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Hija de la fortuna

Электронная книга - «Hija de la fortuna». Краткое содержание книги:

Eliza Sommers es una joven chilena que vive en Valpara?so en 1894, el a?o en que se descubre oro en California. Su amante, Joaqu?n Andieta, parte hacia el norte decidido encontrar fortuna, y ella decide seguirlo. El viaje infernal, escondida en la cala de un velero, y la b?squeda de su amante en una tierra de hombres solos y prostitutas atra?dos por la fiebre del oro, transforman a la joven inocente en una mujer fuera de lo com?n. Eliza recibe ayuda y afecto de Tao Chi`en, un m?dico chino, quien la conducir? de la mano en un itinerario memorable por los misterios y contradicciones de la condici?n humana.
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– Gracias, mamita. Siempre me acordaré de ti…

– Y yo voy a rezar para que te vaya bien, mi niña -fue lo último que oyó Eliza de labios de Mama Fresia, antes de entrar a una casucha de pescadores tras los pasos del cocinero chino.

En la sombría habitación de madera sin ventanas, olorosa a redes húmedas, cuya única ventilación provenía de la puerta, Tao Chi´en entregó a Eliza unos pantalones calzonudos y un blusón muy usado, indicándole que se los pusiera. No hizo ademán de retirarse o de volverse por discreción. Eliza vaciló, jamás se había quitado la ropa delante de un hombre, sólo de Joaquín Andieta, pero Tao Chi´en no percibió su confusión, pues carecía del sentido de la privacidad; el cuerpo y sus funciones le resultaban naturales y consideraba el pudor un inconveniente, más que una virtud. Ella comprendió que no era buen momento para escrúpulos, el barco partía esa misma mañana y los últimos botes estaban llevando el equipaje rezagado. Se quitó el sombrerito de paja, desabotonó sus botines de cordobán y el vestido, soltó las cintas de sus enaguas y, muerta de vergüenza, le señaló al chino que la ayudara a desatar el corsé. A medida que sus atuendos de niña inglesa se amontonaban en el suelo, iba perdiendo uno a uno los contactos con la realidad conocida y entrando inexorablemente en la extraña ilusión que sería su vida en los próximos años. Tuvo claramente la sensación de empezar otra historia en la que ella era protagonista y narradora a la vez.

El Cuarto Hijo

Tao Chi´en no siempre tuvo ese nombre. En verdad no tuvo nombre hasta los once años, sus padres eran demasiado pobres para ocuparse de detalles como ése: se llamaba simplemente el Cuarto Hijo. Había nacido nueve años antes que Eliza, en una aldea de la provincia de Kuangtung, a un día y medio de marcha a pie de la ciudad de Cantón. Venía de una familia de curanderos. Por incontables generaciones los hombres de su sangre se transmitieron de padres a hijos conocimiento sobre plantas medicinales, arte para extraer malos humores, magia para espantar demonios y habilidad para regular la energía, "qi". El año en que nació el Cuarto Hijo la familia se encontraba en la mayor miseria, había ido perdiendo la tierra en manos de prestamistas y tahúres. Los oficiales del Imperio recaudaban impuestos, se guardaban el dinero y luego aplicaban nuevos tributos para cubrir sus robos, además de cobrar comisiones ilegales y sobornos. La familia del Cuarto Hijo, como la mayoría de los campesinos, no podía pagarles. Si lograban salvar de los mandarines unas monedas de sus magros ingresos, las perdían de inmediato en el juego, una de las pocas diversiones al alcance de los pobres. Se podía apostar en carreras de sapos y saltamontes, peleas de cucarachas o en el "fan tan", amén de muchos otros juegos populares.

El Cuarto Hijo era un niño alegre, que se reía por nada, pero también tenía una tremenda capacidad de atención y curiosidad por aprender. A los siete años sabía que el talento de un buen curandero consiste en mantener el equilibrio del "yin" y el "yang", a los nueve conocía las propiedades de las plantas de la región y podía ayudar a su padre y hermanos mayores en la engorrosa preparación de los emplastos, pomadas, tónicos, bálsamos, jarabes, polvos y píldoras de la farmacopea campesina. Su padre y el Primer Hijo viajaban a pie de aldea en aldea ofreciendo curaciones y remedios, mientras los hijos Segundo y Tercero cultivaban un mísero pedazo de tierra, único capital de la familia. El Cuarto Hijo tenía la misión de recolectar plantas y le gustaba hacerlo, porque le permitía vagar por los alrededores sin vigilancia, inventando juegos e imitando las voces de los pájaros. A veces, si le quedaban fuerzas después de cumplir con las inacabables tareas de la casa, lo acompañaba su madre, quien por su condición de mujer no podía trabajar la tierra sin atraer las burlas de los vecinos. Habían sobrevivido a duras penas, cada vez más endeudados, hasta ese año fatal de 1834, cuando los peores demonios se abatieron sobre la familia. Primero se volcó una olla de agua hirviendo sobre la hermana menor, de apenas dos años, escaldándola de la cabeza a los pies. Le aplicaron clara de huevo sobre las quemaduras y la trataron con las yerbas indicadas para esos casos, pero en menos de tres días la niña se agotó de sufrir y murió. La madre no se repuso. Había perdido otros hijos en la infancia y cada uno le dejó una herida en el alma, pero el accidente de la pequeña fue como el último grano de arroz que vuelca el tazón. Empezó a decaer a ojos vista, cada día más flaca, la piel verdosa y los huesos quebradizos, sin que los brebajes de su marido lograran demorar el avance inexorable de su misteriosa enfermedad, hasta que una mañana la encontraron rígida, con una sonrisa de alivio y los ojos en paz, porque al fin iba a reunirse con sus niños muertos. Los ritos funerarios fueron muy simples, por tratarse de una mujer. No pudieron contratar a un monje ni tenían arroz para ofrecer a los parientes y vecinos durante la ceremonia, pero al menos se cercioraron de que su espíritu no se refugiara en el techo, el pozo o las cuevas de las ratas, desde donde podría acudir más tarde a penarles. Sin la madre, quien con su esfuerzo y su paciencia a toda prueba mantuvo a la familia unida, fue imposible detener la calamidad. Fue un año de tifones, malas cosechas y hambruna, el vasto territorio de la China se pobló de pordioseros y bandidos. La niña de siete años que quedaba en la familia, fue vendida a un agente y no se volvió a saber de ella. El Primer Hijo, destinado a reemplazar al padre en el oficio de médico ambulante, fue mordido por un perro enfermo y murió poco después con el cuerpo tenso como un arco y echando espumarajos por la boca. Los hijos Segundo y Tercero estaban ya en edad de trabajar y en ellos recayó la tarea de cuidar a su padre en vida, cumplir con los ritos funerarios a su muerte y honrar su memoria y la de sus otros antepasados varones por cinco generaciones. El Cuarto Hijo no era particularmente útil y tampoco había cómo alimentarlo, de modo que su padre lo vendió en servidumbre por diez años a unos comerciantes que pasaban en caravana por las cercanías de la aldea. El niño tenía once años.

Gracias a uno de esos eventos fortuitos que a menudo habrían de hacerlo cambiar de rumbo, ese tiempo de esclavitud, que pudo ser un infierno para el muchacho, resultó en realidad mucho mejor que los años transcurridos bajo el techo paterno. Dos mulas arrastraban una carreta donde iba la carga más pesada de la caravana. Un enervante quejido acompañaba cada vuelta de las ruedas, que adrede no engrasaban con el fin de espantar a los demonios. Para evitar que escapara, ataron al Cuarto Hijo, que lloraba desconsolado desde que se separó de su padre y hermanos, con una cuerda a uno de los animales. Descalzo y sediento, con la bolsa de sus escasas pertenencias a la espalda, vio desaparecer los techos de su aldea y el paisaje familiar. La vida en esa choza era lo único que conocía y no había sido mala, sus padres lo trataban con dulzura, su madre le contaba historias y cualquier pretexto había servido para reírse y celebrar, aún en los tiempos de mayor pobreza. Trotaba tras la mula convencido de que cada paso lo adentraba más y más en el territorio de los espíritus malignos y temía que el chirrido de las ruedas y las campanillas colgadas de la carreta no fueran suficientes para protegerlo. Apenas lograba entender el dialecto de los viajeros, pero las pocas palabras agarradas al vuelo le iban metiendo en los huesos un miedo pavoroso. Comentaban de los muchos genios descontentos que deambulaban por la región, almas perdidas de muertos sin recibir un funeral apropiado. La hambruna, el tifus y el cólera habían sembrado la región de cadáveres y no quedaban vivos suficientes para honrar a tantos difuntos. Por suerte los espectros y demonios tenían reputación de lerdos: no sabían voltear una esquina y se distraían fácilmente con ofrecimientos de comida o regalos de papel. A veces, sin embargo, nada lograba apartarlos y podían materializarse dispuestos a ganar su libertad asesinando a los forasteros o introduciéndose en sus cuerpos para obligarlos a realizar impensables fechorías. Habían pasado unas horas de marcha; el calor del verano y la sed eran intensos, el chiquillo tropezaba cada dos pasos y sus nuevos amos impacientes lo azuzaban sin verdadera maldad con varillazos por las piernas. Al ponerse el sol decidieron detenerse y acampar. Aliviaron a los animales de la carga, hicieron un fuego, prepararon té y se dividieron en pequeños grupos para jugar "fan tan" y "mah jong". Por fin alguien se acordó del Cuarto Hijo y le pasó una escudilla con arroz y un vaso de té, que él atacó con la voracidad acumulada en meses y meses de hambre. En eso los sorprendió un clamor de aullidos y se vieron rodeados por una polvareda. Al griterío de los asaltantes se sumó el de los viajeros y el chiquillo aterrorizado se arrastró bajo la carreta hasta donde dio la cuerda que llevaba atada. No se trataba de una legión infernal, como se supo de inmediato, sino una banda de salteadores de las muchas que, burlándose de los ineficientes soldados imperiales, azotaban los caminos en esos tiempos de tanta desesperanza. Apenas los mercaderes se recuperaron del primer impacto, cogieron sus armas y enfrentaron a los forajidos en una batahola de gritos, amenazas y disparos que duró tan sólo unos minutos. Al asentarse el polvo uno de los bandidos había escapado y los otros dos yacían por tierra mal heridos. Les quitaron los trapos de la cara y comprobaron que se trataba de adolescentes cubiertos de harapos y armados de garrotes y primitivas lanzas. Entonces procedieron a decapitarlos a toda prisa, para que sufrieran la humillación de dejar este mundo en pedazos y no enteros como llegaron, y empalaron las cabezas en picotas a ambos lados del camino. Cuando se tranquilizaron los ánimos, se vio que un miembro de la caravana se revolcaba por tierra con una brutal herida de lanza en un muslo. El Cuarto Hijo, quien había permanecido paralizado de terror bajo la carreta, salió reptando de su escondrijo y pidió respetuosamente permiso a los honorables comerciantes para atender al herido y, como no había alternativa, lo autorizaron a proceder. Pidió té para lavar la sangre, luego abrió su bolso y produjo un pomo con "bai yao". Aplicó esa pasta blanca en la herida, vendó la pierna apretadamente y anunció sin la menor vacilación que en menos de tres días el corte habría cerrado. Así fue. Ese incidente lo salvó de pasar los diez años siguientes trabajando como esclavo y tratado peor que un perro, porque dada su habilidad, los comerciantes lo vendieron en Cantón a un afamado médico tradicional y maestro de acupuntura -un "zhong yi"- que necesitaba un aprendiz. Con ese sabio el Cuarto Hijo adquirió los conocimientos que jamás habría obtenido de su rústico padre.

El anciano maestro, era un hombre plácido, con la cara lisa de la luna, voz lenta y manos huesudas y sensibles, sus mejores instrumentos. Lo primero que hizo con su sirviente fue darle un nombre. Consultó libros astrológicos y adivinos para averiguar el nombre correspondiente al muchacho: Tao. La palabra tenía varios significados, como vía, dirección, sentido y armonía, pero sobre todo representaba el viaje de la vida. El maestro le dio su propio apellido.

– Te llamarás Tao Chi´en. Ese nombre te inicia en el camino de la medicina. Tu destino será aliviar el dolor ajeno y alcanzar la sabiduría. Serás un "zhong yi", como yo.

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