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Электронная книга - «El amor vive al lado». Краткое содержание книги:

Todo tenía un precio, y a Tom McIver le había llegado el momento de pagar.
La pequeña Hannah, de seis semanas de edad, era el resultado de su azarosa vida sentimental. Pero la niña no tenía madre y él necesitaba una esposa.
Sin saber cómo, Annie se encontró accediendo a su propuesta de matrimonio, pero era un matrimonio de conveniencia, un acuerdo donde el amor no tenía cabida… si no fuera porque ella ya estaba perdidamente enamorada de él.
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– ¡Papá!

El incidente ya estaba olvidado.

– ¡Papi, has venido a mi cumpleaños!

– Claro, gatita. ¿Cómo me lo iba a perder?

La voz de Rod Manning dejaba muy claro que el hombre estaba completamente borracho. Sus movimientos lo certificaban aún más, pues a penas si podía mantenerse en pie.

Estaba sin afeitar, con la ropa sucia. Parecía llevar semanas con lo mismo puesto y sin haberse dado un baño.

Kylie retrocedió desconcertada.

– ¿No vas a abrir mi regalo? -dijo y miró a su mujer con agresividad-. Seguro que es un regalo mucho más caro que el que ella te ha comprado.

Kylie lo miró con temor y, como si fuera una obligación, abrió el paquete que su padre había traído.

Era una caja, en cuyo interior había un vestido de organdí rosa, lleno de lazos y claramente muy caro.

– Gracias, papá -susurró la niña temerosa-. Mi abuela me hizo este vestido para mi cumpleaños. Pero este me lo puedo poner en Navidad.

– ¡Tú te vas a poner ese vestido inmediatamente! ¿Qué quieres decir con eso de que tu abuela te hizo el vestido? Mi hija no se pone vestidos hechos en casa. Ve a cambiarte.

– Pero mi abuela me lo cosió mientras estaba en el hospital -respondió la pequeña desafiante.

– Kylie, ya me has oído.

– No.

– ¡Pequeña insolente…! -Rod se acercó y le dio una bofetada.

– ¡No! -Annie era el adulto más cercano a Rod. Se lanzó sobre él y le sujetó el brazo con terror.

– ¡Annie! -Tom habló casi al unísono, consciente del peligro que Annie corría con aquel hombre.

Pero nadie se esperaba lo que iba a ocurrir después.

Annie estaba aún sujetando a Rod, cuando éste sacó una pistola y apuntó a Tom.

– Retrocede. Vete de ahí. Déjame a mí que me ocupe de mi hija -empujó a Annie-. Y tú desaparece de mi vista, maldita zorra.

Agarró a su pequeña con fuerza.

– Se va a poner mi vestido porque yo lo digo. Y se va a venir a casa conmigo. Por eso he comprado esto -se refería a la pistola-. Por si alguien quería impedírmelo. Los abogados me han dicho que no podré conseguir la custodia. Sólo me dejarán tener acceso a ella. ¡Acceso! Podré verla los fines de semana si su madre me lo permite. ¿Creen que voy a consentir que sea así? Ni hablar. Mi hija no va a vivir en un maldito apartamento cochambroso.

Levantó el arma y apuntó directamente a la cabeza de Betty.

Si era o no su intención disparar, no estaba dispuesta a averiguarlo. Annie se lanzó sobre él y con una fuerza sobrehumana logró apartar la pistola.

– Annie, no… -el grito de Tom resonó en la habitación. Pero había demasiados niños aterrados entre ellos, como para poder hacer nada.

Y, justo después, sonó un disparo.

Silencio.

Annie calló al suelo y un charco de sangre lo inundó todo.

El arma se levantó de nuevo.

– Annie…

– ¡Que nadie se mueva!

Tom se quedó paralizado. No tenía alternativa.

Con Kylie firmemente sujeta y amenazándola con la pistola, Rod retrocedió.

Luego, miró lo que acababa de hacer.

Apartó la pistola de la cabeza de su hija y apuntó de nuevo a Annie.

– ¡No!

Había muchos niños aún en medio. Tom no podía moverse con agilidad.

– Manning, no lo hagas.

– Retrocede.

Rod, con su hija, comenzó a apuntar a todos los que estaban en la habitación.

– Fuera de aquí todo el mundo. No quiero a nadie, fuera. Vamos, dejadme solo con mi hija.

Tom trató de acercarse.

– Si lo haces, le vuelo la cabeza a esta zorra. ¡Lo digo absolutamente en serio! Se lo merecía, es la que me ha causado todos estos problemas. Me daré el gusto de dispararle otra vez o de ver cómo se desangra poco a poco.

– Manning, piensa en los problemas que vas a tener por actuar así.

El tono de Tom era convincente, pero Rod Manning no parecía dispuesta a dejarse llevar.

En la habitación las escenas de terror se sucedían, cada cual reaccionando de modo diferente.

Poco a poco, fueron saliendo todos.

– ¡Fuera de aquí todos! -Rod hablaba directamente con Tom, pero con el arma seguía apuntando a Annie.

– Manning, se va a morir.

– Si te acercas un sólo paso más, la mato primero a ella y luego continuo con todos los niños que quedan.

– De acuerdo, de acuerdo -dijo Tom- Que todo el mundo vaya saliendo. Vamos, Betty.

– ¿Y mi hija? La va a matar.

– No, no lo hará. No será tan estúpido como para cometer semejante error.

La puerta se cerró, dejando atrás los llantos, los gemidos y los silencios aterrados.

En el interior, sólo se escuchaba la pesada respiración de Rod Manning.

Kylie no había pronunciado ni una sola palabra.

Annie sentía que la sangre fluía rápidamente. Se iba a desangrar. Tenía que hacer algo. Como pudo, agarró lo primero que encontró y lo puso sobre la herida. Era vestido de organdí. Si apretaba las piernas, conseguiría cortar el flujo de sangre.

– Le has hecho daño a la doctora Annie -dijo la pequeña.

– Se lo merecía -afirmó el padre.

– No, no se lo merecía, papá.

– ¡Cállate!

– No, no se lo merecía -dijo la pequeña y se acercó a Annie.

– Kylie, deja a tu padre -le rogó Annie.

– ¡Cállate, zorra! -la insultó.

– ¿Qué va a hacer? -preguntó Annie, con un ligero hilo de voz.

– Esperar. Voy a esperar -Rod se acercó a la puerta que conducía al dormitorio y la abrió. Luego se acercó a la ventana.

Annie seguía perdiendo sangre.

– ¿A qué va a esperar?

– ¡Y yo que sé! ¿A que te mueras, por ejemplo?

– Entonces lo acusaran de asesinato.

– ¿Y qué más me da? He perdido mi trabajo, no tengo carnet de conducir, el banco me ha quitado la casa y me he quedado sin familia, sin hija.

– Sigue teniendo una hija.

– ¡Mírala! ¿Qué tipo de niña es cuando tiene que ponerse un vestido que le ha hecho su abuela? Ni siquiera me permite que me acerque a ella.

– No cuando la asusta. Por favor, déjela salir de aquí -dijo Annie.

– Se queda hasta el final.

Annie lo miró y entonces entendió lo que aquel hombre quería.

Era su vida, la deseaba segar, pero no se atrevía. Así que las arrastraría a Annie y a Kylie con él hasta el final.

Kylie se había acurrucado junto a Annie.

– No te duermas por favor -le decía la pequeña-. No te duermas, no me dejes sola.

– No me dormiré -respondía Annie una y otra vez. Estoy contigo.

Pero cada vez se sentía más débil. Tenía la vista borrosa y no podía mantener los ojos abiertos.

No debía dormirse, no debía dormirse.

De pronto, se oyeron sirenas y sin dar casi tiempo, algo golpeó el cristal y la habitación se llenó de humo.

Todo estaba oscuro y borroso. Seguía sintiendo a la niña a su lado y se oían ruidos de todo tipo.

Hubo una advertencia.

– ¡No seas estúpido!

Un disparo y un grito.

Y, después, alguien las llevaba, tanto a Kylie como a ella. No sabía si era un hombre o eran dos. Tampoco sabía quién era.

– ¡Por favor, no le hagas daño a la niña! -gritó Annie en su delirio.

– Tranquila, tranquila, ya estás a salvo, mi amor, ya estás a salvo.

Capítulo 12

ELLA no debía estar así en el hospital. Su obligación era estar de pie, con una bata blanca y el estetoscopio. ¡No podía estar en la cama!

Levantó la cabeza e hizo un amago de incorporarse, pero unas fuertes manos la sujetaban.

– ¿Dónde crees que vas?

Era Tom.

– Tranquila, tranquila. Ya ha pasado todo. Todo el mundo está bien. Eres la única a la que hirieron.

– Kylie…

– Kylie está perfectamente. La policía ha detenido a Rod. Trató de disparar contra sí mismo, pero falló.

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