Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Las Razones del Corazón». Краткое содержание книги:

Penelope Ashford se ha criado con todas las ventajas: riqueza, posición, y belleza. Sin embargo, dista mucho ser la típica señorita de sociedad: es enérgica, terca y directa hasta las últimas consecuencias; durante años se ha dedicado a dirigir una institución de asistencia para los huérfanos. Pero ahora sus pupilos están desapareciendo misteriosamente. Desesperada, recurre al único hombre que conoce y que podría ayudarla: Barnaby Adair.
Apuesto descendiente de una noble familia, Adair se ha labrado un nombre dentro de la política y en los círculos judiciales. Sus poderes de seducción y observación combinados con pedigrí le han llevado a resolver diversos crímenes de gravedad dentro de la sociedad. Aunque la hace sentirse irritantemente incómoda, Penelope se presenta a altas horas de la noche ante la puerta de su residencia de soltero, decidida a reclutarle para su causa.
Barnaby acepta su desafío, intrigado por su historia tanto como por la mujer, su audaz belleza e innegable intelecto forman un impresionante contraste con las demás señoritas de sociedad, por lo general insípidas. Reclutando la ayuda del inspector Basil Stokes, se infiltran en las calles de Londres. Pero mientras desentrañan el misterio, descubren el rastro de un criminal arraigado en la misma recientemente creada organización para proteger a los londinenses. Y dicho criminal está al tanto de ellos y de sus esfuerzos, y está preparado para amenazar todo lo que aprecian, incluido sus recientes conocimientos sobre las intrigas del corazón humano.
1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 107
Перейти на страницу:

Grimsby vaciló un momento y luego, entornando los ojos, dijo:

– Yo no te digo cómo llevar tus asuntos, ¿verdad?

Smythe se irguió.

– No me vengas con ésas, Grimsby. Soy yo quien tiene que tratar con Alert. Y lo que se trae entre manos es grande.

– Ya, ¿y quién te propuso para eso, eh?

– Tú, viejo depravado, razón de más para que te haga cumplir la promesa de conseguirme ocho niños. Ocho, todos bien entrenados y con la boca cerrada. Y eso lleva tiempo… un tiempo que se te está acabando.

– ¿Para qué diablos necesitáis ocho? Es la primera vez que me entero de un asunto que necesite ocho a la vez.

– ¡A ti qué te importa! Alert lo quiere así y ya está. Grimsby le miró receloso.

– ¿Te propones abandonar a los chavales a su suerte?

– No es mi intención. Pero no quiero tener que decirle a Alert que no puedo acabar sus encargos porque un niño se ha quedado atascado en una ventana o se ha tropezado con un lacayo al salir. Entrenados o no, cometen errores, y Alert, como bien sabes, no es un hombre indulgente.

– Sí, bueno, ésa es la única razón por la que he salido de mi retiro, para apaciguar al maldito señor Alert.

Smythe estudió el rostro de Grimsby.

– ¿Qué cuentas tenéis que ajustar, viejo?

– ¡Ahora es a ti a quien no le importa! Te puse en contacto con él y os conseguiré los chavales, y ahí acabo yo.

– Justo lo que Alert quería que te recordara. -La mirada de Smythe se endureció. -¿Qué hay de esos dos últimos niños? Los necesito, quiero poder decirle a Alert que ya tenemos los ocho.

Grimsby lo miró fijamente un momento y luego dijo:

– Las calles están llenas de huérfanos pero no del tipo que necesitamos. Todos son torpes como bueyes o simplones o cosas peores. Unos inútiles, eso es lo que son. -Hizo una pausa y acto seguido se aproximó a Smythe y bajó la voz. -Cuando te dije que tendría a los ocho, tenía a ocho en mente. Ahora tengo seis. Pero estos dos últimos… Ahora resulta que sus parientes enfermos no están tan enfermos como me habían dicho.

Smythe interpretó la expresión de Grimsby, descifró la mirada de sus ojillos redondos, leyendo entre líneas. Pensó en Alert y en su partida de apuestas altas.

– Entonces… ¿cuán enfermos están esos parientes moribundos? O mejor dicho, ¿cómo se llaman y dónde viven?

A lo largo del día siguiente, domingo, Penelope se vio obligada armarse de paciencia, hasta que por fin ella y Barnaby, es decir, Adair, llegaron a St. John's Wood High Street. Avisado de que debía detenerse ante la sombrerería, el coche de punto aminoró la marcha mientras el cochero escrutaba las fachadas.

Se detuvo ante una tienda pintada de blanco con un único escaparate. Las persianas tapaban el interior pero el rótulo que colgaba ondina de la puerta rezaba «Griselda Martin, sombrerera».

Barnaby, es decir, Adair, se apeó y la ayudó a bajar. Mientras él pagaba al cochero, Penelope se acercó a los tres escalones de la tienda, luego se volvió y vio que Stokes venía a su encuentro calle abajo. La saludó cortésmente inclinando la cabeza.

– Señorita Ashford. -Por encima del hombro, saludó a Barnaby. -La señorita Martin nos está esperando.

Penelope tiró de la campanilla que había junto a la puerta, que repicó en el interior.

Unos pasos ligeros se acercaron presurosos a la puerta. Se oyó un chasquido y la hoja de abrió hacia dentro. Penelope vio unos preciosos ojos azules engastados en una dulce cara redonda de mejillas sonrosadas. Sonrió.

– Hola. Usted debe de ser la señorita Martin.

La mujer pestañeó y luego vio a Barnaby y Stokes en la acera. El inspector se acercó.

– Señorita Martin, le presento a…

– Penelope Ashford. -Dando un paso al frente, la joven le tendió la mano. -Encantada de conocerla.

La señorita Martin miró la mano de Penelope, la estrechó con gesto vacilante y añadió una reverencia por si acaso.

– No, no. -Penelope entró en la tienda arrastrando a la señorita Martin consigo. -Dejémonos de ceremonias. Ha sido usted muy amable al ayudarnos a rescatar a nuestros niños desaparecidos. Le estoy profundamente agradecida.

Siguiendo a Penelope al interior, Barnaby vio la extrañeza que causaba el plural en los ojos de Griselda Martin. Cuando ésta lo miró a él, Barnaby sonrió de modo tranquilizador.

– Barnaby Adair, señorita Martin. Soy amigo de Stokes e, igual que la señorita Ashford, que es la administradora del orfanato adónde iban a ir los niños, agradezco sinceramente su colaboración.

Stokes cruzó el umbral y cerró la puerta, llamando la atención de la señorita Martin.

– Confío en que disculpe esta invasión, señorita Martin, pero…

– La verdad, señorita Martin-interrumpió Penelope, -es que insistí tanto que el inspector no tuvo más remedio que permitirme venir a conocerla, junto con el señor Adair. Estoy absolutamente decidida, a rescatar a los cuatro niños que nos han arrebatado, y deduzco que usted tiene un plan para entrar en el East End y buscar pistas de la escuela de ladrones donde probablemente han sido matriculados.

Barnaby tuvo la súbita premonición de que dejar que Penelope hablara libremente con la señorita Martin conduciría al desastre. Pero entonces la sombrerera frunció el entrecejo y esperó estar equivocado.

Penelope no había apartado la mirada del rostro de la señorita Martin. En respuesta a su expresión ceñuda, asintió.

– Por cierto, apuesto a que se estará preguntando por qué una dama de mi posición muestra tanto interés por conseguir el bienestar de cuatro niños del East End. La respuesta es bastante simple. Aunque no hayan sido entregados al orfanato como estaba previsto, eso no impide que estuvieran a nuestro cargo. Esos niños son pupilos nuestros y, como administradora de la institución, no voy a darles la espalda y permitir que se los lleven, negándoles la vida que sus padres dispusieron para ellos, dejando que los reclute un hatajo de criminales. Ése no era el destino que les estaba reservado y si es necesario removeré cielo y tierra para devolverlos al buen camino.

Observando su rostro, Barnaby comprendió que al decir «cielo y tierra» lo decía en sentido literal. La fiereza que brillaba en sus ojos castaños y que tensaba sus facciones daba fe de su resolución y férrea determinación.

Dicho esto, Penelope sonrió, desterrando la imagen de diosa guerrera.

– Espero que comprenda, señorita Martin, que simplemente no puedo quedarme en casa mano sobre mano, aguardando novedades. Si hay alguna cosa que yo pueda hacer para ayudar a localizar a esos niños y rescatarlos, y creo que la hay, entonces mi sitio está aquí, haciéndola.

Detrás de él, Barnaby oyó que Stokes se movía inquieto. Era obvio que no había previsto que Penelope apelara a la señorita Martin, y mucho menos con semejante fervor. Pese a haber visto con bastante claridad adonde conducirían los métodos de persuasión de Penelope -a ella entrando disfrazada en el East End, -Barnaby, aunque a su pesar, tuvo que admirar su honestidad, así como su estrategia.

La señorita Martin había permanecido callada durante toda la declaración de Penelope y ahora le estaba estudiando el semblante. Ya no fruncía el entrecejo pero la duda persistía en sus ojos.

Barnaby estuvo tentado de decir algo, de intentar poner sordina a la arenga de Penelope, pero intuyó que si hablaba posiblemente conseguiría lo contrario. Estaba seguro de que Stokes opinaba lo mismo; con su característica franqueza, Penelope había trasladado la discusión a un plano en el que ellos, meros hombres, casi no contaban.

Todo dependía de cómo reaccionara la señorita Martin a las palabras de Penelope.

Ésta ladeó la cabeza sin apartar la mirada del rostro de la sombrerera.

– Confío en que deje a un lado cualquier reserva que pueda tener por mi condición social, señorita Martin. Poco importa la calidad de nuestros vestidos: ante todo somos mujeres.

Una sonrisa fue iluminando poco a poco el semblante de la otra.

1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 107
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)