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Электронная книга - «El amor vive al lado». Краткое содержание книги:

Todo tenía un precio, y a Tom McIver le había llegado el momento de pagar.
La pequeña Hannah, de seis semanas de edad, era el resultado de su azarosa vida sentimental. Pero la niña no tenía madre y él necesitaba una esposa.
Sin saber cómo, Annie se encontró accediendo a su propuesta de matrimonio, pero era un matrimonio de conveniencia, un acuerdo donde el amor no tenía cabida… si no fuera porque ella ya estaba perdidamente enamorada de él.
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– No sé para qué necesitáis médicos en este hospital. Tú nos organizas a todos.

– Eso es lo que procuro hacer -dijo Helen-. A ti y al doctor, los primeros. Luego me encargaré de Chris. La tengo la siguiente en la lista.

– Cásese con él, doctora -Margaret Ritchie estaba en el porche, cuando Annie llegó al día siguiente a visitarla.

Por supuesto, Annie se había llevado a Hannah. El bebé protestó unos instantes y pronto se calmó, en cuanto sintió el biberón en la boca.

– ¿La lleva con usted a menudo?

– Sólo cuando vengo aquí -sonrió Annie-. Tom sí que se la lleva a todos lados.

– ¿Cree que estarán celosas? Me refiero a cuando se case con él.

– Margaret.

– No me diga nada -extendió la mano y la posó sobre la de ella.

Ya había cesado por completo el dolor y las líneas de su rostro eran menos profundas-. ¿No me diga que no tiene el valor para hacerlo?

– Margaret, él no me ama.

– Pero usted sí lo ama a él.

Silencio.

Neil no estaba. Estaban las dos mujeres solas, bajo el suave sol de la tarde.

– ¿Y la pequeña? ¿Podría llegar a quererla también?

Annie miró al bebé. Nunca pensó que tendría el privilegio de ser madre. Realmente, siempre se había visto a sí misma como una solitaria.

Hannah tenía el poder de conmoverla. No era cualquier bebé. Era la hija de Tom.

– ¿Y los perros?

– Incluso a los perros -sonrió Annie.

– Deberías casarte, ¿te puedo tutear?

– Por supuesto… Él no me quiere.

– Sencillamente no sabe lo que quiere.

Annie volvió después de anochecer y se sentó sola en su apartamento.

Oía hablar a Tom, ladrar a los perros, llorar a Hannah.

Por fin la pequeña se sereno.

Era el momento.

Annie abrió la puerta y se dirigió a la puerta contigua.

Llamó dos veces. Tom abrió.

– ¡Annie!

– ¿Puedo hablar contigo?

Tom la hizo pasar.

– ¿Qué ocurre Annie? ¿Estás bien?

Annie respiró profundamente.

– He tomado una decisión -dijo al fin-. Si todavía así lo quieres, mi respuesta es sí.

Silencio.

Y, por fin, lentamente, Tom la tomó en sus brazos.

– Gracias, Annie, muchas gracias. Te aseguro que no te arrepentirás. Es una decisión muy sensata.

Capítulo 9

¡Sensato! Aquella era la última palabra que ella habría utilizado para describir una decisión como aquella. Menos aún, para describir la reacción que todo el valle había tenido.

De pronto, todo el mundo había caído en un delirio extremo, causado por la perspectiva de una boda tan deseada.

– ¡Ni hablar!

– ¡Si no puedo ser la matrona de honor, no seré nada! -dijo Robbie.

Margaret Ritchie encargó un nuevo vestido en Melbourne.

– No me perdería tu boda por nada del mundo -le dijo a Annie-. La verdad es que creo que nadie se la quiere perder. Si no invitáis a todo el mundo, tendréis un millar de cabezas asomando por las puertas y ventanas de la iglesia.

– ¡Pero claro que está invitada, Margaret, la primera! -dijo Annie-. Y, según creo, Tom está enviando cartas a todo el mundo que está en la guía de teléfonos.

– ¡Annie! ¿Te quieres calmar? -se dijo a sí misma, momentos antes de que Tom entrara en la oficina del hospital.

Se había escondido allí para evitar el encuentro con la enloquecida población de la zona que no hacía sino ir y venir con nuevas sugerencias para la boda.

Legalmente, había que esperar cuatro semanas para la boda. Pero Tom no iba a esperar más de lo imprescindible.

Ya llevaban comprometidos dos semanas y sólo quedaban otras dos.

En la cocina del hospital se hacían rosetones de nata y fresa, en lugar de las tradicionales galletas para la cena.

– Necesitamos que los pacientes también estén animados hasta la boda.

Y, sin duda, lo estaban.

En la UCI, se había encontrado a Chris con la señora Christianson. Miraban vestidos de novia en una revista especializada.

– Todo el hospital se ha vuelto completamente loco. Esto es absurdo.

– Annie, si nos vamos a casar, lo suyo es que tengamos una boda como es debido. Por lo menos te quitarás esos malditos vaqueros -la besó amistosamente en la frente.

¡Estupendo! Estaban a punto de casarse y seguía tratándola como si fuera su hermana pequeña.

Miró a Tom con una inmensa duda en los ojos. En realidad no era una, sino cientos de ellas.

Lo cierto era que Tom había recobrado su capacidad de estar a cargo de todo, y así ejercía.

– Tom, me parece completamente estúpido tener una boda romántica cuando no lo es en absoluto.

– Bueno -se acercó a ella y la abrazó-. No creo que sea tan terrible. ¿Tú quieres romanticismo?

Annie se apartó.

– No seas tonto, Tom.

– No lo soy.

Estaba claro que no le importaba nada que se apartara de él. Se dejó caer en una silla al otro lado del escritorio con una sonrisa complacida…

Ya tenía lo que quería, no se iba a arriesgar a perderlo.

– Y, hablando de romance, ¿qué te parecería si tuviéramos una luna de miel? Podríamos irnos a Tahití.

– ¿Con Hannah, Hoof y Tiny? -Annie agarró otra carpeta y comenzó a buscar-. Vete tú con ellos de luna de miel. Yo estoy demasiado ocupada.

– Pareces enfadada.

– Lo estoy.

– ¿Por qué? -preguntó Tom, realmente confuso.

– Porque me estoy viendo obligada a casarme entre lazos y puntillas, cuando la realidad es que nuestra relación no tiene nada que ver con eso.

– ¿Realmente no quieres nada de eso?

Aquella era una de esas preguntas que no podía contestar.

¿Cómo decir la verdad? Su sueño era vivir exactamente lo que iba a vivir. Pero faltaba algo básico y fundamental para que fuera reaclass="underline" amor.

– He recibido una carta del abogado de Rod Manning -dijo Annie, en un cambio radical de tema.

– Rod… -Tom frunció el ceño-. ¿Qué demonios quiere?

– Una copia de mi informe sobre su caso.

– ¿Por qué?

– Supongo que porque quiere llevarme a juicio -dijo Annie-. Me odia.

– Seguro que no -dijo Tom-. Debe de haber llegado al estado de paranoia absoluta por el shock del accidente. Pero ahora debe de estar en vías de apaciguarse.

– No lo creo.

– ¿Te perturba mucho? ¿Es eso lo que te preocupa? -Tom se levantó y le puso las manos sobre los hombros. Contra su buen juicio, Annie decidió apoyar la cabeza en él-. Annie, estoy seguro de que no van a encontrar nada mal. Quizás hay otro motivo por el que quiere el informe.

Annie se las arregló como pudo para que no notara el efecto que su contacto provocaba en ella.

– Dudo que haya otro motivo. Kylie y su Betty ya están bien. Pero parece ser que Betty ha pedido el divorcio. Estaba cansada de pasarlo mal. Rod no paraba de beber. La noche de la fiesta Betty insistió en que no condujera. Pero él la obligó y ella no tuvo más remedio que meterse en el coche con su hija. Así es que ahora, no sólo ha perdido su carnet de conducir, sino también a su familia.

– Ya -Tom le estaba masajeando los hombros suavemente. El cuerpo de Annie comenzó a reaccionar de forma inesperada-. Annie, nada de eso es culpa tuya.

– Supongo que eso lo sé. Envié mi informe al comité de defensa médica y me dijeron que estaban bien, que hice lo que tenía que hacer y que, legal-mente, no podía evadir a la policía. Era mi obligación darles parte del grado de alcoholemia que tenía en la sangre.

– No me gusta nada ese hombre -Tom la apretó contra él-. Vas a ser mi mujer y no quiero que te ocurra nada. Rod puede llegar a ser muy violento.

Annie se sintió consternada ante semejante reacción. Realmente, Tom le estaba ofreciendo algo que muchas mujeres habrían encontrado más que satisfactorio: una posición social y su protección.

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