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El peso de la prueba

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De vuelta al aparcamiento, se sentó en el coche, un poco sorprendido de sí mismo. ¿Cómo podía llegar a eso? Por esta avidez adolescente se hubiera dicho que no había compartido una vida apasionada con Clara, lo cual no era cierto. Cuando joven la había deseado, y más de casados que antes, cuando parecían interponerse tantas cosas, y aunque la edad y el tiempo habían aplacado los sentidos, esa hambre no se había perdido del todo. A fin de cuentas, un hombre y una mujer siempre eran eso, opuestos y misteriosos, y en el acto de unión y exploración había cosas más mágicas y solemnes que en el más antiguo ritual. Otras parejas, de su edad y mayores, aludían a la extinción de estos impulsos. Una noche Dick Harrison le había dicho a Stern: «Lo levanto y parece translúcido». Pero tres o cuatro veces por mes Clara y él realizaban esa unión fundamental, cuerpos crujientes, hinchados y viejos, como decía ella, que se acercaban en la cama para fundirse como diez mil veces antes. Últimamente Stern había intentado recordar la última ocasión, y descubrió que había sido más de un mes antes de la muerte. Otra señal que debió tener en cuenta. Pero tenía un juicio, estaba nervioso y distraído, y después de varios años nadie desea fomentar pequeñas crisis. Los cuerpos se distanciaban y volvían a unirse. La imagen evocaba una radiografía, una forma en el espacio negativo: abriéndose y jadeando, cerrándose, aferrándose, como las alas de una mariposa en la oscuridad, las paredes del corazón.

Ahora aquella mujer lo había abandonado en los Estados Unidos de finales de siglo, donde las pautas de la actividad sexual aparecían en portadas de revistas que se vendían en el puesto que había detrás de la tienda. ¿Estaba preparado para ello? La incómoda verdad era que no tenía pasado del que ufanarse, ninguna memoria reconfortante de los pecadillos juveniles de Alejandro Stern. La geografía había estado contra él. Argentina, con sus gauchos y su machismo, tal vez habría sido un lugar más propicio para pasar la adolescencia. La lujuria masculina era allí un asunto mucho más público, un legado de los antepasados italianos y españoles. Su hermano, incluso a la edad de quince o dieciséis años, había tenido bastantes aventuras. Tenía muchas mujeres, o eso decía: rameras, muchachas indias, mujeres mayores ansiosas de energía juvenil. Stern aún recordaba claramente que había escuchado cautivado el relato de la iniciación de Jacobo, a los trece años, con una joven muy delgada, que llevaba un vestido de noche negro sin hombreras, a quien había conocido en el vestíbulo del Roma, un sórdido hotel del centro de Buenos Aires. Meses después, Jacobo afirmó que la había reconocido en la calle con hábito de monja, caminando con los ojos bajos en medio de una fila de novicias que salían del convento de Santa Margarita. Stern, cuarenta y cinco años después, aún consideraba turbadoramente excitante el recuerdo de aquella mujer, a quien imaginaba con ojos hundidos y pechos pequeños.

Pero su juventud en los Estados Unidos de los años cincuenta no había incluido aventuras tan exóticas. Los puritanos imperaban de nuevo y la sexualidad parecía ser un rasgo especialmente impropio en un extranjero moreno, un impulso tan sospechoso como simpatizar con los izquierdistas. El deseo físico era otro afán vital que de forma voluntaria postergaba para satisfacción futura, aun con Clara, con quien no se habría acostado antes de la boda si ella no hubiera insistido en que disfrutarían más de la luna de miel si dejaban de lado esa angustia. Dos semanas antes de la ceremonia, en la sala de Pauline Mittler, llena de brocados orientales y cristales vieneses, con todas las luces encendidas por temor a que alguien lo notara en la casa, Clara se había quitado el corsé y las medias, se había levantado la falda y se había recostado en el diván rojo de la madre. Por muchas razones, Stern lo había considerado un acto de asombrosa confianza. ¿Y él? Estaba aterrado y también un poco ultrajado, exasperado por la indignidad de aquella mecánica sorda. Treinta y un años después esas emociones conservaban su realidad, aún en el auto a oscuras, el recuerdo de una noche de intensas emociones en que había experimentado confusión, estímulo e irritación. Pero había actuado; también recordaba eso. Con esfuerzo había liberado el pene erecto de los pantalones y Clara Mittler se había transformado en la primera -la única- mujer de su vida.

9

Stern había visto Chicago por primera vez a los trece años, al final de un recorrido por tierra que su madre, Silvia y él habían realizado desde Argentina. Aquel viaje había sido impuesto por la relación de su madre con un hombre llamado Gruengehl, un abogado que le había dedicado sus atenciones desde la muerte del padre de Stern. Era un personaje destacado en uno de los pocos sindicatos antiperonistas, y después de su encarcelamiento, sus amigos y colegas habían ido a casa de Stern para ayudarlos a hacer las maletas. La ruta del exilio ya estaba dispuesta. En 1947, cuando muchas personas extraviadas de toda Europa reclamaban el ingreso en Estados Unidos y cuando los lazos diplomáticos de Argentina con Estados Unidos eran dudosos después de la guerra, la inmigración legal resultaba problemática. Habían viajado en tren hasta Ciudad de México, y desde allí habían cruzado la frontera como otra familia más de braceros. En Brownsville habían abordado un tren hacia el norte.

Stern, desde joven, había sabido que Argentina no era su destino. Su padre, un médico, había abandonado Alemania en 1928 y siempre había lamentado que los nazis le hubieran impedido regresar. Su padre siempre comparaba desfavorablemente la vida en Argentina con la que había conocido antes: la calidad de los bienes, de la música, de los materiales de construcción, las carencias de la gente. Jacobo, a quien Stern admiraba tanto, se había transformado en un sionista ferviente que predicaba desde que Stern tenía nueve años la gloria de Eretz Israel. Cuando Stern se apeó del tren en Chicago, creyó que su vida comenzaba. Siguieron hacia Kindle, donde los esperaban unos primos de su padre, pero Chicago encarnaría siempre su idea de Estados Unidos, con sus macizos y fuliginosos edificios de ladrillo, piedra y granito, llena de chimeneas y hoscas multitudes; la tierra de Gary Cooper, del acero, los rascacielos y los automóviles. En cada rostro reconoció ese día a los esforzados hijos de inmigrantes.

Más de cuatro décadas después, Alejandro Stern regresó a esa ciudad; era un hombre eminente con sus propios problemas. En el quinto piso de la Bolsa de Chicago esperó en la sala de Maison Dixon hojeando documentos que en realidad no comprendía. Fuera, en la vasta sala de transacciones de MD, unos ochenta hombres y mujeres en ropa informal trabajaban activamente detrás de una centralita donde parpadeaban veinte líneas y una hilera de tubos de rayos catódicos. En esas pantallas relucientes fluctuaban cifras que centelleaban como peces en el mar: dólares y centavos, guisantes y aceites, la jerga de los mercados: alto, bajo, abierto, volumen, cambio. Los teléfonos gorjeaban y diferentes voces pugnaban por hacerse oír. «¿Alguien quiere comprar viejos bonos a seis más?» «Está en marcha, en marcha.» «Te apuntaré en marcos alemanes.» Entre una llamada y otra, esos jóvenes, que manejaban cuentas de clientes y de la empresa, lanzaban comentarios sardónicos. Un sujeto gemía con acento burlón: «Oh, el mercado, es como una mujer, primero te quiere, después no, nunca se decide». Una atractiva rubia que tenía al lado le respondió clavando el dedo medio en el aire.

– ¿Lo has entendido?

Margy Allison, la operadora principal de Dixon, había regresado un instante para ver cómo andaban las cosas. Había pasado casi toda su vida adulta en este negocio, casi exclusivamente en Maison Dixon, y al parecer aún la excitaba. Parecía sugerir que no había nada complicado en las pilas de papel que rodeaban a Stern; hasta una tonta muchacha de Oklahoma podía entenderlo. A Margy le gustaba ofrecer números así para diversión de sus amigos del norte. Aunque tenía título universitario, prefería la pose de tosca muchacha pueblerina.

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