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Hija de la fortuna

Электронная книга - «Hija de la fortuna». Краткое содержание книги:

Eliza Sommers es una joven chilena que vive en Valpara?so en 1894, el a?o en que se descubre oro en California. Su amante, Joaqu?n Andieta, parte hacia el norte decidido encontrar fortuna, y ella decide seguirlo. El viaje infernal, escondida en la cala de un velero, y la b?squeda de su amante en una tierra de hombres solos y prostitutas atra?dos por la fiebre del oro, transforman a la joven inocente en una mujer fuera de lo com?n. Eliza recibe ayuda y afecto de Tao Chi`en, un m?dico chino, quien la conducir? de la mano en un itinerario memorable por los misterios y contradicciones de la condici?n humana.
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– ¡Ay, niña! ¡Si se enteran de esto los patrones, me matan! Vámonos para la casa ahora mismo…

– Todavía no he hecho lo que vine a hacer, mamita. Tengo que volver a esa taberna.

Mama Fresia se cruzó de brazos, negándose de frentón a moverse de allí, mientras Eliza se paseaba a grandes zancadas, procurando organizar un plan en medio de su confusión. No disponía de mucho tiempo. Las instrucciones de Miss Rose habían sido muy claras: a las seis en punto las recogería el coche frente a la academia de baile para llevarlas de vuelta a casa. Debía actuar pronto, decidió, pues no se presentaría otra oportunidad. En eso estaban cuando vieron al chino avanzar serenamente hacia ellas, con su paso vacilante y su imperturbable sonrisa. Reiteró las venias usuales a modo de saludo y luego se dirigió a Eliza en buen inglés para preguntarle si la honorable hija del capitán John Sommers necesitaba ayuda. Ella aclaró que no era su hija, sino su sobrina, y en un arrebato de súbita confianza o desesperación le confesó que en verdad necesitaba su ayuda, pero se trataba de un asunto muy privado.

– ¿Algo que no puede saber el capitán?

– Nadie puede saberlo.

Tao Chi´en se disculpó. El capitán era buen hombre, dijo, lo había secuestrado de mala manera para subirlo a su barco, es cierto, pero se había portado bien con él y no pensaba traicionarlo. Abatida, Eliza se desplomó en el banco con la cara entre las manos, mientras Mama Fresia los observaba sin entender palabra de inglés, pero adivinando las intenciones. Por fin se acercó a Eliza y le dio unos tirones a la bolsa de terciopelo donde iban las joyas del ajuar.

– ¿Tú crees que en este mundo alguien hace algo gratis, niña? -dijo.

Eliza comprendió al punto. Se secó el llanto y señaló el banco a su lado, invitando al hombre a sentarse. Metió la mano en su bolsa, extrajo el collar de perlas, que su tío John le había regalado el día anterior, y lo colocó sobre las rodillas de Tao Chi´en.

– ¿Puede esconderme en un barco? Necesito ir a California -explicó.

– ¿Por qué? No es lugar para mujeres, sólo para bandidos.

– Voy a buscar algo.

– ¿Oro?

– Más valioso que el oro.

El hombre se quedó boquiabierto, pues jamás había visto a una mujer capaz de llegar a tales extremos en la vida real, sólo en las novelas clásicas donde las heroínas siempre morían al final.

– Con este collar puede comprar su pasaje. No necesita viajar escondida -le indicó Tao Chi´en, quien no pensaba embrollar su vida violando la ley.

– Ningún capitán me llevará sin avisar antes a mi familia.

La sorpresa inicial de Tao Chi´en se convirtió en franco estupor: ¡esa mujer pensaba nada menos que deshonrar a su familia y esperaba que él la ayudara! Se le había metido un demonio en el cuerpo, no había duda. Eliza volvió introducir la mano en la bolsa, sacó un broche de oro con turquesas y lo depositó sobre la pierna del hombre junto al collar.

– ¿Usted ha amado alguna vez a alguien más que a su propia vida, señor? -dijo.

Tao Chi´en la miró a los ojos por primera vez desde que se conocieron y algo debe haber visto en ellos, porque tomó el collar y se lo escondió debajo de la camisa, luego le devolvió el broche. Se puso de pie, se acomodó los pantalones de algodón y el cuchillo de matarife en la faja de la cintura, y de nuevo se inclinó ceremonioso.

– Ya no trabajo para el capitán Sommers. Mañana zarpa el bergantín "Emilia" hacia California. Venga esta noche a las diez y la subiré a bordo.

– ¿Cómo?

– No sé. Ya veremos.

Tao Chi´en hizo otra cortés venia de despedida y se fue tan sigilosa y rápidamente que pareció haberse esfumado. Eliza y Mama Fresia regresaron a la academia de baile justo a tiempo para encontrar al cochero, quien las esperaba desde hacía media hora bebiendo de su cantimplora.

El "Emilia" era una nave de origen francés, que alguna vez fuera esbelta y veloz, pero había surcado muchos mares y perdido hacía siglos el ímpetu de la juventud. Estaba cruzada de viejas cicatrices marineras, llevaba una rémora de moluscos incrustada en sus caderas de matrona, sus fatigadas coyunturas gemían en el vapuleo de las olas y su velamen manchado y mil veces remendado parecía el último vestigio de antiguas enaguas. Zarpó de Valparaíso la mañana radiante del 18 de febrero de 1849, llevando ochenta y siete pasajeros de sexo masculino, cinco mujeres, seis vacas, ocho cerdos, tres gatos, dieciocho marineros, un capitán holandés, un piloto chileno y un cocinero chino. También iba Eliza, pero la única persona que sabía de su existencia a bordo era Tao Chi´en.

Los pasajeros de la primera cámara se amontonaban en el puente de proa sin mucha privacidad, pero bastante más cómodos que los demás, ubicados en cabinas mínimas con cuatro camarotes cada una, o en el suelo de las cubiertas, después de haber echado suerte para ver dónde acomodaban sus bultos. Una cabina bajo la línea de flotación se asignó a las cinco chilenas que iban a tentar fortuna en California. En el puerto del Callao subirían dos peruanas, quienes se juntarían con ellas sin mayores remilgos, de a dos por litera. El capitán Vincent Katz instruyó a la marinería y a los pasajeros que no debían tener el menor contacto social con las damas, pues no estaba dispuesto a tolerar comercio indecente en su barco y a sus ojos resultaba evidente que aquellas viajeras no eran de las más virtuosas, pero lógicamente sus órdenes fueron violadas una y otra vez durante el trayecto. Los hombres echaban de menos la compañía femenina y ellas, humildes meretrices lanzadas a la aventura, no tenían ni un peso en los bolsillos. Las vacas y cerdos, bien amarrados en pequeños corrales del segundo puente, debían proveer de leche fresca y carne a los navegantes, cuya dieta consistiría básicamente en frijoles, galleta dura y negra, carne seca salada y lo que pudieran pescar. Para compensar tanta escasez, los pasajeros de más recursos llevaban sus propias vituallas, sobre todo vino y cigarros, pero la mayoría aguantaba el hambre. Dos de los gatos andaban sueltos para mantener a raya las ratas, que de otro modo se reproducían sin control durante los dos meses de travesía. El tercero viajaba con Eliza.

En la panza del "Emilia" se apilaban el variado equipaje de los viajeros y el cargamento destinado al comercio en California, organizados de manera de sacar el máximo de partido al limitado espacio. Nada de eso se tocaba hasta la destinación final y nadie entraba allí excepto el cocinero, el único con acceso autorizado a los alimentos secos, racionados severamente. Tao Chi´en guardaba las llaves colgadas a la cintura y respondía personalmente ante el capitán por el contenido de las bodegas. Allí, en lo más profundo y oscuro de la cala, en un hueco de dos por dos metros, Eliza. Las paredes y el techo de su cuchitril estaban formados por baúles y cajones de mercadería, su cama era un saco y no había más luz que un cabo de vela. Disponía de una escudilla para la comida, una jarro de agua y un orinal. Podía dar un par de pasos y estirarse entre los bultos y podía llorar y gritar a su antojo, porque el azote de las olas contra el barco se tragaba su voz. Su único contacto con el mundo exterior era Tao Chi´en, quien bajaba con diversos pretextos cuando podía para alimentarla y vaciar la bacinilla.

Por toda compañía contaba con un gato, encerrado en la bodega para controlar las ratas, pero en las terribles semanas de navegación el infortunado animal se fue volviendo loco y al final, por lástima, Tao Chi´en le rebanó el cuello con su cuchillo.

Eliza entró al barco en un saco al hombro de un estibador, de los muchos que subieron la carga y el equipaje en Valparaíso. Nunca supo cómo se las arregló Tao Chi´en para obtener la complicidad del hombre y burlar la vigilancia del capitán y el piloto, quienes anotaban en un libro todo lo que entraba. Había escapado pocas horas antes mediante un complicado ardid, que incluía falsificar una invitación escrita de la familia del Valle para visitar su hacienda por unos días. No era una idea descabellada. En un par de ocasiones anteriores las hijas de Agustín del Valle la habían convidado al campo y Miss Rose le había permitido ir, siempre acompañada por Mama Fresia. Se despidió de Jeremy, Miss Rose y su tío John con fingida liviandad, mientras sentía en el pecho el peso de una roca. Los vio sentados a la mesa del desayuno leyendo periódicos ingleses, completamente inocentes de sus planes, y una dolorosa incertidumbre estuvo a punto de hacerla desistir. Eran su única familia, representaban seguridad y bienestar, pero ella había cruzado la línea de la decencia y no había vuelta atrás. Los Sommers la habían educado con estrictas normas de buen comportamiento y una falta tan grave ensuciaba el prestigio de todos. Con su huida la reputación de la familia quedaba manchada, pero al menos existiría la duda: siempre podían decir que ella había muerto. Cualquiera que fuese la explicación que dieran al mundo, no estaría allí para verlos sufrir la vergüenza. La odisea de salir en busca de su amante le parecía el único camino posible, pero en aquel momento de silenciosa despedida la asaltó tanta tristeza, que estuvo a punto de echarse a llorar y confesarlo todo. Entonces la última imagen de Joaquín Andieta en la noche de su partida acudió con una precisión atroz para recordarle su deber de amor. Se acomodó unas mechas sueltas del peinado, se colocó el bonete de paja italiana y salió diciendo adiós con un gesto de la mano.

Llevaba la maleta preparada por Miss Rose con sus mejores vestidos de verano, unos reales sustraídos de la habitación de Jeremy Sommers y las joyas de su ajuar. Tuvo la tentación de apoderarse también de las de Miss Rose, pero en el último instante la derrotó el respeto por esa mujer que le había servido de madre. En su habitación, dentro del cofre vacío, dejó una breve nota agradeciendo lo mucho que había recibido y reiterando cuánto los quería. Agregó una confesión de lo que se llevaba, para proteger a los sirvientes de cualquier sospecha. Mama Fresia había puesto en la maleta sus botas más firmes, así como sus cuadernos y el atado de cartas de amor de Joaquín Andieta. Llevaba además una pesada manta de lana de Castilla, regalo de su tío John. Salieron sin provocar sospechas. El cochero las dejó en la calle de la familia del Valle y sin esperar que les abrieran la puerta, se perdió de vista. Mama Fresia y Eliza enfilaron rumbo al puerto para encontrarse con Tao Chi´en en el sitio y a la hora convenidos.

El hombre las estaba aguardando. Tomó la maleta de manos de Mama Fresia e indicó a Eliza que lo siguiera. La muchacha y su nana se abrazaron largamente. Tenían la certeza de que no volverían a verse, pero ninguna de las dos vertió lágrimas.

– ¿Qué le dirás a Miss Rose, mamita?

– Nada. Ahora mismo me voy donde mi gente en el sur, donde nadie me encuentre nunca más.

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