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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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Serían setenta y dos horas si estaban los dos. Pero si estuviera él solo, podría alargarlas a noventa, o puede que incluso a cien si apagaba el purificador hasta que el aire se volviera irrespirable. Le había mencionado la idea a Big Jim, pero él la vetó de plano. «Tengo problemas de corazón», le recordó. «Cuanto más irrespirable sea el aire, más probabilidades hay de que me dé guerra.»

– ¿Carter? -Con ímpetu y exigencia. Una voz que penetraba en el oído igual que el olor de las sardinas del jefe se le metía en la nariz-. ¿Qué está pasando ahí dentro?

– ¡Todo listo, jefe! -exclamó, y apretó el botón. El motor de arranque ronroneó y el generador se puso en marcha al instante.

Tengo que pensarlo, se dijo Carter, pero el vigilante de la supervivencia tenía otra opinión. El vigilante de la supervivencia pensaba que cada minuto perdido era un minuto malgastado.

Ha sido bueno conmigo, se dijo Carter. Me ha dado responsabilidades.

Trabajos sucios que no quería hacer él mismo, eso es lo que te ha dado. Y un agujero en la tierra para que mueras dentro. Eso también.

Carter se decidió. Sacó la Beretta de la pistolera y regresó a la sala principal. Sopesó la idea de esconderla a la espalda para que el jefe no lo supiera, pero pensó que mejor no. El hombre lo había llamado «hijo», a fin de cuentas, y tal vez incluso lo sintiera así. Merecía algo mejor que un tiro inesperado en la nuca y marchar sin estar preparado.

10

No era de noche en el extremo nororiental del pueblo; allí la Cúpula estaba muy sucia, pero no era ni mucho menos opaca. El sol brillaba a través de ella y lo teñía todo de un rosado febril.

Norrie corrió a donde estaban Barbie y Julia. La niña tosía y seguía sin aliento, pero, aun así, corrió.

– ¡A mi abuelo le está dando un ataque al corazón! -gimió, y luego cayó de rodillas, tosiendo más y boqueando.

Julia la rodeó con sus brazos y le volvió la cara hacia los estruendosos ventiladores. Barbie se arrastró hasta el grupo de exiliados que estaban junto a Ernie Calvert, Rusty Everett, Ginny Tomlinson y Dougie Twitchell.

– ¡Dejadles trabajar! -espetó-. ¡Dadle un poco de aire!

– Ese es el problema -dijo Tony Guay-. Le han dado lo que quedaba… el que se suponía que iba a ser para los niños… pero…

– Epi -dijo Rusty, y Twitch le pasó una jeringuilla. Rusty se la inyectó-. Ginny, empieza con el masaje. Cuando te canses, deja que Twitch te releve. Después yo.

– Yo también quiero hacerlo -dijo Joanie. Un mar de lágrimas caía por sus mejillas, pero parecía bastante serena-. Asistí a una clase.

– Yo fui con ella -dijo Claire-. También ayudaré.

– Y yo -dijo Linda en voz baja-. Hice el curso de reanimación este verano.

Es una ciudad pequeña y todos apoyamos al equipo, pensó Barbie. Ginny (con la cara aún hinchada por sus propias heridas) empezó con el masaje cardiopulmonar. Cedió el turno a Twitch justo cuando Julia y Norrie llegaban junto a Barbie.

– ¿Podrán salvarlo? -preguntó la niña.

– No lo sé -repuso Barbie. Pero sí que lo sabía; eso era lo más infernal.

Twitch relevó a Ginny. Barbie los miraba mientras las gotas de sudor que caían de la frente de Twitch oscurecían la camisa de Ernie. Unos cinco minutos después se detuvo, tosiendo entrecortadamente. Cuando Rusty quiso ocupar su lugar, Twitch sacudió la cabeza.

– Se nos ha ido. -Se volvió hacia Joanie y dijo-: Lo siento mucho, señora Calvert.

El rostro de Joanie tembló, después se arrugó. La mujer profirió un grito de pena que se convirtió en un ataque de tos. Norrie la abrazó, tosiendo también ella otra vez.

– Barbie -dijo una voz-. ¿Podemos hablar?

Era Cox, que ahora iba vestido con ropa de camuflaje marrón y llevaba una chaqueta con forro de borreguillo para protegerse del frío del otro lado. A Barbie no le gustó la expresión sombría de su rostro. Julia lo acompañó. Se inclinaron muy cerca de la Cúpula, intentando respirar despacio y con regularidad.

– Ha habido un accidente en la base de la Fuerza Aérea de Kirtland, en Nuevo México. -Cox hablaba en voz muy baja-. Estaban realizando los tests definitivos del rayo nuclear que habíamos pensado probar y… mierda.

– ¿Ha explotado? -preguntó Julia, horrorizada.

– No, se ha fundido. Han muerto dos personas, y es muy probable que otra media docena mueran a causa de quemaduras y/o intoxicación por radiación. El caso es que hemos perdido el arma. Hemos perdido esa condenada arma nuclear.

– ¿Se ha debido a un mal funcionamiento? -preguntó Barbie, casi esperando que lo hubiera sido, porque eso querría decir que de todas formas no habría servido de nada.

– No, coronel. Por eso he utilizado la palabra «accidente». Eso pasa cuando la gente va demasiado deprisa, y estos días todos hemos ido perdiendo el culo.

– Lo siento mucho por esos hombres -dijo Julia-. ¿Lo saben ya sus familias?

– Dada vuestra situación, es muy amable por tu parte que pienses en eso. Pronto los informarán. El accidente ha tenido lugar a la una de esta madrugada. Ya han empezado a trabajar en el Muchacho Dos. Debería estar listo dentro de tres días. Cuatro como máximo.

Barbie asintió con la cabeza.

– Gracias, señor, pero no estoy seguro de que dispongamos de tanto tiempo.

Un prolongado y débil lamento de pena (un lamento de niña) se elevó tras ellos. Cuando Barbie y Julia dieron media vuelta, el lamento se convirtió en una serie de toses ásperas y ávidas boqueadas de aire. Vieron a Linda arrodillarse junto a su hija mayor y estrecharla entre sus brazos.

– ¡No puede estar muerta! -gritó Janelle-. ¡Audrey no puede estar muerta!

Pero así era. La golden retriever de los Everett había muerto durante la noche, en silencio y sin armar alboroto, con las pequeñas J durmiendo una a cada lado de ella.

11

Cuando Carter volvió a la sala principal, el segundo concejal de Chester's Mills estaba comiendo cereales de una caja que tenía un loro de dibujos animados en la parte de delante. Carter reconoció el mítico pájaro de numerosos desayunos de su infancia: el tucán Sam, santo patrón de los Froot Loops.

Deben de estar más rancios que la leche, pensó Carter, y experimentó un fugaz momento de lástima por el jefe. Después pensó en la diferencia entre setenta y pocas horas de aire y ochenta, o cien, y su corazón se endureció.

Big Jim sacó otro puñado de cereales de la caja, después vio la Beretta en la mano de Carter.

– Vaya -dijo.

– Lo siento, jefe.

Big Jim abrió el puño y dejó caer de nuevo los Froot Loops en cascada dentro de la caja, pero tenía la mano pegajosa y algunos aros de cereal de vivos colores se le quedaron pegados en los dedos y la palma de la mano. El sudor brillaba en su frente y goteaba desde sus amplias entradas.

– Hijo, no lo hagas.

– Tengo que hacerlo, señor Rennie. No es nada personal.

Y no lo era, decidió Carter. Ni siquiera un poco. Estaban allí atrapados, eso era todo. Y, puesto que había sucedido a consecuencia de las decisiones de Big Jim, Big Jim tendría que pagar el precio.

Rennie dejó la caja de Froot Loops en el suelo. Lo hizo con cuidado, como si le diera miedo que pudiera hacerse añicos si la trataba con brusquedad.

– Entonces, ¿qué es?

– Todo se reduce… al aire.

– Aire. Comprendo.

– Podría haber entrado aquí con el arma escondida a la espalda y haberle metido una bala en la cabeza sin más, pero no he querido hacerlo así. Quería darle tiempo para que se prepare. Porque usted me ha tratado bien.

– Entonces, no me hagas sufrir, hijo. Si no es nada personal, no me harás sufrir.

– Si se queda quieto, no sufrirá. Será rápido. Como disparar a un ciervo herido en el bosque.

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