matado más indios en el Oeste.
– ¿Es eso lo que realmente deseas? -pregunté, sin saber qué más decir.
– El deseo no es lo que cuenta. Soy así. Ahora que sabe lo que he hecho, ya no querrá ser amiga mía, pero es inevitable. Por ahora. Pero ya verá, ya. El Oeste te cambia. No te deja ser cristiano. Si soy como soy, es porque el Oeste me ha hecho así. Y usted será lo que el Oeste haga de usted.
Estábamos llegando al final de la etapa del día y él enseguida se dedicó a montar el campamento. Dejé al pobre chico y volví junto a Andrew, que no preguntó nada sobre lo que había dicho el muchacho. Ni yo se lo conté: callé y pensé en el horror en que se había convertido nuestra vida. Habíamos cambiado lo poco que teníamos por un pasaje al infierno y no tenía respuesta para la pregunta que me rondaba en la cabeza sin cesar: ¿qué he hecho? No quería que Andrew se preguntase lo mismo.
Por lo que respecta a Phineas, nunca más volvió a ser amable conmigo. A decir verdad, se volvió hostil, incluso agresivo. Antes, me miraba como a una madre; a partir del incidente, actuaba como los otros hombres, que me miraban el cuerpo con hambriento interés. Si yo caminaba demasiado despacio, me lanzaba una mirada furiosa. Si tropezaba, me señalaba y se reía. Empecé a tenerle miedo y mantuve la distancia. Los hombres eran enemigos y podía odiarlos, pero la juventud de Phineas hacía que su dureza me resultase mucho más aterradora.
Diez días después, tras unas jornadas cargadas de tensión y de miedo pero sin incidentes destacables, llegamos a Pittsburgh, aunque lo hicimos con grandes dificultades. No pudimos entrar a la ciudad sin más, puesto que el camino estaba impracticable debido a unas enormes montañas de carbón, por lo que, para recorrer las últimas millas, personas y animales y todas las pertenencias nos apelotonamos en una gran barcaza que bajó por el Monongahela, impulsada por unos hombres fornidos, musculosos y barbudos, casi Codos descamisados, que hundían unas grandes pértigas en el cauce del río para que aquel pesado vehículo se moviera.
El paisaje era escarpado y hermoso a la vez, ciertamente sublime en la indómita majestuosidad de sus colinas onduladas y sus densos bosques. La ciudad propiamente dicha era harina de otro costal. Antes incluso de que la barcaza amarrara en el muelle, ya vi que llamar ciudad a Pittsburgh era como llamar festín a un trozo de pan duro y una corteza de queso seco. No era más que un claro lodoso con cabañas de madera de las formas más irregulares e impensadas, todas cubiertas de polvo de carbón. En ella no había calzadas, solo pasajes llenos de barro que, según los fundadores de la ciudad, eran reparados con regularidad cuáquera. La gente tenía un aspecto más salvaje que civilizado. Los más afortunados vestían unas prendas hiladas en casa y de unos modelos que estaban en boga hacía cinco años, aunque a mí me alivió ver incluso las enaguas de satén o los chalecos bordados más pasados de moda. Los demás, si eran hombres, vestían pantalones de ante y camisas de cazador, y las mujeres, unas burdas faldas de arpillera. Todos los hombres llevaban barba y eran ariscos, y a un número desproporcionadamente alto de ellos les faltaba un ojo. Las mujeres, por su parte, a menudo eran deformes o jorobadas, con la cara estropeada por la intemperie y las manos rígidas y artríticas como garras de demonio. Raro era el ciudadano que tenía la mitad de la dentadura y todos los habitantes, como los edificios, iban cubiertos de polvo de carbón.