Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
Nat se marchaba del despacho cada día más tarde, e incluso comenzó a preguntarse si de verdad estaba en un país extranjero. Cuando comías un Big Mac y una Coca-Cola, cenabas Kentucky Fried Chiken con una Budweiser y volvías a la residencia de oficiales para ver el ABC News y reposiciones de 77 Sunset Strip, ¿qué pruebas tenías de que te habías marchado de casa?
Hizo algunos intentos subrepticios para unirse a su regimiento en el frente, pero acabó comprendiendo que la influencia del coronel Tremlett llegaba a todas partes; sus solicitudes reaparecían sobre su mesa al cabo de un mes, con un sello que decía: «Rechazada; puede presentarla de nuevo dentro de un mes».
Cada vez que Nat solicitaba una entrevista para discutir el tema con algún oficial de campo, nunca conseguía pasar más allá de este o aquel comandante. En cada ocasión, un oficial diferente dedicaba media hora a intentar convencerlo de que hacía un muy valioso y digno trabajo en la intendencia. Su hoja de servicios era la más delgada de todo Saigón.
Comenzó a comprender que su alistamiento por «cuestión de principios» no había servido de nada. Al cabo de un mes, Tom comenzaría su segundo curso en Yale y él no tenía nada para demostrar sus esfuerzos salvo la cabeza rapada y la información certera de la cantidad de clips mensuales que necesitaba el ejército en Vietnam.
Se encontraba en su oficina, ocupado en disponer los alojamientos para una compañía de reemplazos que llegaría el lunes siguiente, cuando todo aquello cambió.
Las diligencias de alojamiento, vestuarios y documentos de viaje lo habían tenido ocupado todo el día y hasta bien entrado el anochecer. Varios de los documentos llevaban el sello de urgente, porque el comandante en jefe siempre quería estar bien informado de los antecedentes de las compañías de reemplazo antes de que aterrizaran en Saigón. Nat no se había dado cuenta de lo tarde que era, así que cuando acabó con el último formulario, decidió dejarlos en el despacho del adjunto antes de ir a comer un bocado en el comedor de oficiales.
Al pasar por delante de la sala de operaciones, le dominó la furia; todo el entrenamiento que había recibido en Fort Dix y Fort Benning había sido una absoluta pérdida de tiempo y dinero. Aunque eran casi las ocho, aún quedaban una docena o más de operadores, algunos de los cuales conocía, que atendían los teléfonos y actualizaban el enorme mapa de Vietnam del Norte.
Al volver del despacho del adjunto, Nat entró en la sala de operaciones para ver si había alguien libre para acompañarle a cenar y se encontró escuchando los movimientos de tropas del segundo batallón del 503 regimiento de infantería paracaidista. De no haber sido porque se trataba de su regimiento, no habría vacilado en marcharse al comedor solo. El segundo batallón estaba soportando un duro ataque de morteros del Vietcong y se había atrincherado en el lado peligroso del río Dyng, para protegerse de una matanza. El teléfono rojo sobre la mesa delante de Nat comenzó a sonar con insistencia. Nat no movió ni un músculo.
– No se quede ahí sin hacer nada, teniente. Coja el teléfono y averigüe lo que quieren -le ordenó el jefe de operaciones.
Nat se apresuró a atender la llamada.
– Llamando a la base, situación crítica, soy el capitán Tyler, ¿me recibe?
– Sí, capitán, soy el teniente Cartwright. ¿Cómo puedo ayudarle, señor?
– Victor Charlie [3] ha tendido una emboscada a mi pelotón un poco más arriba del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71. Necesito una formación de Hueys con equipo médico. Tengo noventa y seis hombres, once bajas, tres muertos y ocho heridos.
– ¿Cómo me pongo en contacto con el equipo de rescate de emergencia? -le preguntó Nat a un sargento que acababa de colgar el teléfono.
– Llame a la base Blackbird en el campamento Eisenhower. Coja el teléfono blanco y comuníquele las coordenadas al oficial de guardia.
Nat cogió el teléfono blanco y una voz somnolienta atendió la llamada.
– Soy el teniente Cartwright. Tenemos una emergencia. Dos pelotones atrapados en el lado norte del río Dyng, coordenadas SE42 NNE71: han caído en una emboscada y requieren asistencia inmediata.
– Dígales que estaremos en vuelo dentro de cinco minutos -le informó la voz ya absolutamente alerta.
– ¿Puedo ir con ustedes? -preguntó Nat que se tapó la boca con la mano mientras se preparaba para la inevitable negativa.
– ¿Está autorizado para volar en misiones de rescate con helicópteros?
– Lo estoy -mintió Nat.
– ¿Experiencia con paracaídas?
– Hice el curso de entrenamiento en Fort Benning. Dieciséis saltos desde doscientos metros en S-123; en cualquier caso, se trata de mi regimiento.
– Entonces si consigue llegar a tiempo, queda invitado.
Nat colgó el teléfono blanco y cogió de nuevo el rojo.
– Están de camino, capitán -le comunicó, y colgó.
Nat salió corriendo de la sala de operaciones y fue hasta el aparcamiento. Un cabo dormitaba sentado al volante de un jeep. Saltó al asiento del acompañante, hizo sonar la bocina y le ordenó:
– Lléveme a la base Blackbird en cinco minutos.
– Pero si está a ocho kilómetros de aquí, señor -replicó el conductor.
– Razón de más para que no pierda un segundo, cabo -le gritó Nat.
El cabo arrancó el motor y se puso en marcha, con los faros encendidos, con una mano en el volante y la otra en la bocina.
– Deprisa, deprisa -repitió Nat, mientras aquellos que todavía estaban en las calles de Saigón después del toque de queda se apartaban corriendo junto con varias gallinas espantadas.
Tres minutos más tarde, Nat vio a una docena de helicópteros Huey aparcados en la pista. Los rotores de uno de ellos ya estaban en marcha.
– Pise a fondo -insistió Nat.
– Ya toca el suelo, señor -replicó el cabo cuando apareció a la vista la entrada del campo.
Nat volvió a contar: en esos momentos eran siete los aparatos con los rotores en marcha.
– ¡Maldición! -gritó al ver que despegaba uno de los helicópteros.
El jeep frenó en seco delante de la garita de la guardia. Un policía militar les pidió las tarjetas de identificación.
– Me queda un minuto para subir a uno de esos helicópteros -vociferó Nat al tiempo que le daba su tarjeta-. ¿No puede darse prisa?
– Solo hago mi trabajo, señor -le respondió el policía militar.
En cuanto le devolvieron las tarjetas y levantaron la barrera, Nat señaló al único helicóptero que aún tenía los rotores parados y el cabo volvió a acelerar. Se detuvo con gran estrépito de los frenos a un paso de la cabina cuando los rotores comenzaron a girar. El piloto sonrió al ver a Nat.
– Justo por los pelos, teniente. Suba. -El aparato despegó antes incluso de que Nat pudiera abrocharse el arnés de seguridad-. ¿Quiere escuchar las malas noticias o las peores? -le preguntó el piloto.
– Lo que usted quiera.
– La regla en cualquier emergencia es siempre la misma. El último que despega es el primero que aterriza en territorio enemigo.
– ¿Cuál es la mala noticia?
[3] Victor Charlie: designación militar del Vietcong. (N. del E.)