El Príncipe de la Niebla
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Príncipe de la Niebla». Краткое содержание книги:
La agonía de aquellos últimos diez metros de ascenso se hizo eterna. Cuando finalmente emergió a la superficie, había nacido de nuevo. Alicia se lanzó al agua y nadó hasta ellos. Max inspiró profundamente varias veces, luchando con el dolor punzante que sentía en el pecho. Subir a Roland al bote no fue fácil y Max advirtió que Alicia, al luchar por levantar el peso muerto del cuerpo, se desgarraba la piel de los brazos contra la madera astillada del bote.
Una vez consiguieron izarle a bordo, colocaron a Roland boca abajo y presionaron su espalda repetidamente, obligando a sus pulmones a expirar el agua que habían inhalado. Alicia, cubierta de sudor y con los brazos sangrando, asió a Roland de los brazos e intentó forzar la respiración. Finalmente, inspiró aire profundamente y, tapando los orificios nasales del muchacho, exhaló todo el aire enérgicamente en la boca de Roland. Fue necesario repetir esta operación cinco veces hasta que el cuerpo de Roland, con una violenta sacudida, reaccionó y empezó a escupir agua de mar y a convulsionarse, mientras su amigo trataba de sujetarle.
Finalmente, Roland abrió los ojos y su tez amarillenta empezó a recobrar muy lentamente el color. Max le ayudó a incorporarse y a recuperar poco a poco la respiración normal.
- Estoy bien -balbuceó Roland, alzando una mano para intentar tranquilizar a sus amigos.
Alicia dejó caer sus brazos y rompió a llorar, gimiendo como nunca Max la había visto hacerlo. Max esperó un par de minutos hasta que Roland pudo sostenerse por sí mismo, tomó los remos y puso rumbo a la orilla. Roland le miraba en silencio. Le había salvado la vida. Max supo que aquella mirada desesperada y llena de gratitud siempre le acompañaría.
Los dos hermanos acostaron a Roland en el catre de la cabaña de la playa y le cubrieron con mantas. Ninguno de ellos sentía deseos de hablar de lo que había sucedido, al menos por el momento. Era la primera vez que la amenaza del Príncipe de la Niebla se hacía tan dolorosamente palpable y resultaba difícil encontrar palabras que pudieran expresar la inquietud que sentían en aquellos momentos. El sentido común parecía indicar que lo mejor era atender a las necesidades inmediatas, y así lo hicieron. Roland tenía preparado un mínimo botiquín en la cabaña, del que Max dispuso para desinfectar las heridas de Alicia. Roland se durmió a los pocos minutos. Alicia lo observaba con el rostro descompuesto.
- Se va a poner bien. Está agotado, eso es todo -dijo Max.
Alicia miró a su hermano.
- ¿Y tú qué? Le has salvado la vida -dijo Alicia, cuya voz delataba sus nervios a flor de piel -. Nadie hubiera sido capaz de hacer lo que has hecho, Max.
- Él lo hubiera hecho por mí -dijo Max, que prefería evitar el tema.
- ¿Cómo te encuentras? -insistió su hermana.
- ¿La verdad? -preguntó Max.
Alicia asintió.
- Creo que voy a vomitar -sonrió Max -. En toda mi vida no me he encontrado peor.
Alicia abrazó a su hermano con fuerza. Max se quedó inmóvil, con los brazos caídos, sin saber si se trataba de una efusión de cariño fraternal o una expresión del terror que su hermana había experimentado minutos atrás, cuando intentaban reanimar a Roland.
- Te quiero, Max -le susurró Alicia -. ¿Me has oído?
Max guardó silencio, perplejo. Alicia le liberó de su abrazo fraternal y se volvió hacia la puerta de la cabaña, dándole la espalda. Max advirtió que su hermana estaba llorando.
- No lo olvides nunca, hermanito -murmuró -. Y ahora duerme un poco. Yo haré lo mismo.
- Si me duermo ahora, no me vuelvo a levantar -suspiró Max.
Cinco minutos después, los tres amigos estaban profundamente dormidos en la cabaña de la playa y nada en el mundo hubiera podido despertarlos.
Capítulo catorce