Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Ужасы » La Cúpula
La Cúpula - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
1 ... 247 248 249 250 251 252 253 254 255 ... 264
Перейти на страницу:

– Debajo de las patatas al principio hacía frío, pero después empezó a hacer calor, y luego me achicharraba. Pensé que me cocería vivo. El establo se estaba incendiando justo por encima de mi cabeza. Todo estaba en llamas, pero el calor era tanto y había llegado tan rápido que no duró mucho, y quizá fue eso lo que me salvó. No lo sé. Me quedé ahí hasta que la primera botella se quedó vacía. Entonces tuve que salir. Tenía miedo de que la otra hubiera explotado, pero no. Aunque supongo que estuvo a punto.

Ames asintió. Ollie succionó más aire a través de la Cúpula. Era como intentar respirar a través de un trapo grueso y muy sucio.

– Y la escalera. Si hubiera sido de madera en lugar de hormigón, no podría haber salido. Al principio ni siquiera lo intenté. Solo me arrastré otra vez bajo las papas, porque hacía muchísimo calor. Las que estaban en la parte de fuera de la pila se asaron, las olía. Después empezó a resultarme difícil conseguir aire, y así supe que la segunda botella se me acababa también.

Se detuvo a causa de un ataque de tos. Cuando volvió a recuperarse, siguió.

– En el fondo, yo solo quería oír otra vez una voz humana antes de morirme. Me alegro de que hayas sido tú, soldado Ames.

– Me llamo Clint, Ollie. Y tú no te vas a morir.

Pero los ojos que miraban a través del sucio agujero del fondo de la Cúpula como si miraran por la ventanilla de cristal de un ataúd parecían conocer otra verdad, más auténtica.

9

La segunda vez que sonó el timbre, Carter supo lo que era, aunque lo había despertado de un sueño sin ensoñaciones. Porque parte de él no volvería a dormir de verdad hasta que todo aquello hubiera pasado o hasta que estuviese muerto. Suponía que eso era el instinto de supervivencia: un vigilante insomne en el fondo del cerebro.

La segunda vez fue a eso de las siete y media de la mañana del sábado. Lo sabía porque su reloj era de los que se encendían si apretabas un botón. Las luces de emergencia se habían apagado durante la noche y el refugio nuclear estaba completamente a oscuras.

Se sentó y sintió que algo le daba un golpe en la nuca. Supuso que sería el mango de la linterna que había usado esa noche. La buscó a tientas y la encendió. Estaba sentado en el suelo. Big Jim estaba tumbado en el sofá. Era Big Jim quien le había dado un golpe con la linterna.

Por supuesto, él se queda con el sofá, pensó Carter con rencor. Él es el jefe, ¿verdad?

– Venga, hijo -dijo Big Jim-. Date toda la prisa que puedas.

¿Por qué tengo que ir yo?, pensó Carter… pero no lo dijo. Tenía que ir él porque el jefe era viejo, el jefe estaba gordo y el jefe padecía del corazón. Y porque el jefe era el jefe, por supuesto. James Rennie, Emperador de Chester's Mills.

El emperador de los coches usados, eso es lo que eres, pensó Carter. Y apestas a sudor y a aceite de sardinas.

– Venga. -Una voz irritada. Y asustada-. ¿A qué esperas?

Carter se levantó, el haz de luz rebotó en las estanterías repletas del refugio (¡cuántas latas de sardinas!), y caminó hacia la habitación de las literas. Allí dentro todavía había una luz de emergencia encendida, pero parpadeaba, casi se había apagado. Y el timbre sonaba más fuerte, era un gemido constante: AAAAAAAAAAAA. El gemido de una muerte próxima.

Nunca saldremos de aquí, pensó Carter.

Iluminó con la linterna la trampilla de delante del generador, que seguía produciendo ese molesto pitido monótono que, por alguna razón, le hacía pensar en el jefe cuando soltaba sus discursitos. A lo mejor el significado de ambos ruidos se reducía al mismo estúpido imperativo: «Dame, dame, dame de comer. Dame propano, dame sardinas, dame sin plomo para mi Hummer. Dame de comer. De todas formas moriré, y después también tú morirás, pero ¿a quién le importa? ¿A quién le importa una puta mierda? Dame, dame, dame de comer».

Dentro del compartimiento de almacenaje del suelo ya solo quedaban seis bombonas de propano. Cuando cambiara la que estaba casi vacía, quedarían solo cinco. Cinco bombonas de mierda, no mucho mayores que las de Blue Rhino, entre ellos y la muerte por asfixia cuando el purificador de aire dejara de funcionar.

Carter sacó una bombona, pero la dejó junto al generador. No tenía ninguna intención de cambiarla hasta que no quedara nada de propano, por muy molesto que fuera ese AAAAAA. No. Que no. Como solían decir del café de Maxwell House: era bueno hasta la última gota.

Sin embargo, estaba claro que ese timbre lo sacaba a uno de quicio. Carter supuso que podía buscar la alarma y silenciarla, pero entonces ¿cómo sabrían cuándo se estaba quedando seco el generador?

Como un par de ratas atrapadas en un cubo volcado, eso es lo que somos.

Hizo números mentalmente. Quedaban seis bombonas, cada una de ellas con una duración de unas once horas. Pero si apagaban el aire acondicionado, alargarían a doce o incluso trece horas por bombona. Mejor ser cautos y contar con doce. Doce por seis era… vamos a ver…

El AAAAAA hacía que la multiplicación fuera más difícil de lo que debería haber sido, pero al final lo consiguió. Setenta y dos horas entre ellos y una espantosa muerte por asfixia allí abajo, a oscuras. Y ¿por qué estaban a oscuras? Porque nadie se había molestado en cambiar las baterías de las luces de emergencia, por eso. Seguramente hacía veinte años o más que no las cambiaban. El jefe se había dedicado a «recortar gastos». Y ¿por qué había solo siete raquíticas bombonas de mierda en el almacén, cuando en la WCIK había un alijo de tropecientos litros esperando para estallar? Porque al jefe le gustaba tenerlo todo justo donde quería.

Allí sentado, escuchando el AAAAAA, Carter recordó uno de los dichos de su padre: «Esconde un penique y pierde un dólar». Ese era Rennie, de la cabeza a los pies. Rennie, el Emperador de los Coches Usados. Rennie, el pez gordo de la política. Rennie, el señor de la droga. ¿Cuánto había sacado con su operación de estupefacientes? ¿Un millón de dólares? ¿Dos? ¿Acaso importaba?

Seguramente nunca se lo habría gastado, pensó Carter, y ahora sí que no se lo gastará, joder. Aquí abajo no hay nada en qué gastárselo. Tiene todas las sardinas que es capaz de comer, y son gratis.

– ¿Carter? -La voz de Big Jim llegó flotando en la oscuridad-. ¿Vas a cambiar esa bombona o vas a quedarte ahí a escuchar cómo pita?

Carter abrió la boca para vociferar que iban a esperar, que cada minuto contaba, pero justo entonces se acabó el AAAAAA. Y también el quiiip quiiip quiiip del purificador de aire.

– ¿Carter?

– Estoy en ello, jefe. -Con la linterna bien sujeta bajo la axila, Carter sacó la bombona vacía, colocó la llena sobre una plataforma metálica lo bastante grande como para soportar un depósito diez veces mayor y la conectó.

Cada minuto contaba… ¿o no? ¿Por qué iba a contar, si al final llegarían a la misma asfixiante conclusión?

Sin embargo, el vigilante de la supervivencia que llevaba dentro pensaba que aquella era una pregunta de mierda. El vigilante de la supervivencia pensaba que setenta y dos horas eran setenta y dos horas, y que cada minuto de esas setenta y dos horas contaba. Porque ¿quién sabía lo que podía pasar? Puede que al final los militares lograran descubrir cómo abrir una brecha en la Cúpula. Puede que incluso desapareciera sola y se marchara tan repentina e inexplicablemente como había llegado.

– ¿Carter? ¿Qué estás haciendo ahí dentro? Mi dichosa madre podría moverse más deprisa, ¡y está muerta!

– Ya casi estoy.

Se aseguró de haberla conectado bien y puso el pulgar sobre el botón de encendido (pensando que, si la batería de arranque era tan vieja como las baterías que habían alimentado las luces de emergencia, tendrían problemas de verdad). Entonces se detuvo.

1 ... 247 248 249 250 251 252 253 254 255 ... 264
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)