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El peso de la prueba

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Él tenía interés. No se lo podía ocultar a sí mismo. Desde aquella noche en casa de Fiona, cada mujer que veía lo excitaba de algún modo. Para Stern resultaba desconcertante. Como él decía, últimamente no había sintonizado ese canal. Claro, pensaba. Admiraba a cien mujeres al día con sólo trasladarse al centro. Pero había practicado un olvido deliberado. Era uno de esos hombres satisfechos con su madurez, una edad asentada, en que las preocupaciones sexuales se podían olvidar cómodamente sin mengua para su masculinidad. Ahora, casi contra su voluntad, recibía un ávido y eufórico mensaje de su organismo. No podía imaginarse como compañero de otra mujer -aún era demasiado pronto-, pero no obstante miró con interés sensual a Helen cuando caminó pasillo abajo para traer una botella de vino.

Ella era una persona bastante atractiva. Su cintura había engordado un poco, pero Stern no era quién para criticar ese aspecto, y aunque Helen pareciera un poco endurecida por la experiencia, había en ello algo resueltamente atractivo. Tenía el pelo rojizo, de un color zorro, realzado por el tinte, pero reseco por la edad y por lo tanto al borde de lo incontrolable. Tenía las piernas bien formadas; prácticamente no tenía trasero; su cara era grande, de rasgos toscos, pero agradable a su modo. Helen tenía un aire curtido: humor, angustia y dignidad. Stern tenía la impresión de que había sufrido mucho con la partida de Miles, pero era una persona fuerte, tal vez no muy inteligente, pero sólida. Había resistido con valentía, justamente convencida de que no merecía ese insulto.

– Bien, éste es un placer inesperado -comentó él cuando sirvieron la comida-. ¿Qué has hecho con estas patatas, Helen? Son realmente deliciosas.

Helen reveló el proceso. Stern escuchó con atención. Le gustaban las patatas.

Ella le habló de sus negocios. Tenía formación de agente de viajes pero anhelaba algo menos mundano y se había dedicado a planear convenciones. Las organizaciones grandes la contrataban para preparar los lugares, los hoteles, las presentaciones. Trabajaba desde su casa con un fax y una centralita. Un principio duro, pero ya estaba encaminada. Contó la historia con buen humor, como una conversadora amena dispuesta a mantener ese frágil aire de camaradería.

Sonó el timbre. Mirando por los cristales de la puerta principal, Stern vio a Nate Cawley, que parecía sumido en sus cavilaciones y se había vuelto para mirar hacia el viento. Era un hombre menudo, esmirriado. Tenía el cabello gris, y escaso, unos mechones le ondeaban en la brisa. Estaba a punto de llover; abril siempre era húmedo en Kindle. Nate había salido sin abrigo y saltaba para no enfriarse. Llevaba un cardigan y unos pantalones a cuadros azules.

– Bienvenido, Nate. -Helen se había levantado de la mesa y miraba hacia el vestíbulo. A pesar de la distancia, Stern intentó presentarlos-. ¿Conoces a Helen Dudak?

– Naturalmente. -Nate inclinó la cabeza con rigidez; siguió un momento de embarazo. Nate no se movió. A todas luces pensaba que había interrumpido algo, y Stern tuvo una reacción instantánea de disgusto, sin duda anticuada, pero fuerte, pues no le gustaba que lo vieran solo con una mujer en su casa. No quería que Nate llevara ese mensaje a Fiona para que ella lo transmitiera de inmediato a todo el vecindario. Stern extendió una mano regordeta y magistral para recobrar la iniciativa.

– Estamos gozando de una magnífica comida que ha traído Helen, Nate. ¿Quieres probar un espléndido pollo Vesubio, o te apetece un trago?

– No, Sandy. Sólo he venido un momento. Fiona me dijo que me buscabas. -Nate se disculpó por ser difícil de encontrar. Tenía mucho trabajo. Ya lo creo, pensó Stern. Sólo Dios sabría de qué habría hablado con Fiona, aunque sin duda ella había ofrecido una versión abreviada. A pesar de tener un aire preocupado, Nate no parecía saber que Stern y Fiona habían pasado un momento comentando un vídeo donde él había grabado su erección.

Stern lo condujo a su despacho.

– ¿Tienes idea del motivo de este análisis?

– Eh, Westlab -dijo Nate. Estudió la factura antes de devolverla-. No trabajo mucho con ellos.

– Al parecer, Clara consultó a un médico durante el último mes.

Nate se tomó un momento para recapacitar.

– ¿De dónde has sacado esta idea?

Stern explicó las notas de la agenda de Clara.

– Francamente, Nate, pensé que eras tú. No encontré facturas de médico. -Nate, médico y vecino tradicional, a menudo trabajaba a crédito y rara vez extendía facturas a Clara. Después de la reunión en la oficina de Cal, Stern había examinado atentamente la libreta de cheques de Clara. También había registrado la correspondencia. Sospechaba, le aclaró a Nate, que Clara estaba enferma-. Algo grave -añadió en voz baja-, insoportable.

Nate, piadosamente, captó el rumbo de la conversación. La cara se le ablandó: un gesto de dulzura a menudo practicado con los pacientes.

– No, no, Sandy. No había nada de eso, nada que yo sepa.

– Entiendo. -Guardaron silencio, algo agobiados por la situación. Tal vez Nate consideraba incorrecto que Stern hurgara en los documentos de la esposa o tal vez se sentía incómodo ante la presencia de Helen. Sus respuestas sonaban algo forzadas-. Supongo que me desorientó el comentario de Fiona de que a veces le traías medicación a Clara.

– Fiona -repitió Nate, y una sombra de disgusto le cruzó la cara. Stern comprendió que era un error haber repetido una frase de su esposa borracha-. A Clara le dolía la rodilla este invierno, Sandy. Le di un antiinflamatorio.

– Ah -dijo Stern.

Ambos continuaban mirándose.

– Sandy, ¿quieres que llame a Westlab? Averiguaré de qué se trata.

– Yo puedo hacer eso, Nate.

– No, deja que lo haga yo. A mí me dirán más que a ti. Suponiendo que hablen con alguien. Si no fuera por vosotros… -Nate, a su manera amable y familiar, iba a presentar a Stern las típicas quejas del médico acerca de los abogados y su reciente impacto en la práctica médica, pero se interrumpió-. Podría ser un error. A veces las facturas se traspapelan. Tal vez confundieron a una Stern con otra.

La idea parecía rebuscada, pero de pronto todo quedó claro.

– Cielos. -Stern se llevó una mano a la boca-. Tengo una idea. -Clara había recibido la cuenta, pero no el resultado del análisis. Eso habría sido, como sugería Nate, para alguien más: Kate. Análisis de embarazo u otra cosa. Kate había dicho que habían tenido problemas. Tal vez se los había confiado a la madre, quien, como de costumbre, habría insistido en ayudar con los gastos. Eso explicaría que a Kate la afectara tanto que Clara hubiera muerto sin saber que había sido un éxito médico, y por qué no habían recibido ninguna factura de médico. Algo se agitó en él, pero de pronto todo se asentó con la solidez de una respuesta correcta-. Sospecho, Nate, que esto está relacionado con el embarazo de Kate.

– Claro -dijo Nate. De pronto se le iluminó el semblante-. Eso ha de ser.

Se dirigió de inmediato a la puerta, feliz de haber solucionado el asunto.

– Nate, si tengo más preguntas, tal vez te pida que llames al laboratorio de todos modos.

– Claro -respondió Nate-. No hay problema. Tan sólo telefonea.

Al salir, Nate se volvió para saludar a Helen con la mano. Helen aún tenía la mano levantada con aire tristón cuando Stern regresó. Se había quedado sentada, sin comer. Sin duda sabía que el hechizo se había roto. Era evidente en él, la conspicua presencia del misterio de Clara, las muchas complicaciones. Era un pez en una red. Ahora nada cambiaría eso.

– Te pido disculpas -dijo Stern-. Tenía que hacer ciertas preguntas. Él fue el médico de Clara.

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