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Электронная книга - «Las Razones del Corazón». Краткое содержание книги:

Penelope Ashford se ha criado con todas las ventajas: riqueza, posición, y belleza. Sin embargo, dista mucho ser la típica señorita de sociedad: es enérgica, terca y directa hasta las últimas consecuencias; durante años se ha dedicado a dirigir una institución de asistencia para los huérfanos. Pero ahora sus pupilos están desapareciendo misteriosamente. Desesperada, recurre al único hombre que conoce y que podría ayudarla: Barnaby Adair.
Apuesto descendiente de una noble familia, Adair se ha labrado un nombre dentro de la política y en los círculos judiciales. Sus poderes de seducción y observación combinados con pedigrí le han llevado a resolver diversos crímenes de gravedad dentro de la sociedad. Aunque la hace sentirse irritantemente incómoda, Penelope se presenta a altas horas de la noche ante la puerta de su residencia de soltero, decidida a reclutarle para su causa.
Barnaby acepta su desafío, intrigado por su historia tanto como por la mujer, su audaz belleza e innegable intelecto forman un impresionante contraste con las demás señoritas de sociedad, por lo general insípidas. Reclutando la ayuda del inspector Basil Stokes, se infiltran en las calles de Londres. Pero mientras desentrañan el misterio, descubren el rastro de un criminal arraigado en la misma recientemente creada organización para proteger a los londinenses. Y dicho criminal está al tanto de ellos y de sus esfuerzos, y está preparado para amenazar todo lo que aprecian, incluido sus recientes conocimientos sobre las intrigas del corazón humano.
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Frunciendo el ceño, Penelope respondió:

– Entiendo. -Hizo una pausa breve entes de proseguir-En eso deduzco que se propone entrar en el barrio disfrazado, localizar a esos hombres y observar sus actividades a distancia, para así establecer si actualmente dirigen una escuela de ladrones y si nuestros niños están con ellos.

Stokes pestañeó y miró a Barnaby en busca de orientación. Como no estaba seguro de la dirección que seguía Penelope, Barnaby no pudo darle ninguna.

Cuando Stokes miró a la joven otra vez, ésta retuvo su mirada.

– ¿La señorita Martin le está ayudando en esa empresa?

El no pudo evitar abrir un poco los ojos; vaciló unos instantes y luego, a regañadientes, lo admitió.

– La señorita Martin ha convenido en ayudarnos a proseguir las pesquisas en la dirección que usted acaba de apuntar.

– ¡Estupendo! -exclamó Penelope radiante.

Al ver su sonrisa, el inspector no fue el único que se incomodó de repente. A la vista de su deleite, Barnaby notó que su intuición se ponía en alerta.

– Bien. -Penelope miró a Stokes, luego a Barnaby y de nuevo al inspector. -¿Cuándo vamos a reunimos con la señorita Martin pura trazar nuestro plan?

Petrificado, Barnaby no reaccionó con celeridad suficiente para Impedir que Stokes contestara.

– Tengo previsto reunirme con ella mañana por la tarde. -El inspector contemplaba a Penelope con una incredulidad mayor que la de Barnaby. -Pero…

– Usted no va a ir -terció Barnaby sin rodeos y con inquebrantable convicción.

Volviendo la cabeza, Penelope parpadeó.

– Claro que voy a ir. Tenemos que preparar cada detalle de los disfraces y decidir cómo es mejor trabajar para descubrir lo que necesitamos averiguar.

Stokes respiró hondo.

– Señorita Ashford, no puede aventurarse en el East End.

Ella volvió su mirada cada vez más oscura, hacia Stokes.

– Si una sombrerera de St. John's Wood puede transformarse en una mujer que pase desapercibida en el East End, seguro que sabrá disfrazarme igual de bien.

Barnaby se quedó literalmente sin palabras. Le constaba que Penelope se mofaría si la describía como una belleza, pero era el tipo de dama que, sin proponérselo, hacía volver la cabeza a los hombres. Y ése era un rasgo imposible de disfrazar. Penelope lo miró con dureza y dijo:

– Si el señor Adair, que estoy segura querrá sumarse a la cacería aunque igualmente deberá disfrazarse para ello, y yo nos sumamos a usted y la señorita Martin para hacer indagaciones, esas indagaciones darán resultado más pronto.

– Señorita Ashford. -Juntando las manos sobre el escritorio, Stokes hizo un valeroso esfuerzo para replegarse en una postura formal y autoritaria. -Sería desaprensivo por mi parte permitir que una dama como usted…

– Inspector -la voz de Penelope adquirió una meticulosa dicción que no admitía interrupciones, -se habrá dado cuenta de que el señor Adair está guardando silencio. Eso se debe a que sabe que discutir esta cuestión es inútil. No necesito su permiso ni el de él para investigar este asunto. Estoy decidida a ver a nuestros cuatro niños rescatados y a los villanos enjuiciados. Además, como administradora del orfanato, estoy moralmente obligada a hacer cuanto pueda en ese sentido. -Hizo una pausa y agregó: -Y estoy convencida de que si pido ayuda a la señorita Martin, me la prestará sin tener en cuenta lo que ustedes puedan pensar.

Barnaby entrevió su salvación, una salida para él y para Stokes. Atrajo la atención de su amigo.

– En vista de la obstinación de la señorita Ashford, tal vez deberíamos posponer la cuestión hasta reunimos con la señorita Martín.

De ese modo, sería ésta quien echaría el jarro de agua fría de la realidad sobre el entusiasmo de Penelope. Apenas dudaba que una sombrerera sensata y acostumbrada a lidiar con testarudas damas de alcurnia, sabría convencer a Penelope de que debía confiar la investigación a terceros. La señorita Martin seguro que sería más capaz de disuadir a Penelope que él mismo o Stokes.

Habiendo llegado a la misma conclusión, Stokes asintió lentamente.

– Me parece una sugerencia razonable.

– Bien. Asunto resuelto. -Penelope miró a Stokes. -¿A qué hora y dónde quedamos mañana?

Acordaron encontrarse frente a la tienda de la señorita Martin de St. John's Wood High Street a las dos de la tarde.

– Estupendo.

Penelope se levantó y estrechó la mano de Stokes. Al volverse hacia la puerta, vio que Barnaby la miraba.

– ¿Usted se queda o también se marcha, señor Adair?

– La acompaño a casa. -Barnaby aguardó a que se dirigiera hacia la puerta antes de cruzar una mirada de resignación con Stokes. -Nos vemos mañana.

Su amigo asintió.

– En efecto.

Barnaby se volvió y vio la espalda de Penelope, pero no le importó ir detrás de ella; la vista desde esa posición era compensación si luciente.

– ¿Grimsby? ¿Estás ahí, viejo?

Smythe iba encorvado para no darse contra las vigas de la planta baja de la casa de Grimsby. Se decía que Grimsby era dueño de todo el edificio, un destartalado inmueble de tres pisos en Weavers Street.

Tras oír la respuesta quejumbrosa procedente del primer piso, Smythe aguardó junto al polvoriento mostrador. A su alrededor toda clase de mercancías viejas obstruían el suelo, amontonadas aquí y allí sin ningún orden aparente. Grimsby sostenía que vendía bibelots pero Smythe tenía constancia de que la mayoría de los objetos con que se comerciaba en la tienda eran robados. En ocasiones, él mismo había birlado alguno.

Unos trabajosos pasos en la escalera del fondo de la tienda inundaron el descenso del propietario al local de la planta baja. El piso de arriba era donde los niños que Grimsby tutelaba aprendían las lecciones. Y la buhardilla superior, oculta salvo si sabías dónde mirar, era donde los niños dormían.

Smythe se irguió en cuanto Grimsby apareció entre la polvorienta penumbra. Se estaba haciendo mayor y lucía una panza considerable, pero en los ojos redondos como cuentas que estudiaban a Smythe brillaba una chispa de inteligencia.

– Smythe, ¿qué andas buscando?

– Traigo un mensaje de nuestro amigo común.

La expresión de Grimsby, de astuta y maliciosa avaricia, no se alteró.

– ¿Qué quiere?

– La seguridad de que suministrarás las herramientas para su asunto según lo acordado.

Las facciones de Grimsby se relajaron. Encogió los hombros.

– Puedes decirle que no hemos tenido dificultades. Smythe entornó los ojos. -Pensaba que te faltaban dos niños.

– Sí, es verdad. Pero a no ser que haya cambio de planes, aún tenemos tiempo de sobra para pillar a dos más y entrenarlos.

Smythe titubeó y volvió la vista hacia la entrada de la tienda para comprobar que no había nadie merodeando. Bajó la voz.

– ¿Sigues recogiendo huérfanos?

– Sí, es nuestra mejor fuente. Antes los teníamos que coger de las calles, y siempre había el riesgo de levantar un revuelo. En cambio, nadie se inquieta porque nos llevemos a los huérfanos del barrio.

– ¿Y qué perspectivas tienes para estos dos últimos? ¿Cuándo los tendrás?

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