La estrategia Bellini
- Автор: Гудвин Джейсон
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La estrategia Bellini». Краткое содержание книги:
Yashim y Palieski viajan de incógnito a Venecia, una ciudad de palacios vacíos y silenciosos canales, por la que se mueven oscuros tratantes de arte, hombres que se han hecho a sí mismos y marchitos aristócratas. Cuando dos cuerpos aparecen en el canal, la búsqueda del retrato perdido se convierte en un peligroso juego del gato y el ratón que amenaza con destruir el trono otomano y desencadenar feroces luchas de poder en Europa.
Jason Goodwin, ganador del Edgar Award por El Árbol de los Jenízaros y cuyas novelas han sido traducidas a treinta y siete idiomas, es uno de los mayores expertos en Estambul, una ciudad codiciada y codiciosa atrapada entre el exotismo de su pasado y la inestabilidad de los nuevos tiempos.
La estrategia Bellini es «una novela magnífica, inteligente y evocadora» (Independent) de «un escritor de enorme talento» (Financial Times).
– Malakian -repitió ella. Entonces su tono se endureció-. ¿Y le habló Malakian también a usted del diagrama?
Yashim parpadeó.
– Perdóneme, hanum. ¿El diagrama?
Ella lo miró atentamente.
– El Diagrama del Arenero. -Hizo un gesto señalando la habitación del calígrafo-. Lo que acabamos de hablar.
Yashim le devolvió la mirada.
– Lo siento. No comprendo.
Mehila suspiró y dejó caer los hombros.
– No, Yashim effendi debería excusarme. Y Malakian es un hombre bueno. -Se mordió la mejilla-. La muerte de mi padre es aún demasiado reciente para mí. El diagrama estaba en el álbum, que él adoraba. El álbum de Bellini. -Vaciló-. Me preguntaba si se lo había llevado para mostrárselo al sultán.
– ¿Lo hizo?
Ella encogió los hombros.
– No lo sé. No me enteré de que había desaparecido hasta la muerte de mi padre. -Frunció el ceño y añadió-: Pero no lo creo así. Vino de palacio hace años a nuestra familia. Pienso que si se lo hubiera llevado a mostrárselo al sultán… -su voz se fue apagando.
– En efecto… El sultán podría haberle agradecido el solícito regalo. -Yashim frunció el entrecejo-. Pero ¿no puede usted encontrarlo?
Ella esbozó una resplandeciente sonrisa.
– Aparecerá, inshallah.
– Inshallah. -Yashim se inclinó-. Le estoy agradecido, hanum. Lamento no haber podido ver a su padre, pero ha sido un honor para mí conocer a su hija.
En su camino hacia la orilla, pasó por delante de una pequeña mezquita y entró en ella.
Cuando se arrodilló sobre la alfombra y levantó la mirada, vio que en el interior de la cúpula estaba escrito No hay más Dios que Alá, en negro contra el blanco yeso. Inclinó la cabeza y murmuró una plegaria por los difuntos.
Cuando levantó nuevamente la cabeza descubrió a un imán sentado tras el biombo, leyendo el Corán.
El imán le hizo un gesto con la cabeza.
– La inscripción… ¿es de Yamaluk effendi? -preguntó Yashim.
– Ciertamente, effendi. Una luz que se fue de nuestro mundo.
– He conocido a su honorable hija, imán. Ella dijo que él murió… de una manera extraña.
El imán apretó los labios.
– Yamaluk effendi no temía a la muerte.
– ¿Pero?
– Pero el temor de Dios estaba en su rostro cuando murió. -Colocó su dedo sobre el libro-. Lo siento por su hija. Su padre debió de morir después de que ella lo dejara, una noche. Por la mañana ya estaba frío. Sufrió una apoplejía, supongo. Bueno, fue rápido. Dios es misericordioso, effendi.
– Dios es realmente misericordioso, imán -repuso Yashim, con preocupación.
Capítulo 33
Palieski oyó la llamada en su puerta y bajó gateando de la cama. Sería Ruggerio, supuso, mientras se ponía su batín. Ruggerio presionando al rico norteamericano para que lo llevara nuevamente a almorzar.
Palieski tardó un momento en casar el fornido hombre con el rostro arrugado que tenía en su memoria.
– Entre, commissario -dijo disimulando y abriendo la puerta de par en par. Una oleada de malestar del día anterior se apoderó de él. Se sintió como un fugitivo acosado sin amigos.
El commissario se dirigió a la ventana y contempló el Gran Canal.
Le sorprendía a Palieski que, al igual que Barbieri, el hombre fuera incapaz de apartar los ojos del canal. Uno pensaría que la novedad había desaparecido a estas alturas.
– ¿Puedo servirlo en algo, commissario?
Brunelli lanzó un gruñido.
– Para un hombre que ha estado en Venecia sólo unos pocos días, parece que está usted causando bastante impresión, signor Brett. -Se dio la vuelta-. No estoy seguro de si es exactamente la impresión que usted deseaba.
Palieski frunció el ceño y no dijo nada.
– La otra noche -continuó Brunelli-, usted pensó que yo había venido a comprobar su bona fides. Le dije a usted que para eso me habían enviado, pero no que fuera por eso por lo que yo he venido. ¿Recuerda?
– Tenía usted un cuerpo en el canal. Yo había visto cómo lo retiraban. No serví de mucha ayuda, me temo.
– Eso no es problema, signor Brett. Excepto que ahora, sabe usted, tengo otro.
– Tiene otro -repitió Palieski, desconcertado. Era la tarea del commissario, suponía, tratar con los cuerpos en los canales. ¿Por qué venía a verlo a él?
– A este segundo hombre, creo, usted lo conocía. Era el conde Barbieri.
La mano de Palieski subió hasta su boca.
– ¡Santo Dios! ¿Qué hora es? Lo olvidé completamente… Se suponía que íbamos a vernos a las once.
Brunelli lo miró a los ojos y lentamente movió la cabeza en un gesto negativo.
– No se verá con Barbieri, signor. Y, debería añadir, es casi mediodía.
Si Brett era un mentiroso, pensó, era muy bueno.
Un hombre más simple -el Stadtmeister, por ejemplo- podría haber sacado la evidente conclusión de que el signor Brett no era de fiar. «No nos engañemos -podría haber dicho el Stadtmeister-. Cuando el río suena…» Pero Brunelli, a diferencia de su jefe, no era un hombre simple. Se había pasado demasiados años considerando su propia motivación, y ahora siempre descubría lo que motivaba a las otras personas. Era un patriota veneciano, nacido y criado en esas atestadas islas, y creía que Venecia con toda su grandeza y decadencia, con todos sus estados de ánimo, con su dulzura y su maldad, le ofrecía un escenario sólido y suficiente. Torcello, digamos, o Burano, o los tramos más alejados de la laguna, estaban entre bastidores; la tierra firme apenas si estaba en el mismo teatro.
Era un patriota veneciano que había hecho un voto de lealtad al emperador Habsburgo. Esa paradoja enfurecía a su hijo, como él había reconocido a la contessa. Pero Paolo era también simple, porque era joven, y no se había enfrentado a diferentes opciones. Paolo no había tomado decisiones.
Brunelli tomó una, ahora.
– El conde Barbieri fue asesinado anoche, cuando salía de la fiesta de la contessa -dijo-. Fue atacado en su góndola. Le cortaron la cabeza con un cuchillo.
Palieski se sentó en una silla apoyada contra la pared.
– Qué cosa más horrible.
– La cabeza de Barbieri fue descubierta esta mañana por un sacristán en la iglesia de San Paolo, no lejos de allí. El sacristán la encontró en el altar, en un platillo de comunión.
Palieski miró al commissario.
– ¿Cómo san Juan Bautista?
Brunelli lanzó un gruñido.
– Sí. No lo había pensado de esa manera.
– Pero ¿qué podría significar?
– No tengo la menor idea.
Brunelli ocupó el asiento de la ventana, y él y Palieski se inclinaron hacia delante, apoyándose en el codo, mirándose mutuamente. Al cabo de una pausa, ambos rompieron a hablar al mismo tiempo.
– ¿Cree usted que yo…?
– No creo que usted…
Palieski fue el primero en recuperarse.
– Yo no maté al conde Barbieri, commissario. Por el contrario, estaba esperando hacer negocios con él.
– Estoy pensando en mi informe -dijo Brunelli con toda franqueza-. Usted vio a Barbieri en la fiesta de la contessa, luego se marchó, temprano. Algunas personas -un magistrado, por ejemplo- podría preguntarse adonde fue usted.
– Volví aquí. Me sentía enfermo… Un golpe de sol creo.
– Humm. -El commissario parecía preocupado-. Supongo que nadie le vio a usted más tarde, ¿no?
– ¿Más tarde? No.