Un Hombre Que Se Parecía A Orestes
- Автор: Cunqueiro Alvaro
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:
– ¿Es virgo? -preguntó el tracio, curioso.
– ¡Eso puede jurarse! -afirmó Egisto-. ¡Y aun estoy, por meditación que no por informes, en que también lo sea Orestes!
El rey de la tragedia se empinó para alcanzar un pequeño racimo que habían olvidado en la parra los vendimiadores, y el tracio lo contempló con pena. Egisto iba viejo, terminando la sesentena. Se metía de hombros, y cuando llevaba el vaso a la boca le temblaba la mano. Inquieto, de vez en cuando se levantaba de donde estaba sentado, miraba alrededor, y se iba a otro asiento, siempre frente a la puerta. Eumón se alegró de haberle dado ocasión para aquellas vagancias por los campos y la marina.
En la venta, con el cotidiano y vespertino paso de refugiados, había poco que comer, y caro, y el almuerzo quedó reducido a un poco de truchuela cocida con calabazo dulce, y de postre un higo por cabeza, miguelino reventado, que derramaba sus azúcares por la corteza verde y rosa. Y quejándose el siríaco Ragel al Mantineo -el griego fugitivo, gordo y bien barbado, siempre sudoroso, que daba nombre a la posada- de la mala calidad de los vinos, aseguró el mesonero que nada hace más daño a los vinos que el ruido de la guerra, y es sabido que los caldos se vuelven y ensombrecen, y al final quedan como agua muerta.
– Tenía un odre de tinto galiano que estaba en su punto, y aún no lo había subido al estante y estaba cabe la puerta, que quería que lo tomasen dos heladas, cuando llegó una viuda joven con dos críos, y se echó junto a él, tomándolo de almohada, y llora que llora toda la noche, y a la mañana siguiente el vino era vinagre, y había perdido la color.
Desde la posada, que está en un alto y tiene como un serrallo abovedado alrededor de un patio cuadrado con fuente y abrevaderos, decidieron seguir a la ciudad sin hacer noche allí, lo que contrarió a Ragel, quien aseguraba a los reyes que en anocheciendo comenzaba el paso de huidos de la guerra, y a lo mejor podía escucharse una buena historia, y que no todas las viudas mozas que pasasen iban a llevar dos niños en brazos. Lo que le dolía al siríaco era no poder hacerle la prometida revista de cuerpo al falso oficial del inventario.
Salió la tropilla no bien terminado el almuerzo, y caminó por el atajo que va entre brezales y eras de centeno a salir adonde dicen la legua del lobo, y cuando llegaron al mojón, donde el camino real comienza a descender, en amplias curvas, hacia la ciudad, vieron a ésta, blanca y redonda, y era la hora de encender faroles, y ya se veían aquí y allá alegres luces.
– ¡Es el hogar! -dijo el tracio respetuoso, quitándose la birreta.
– ¡Es la prisión! -dijo Egisto inclinando la cabeza. Entraron en la urbe por la puerta del Palomar, y hallaron la puerta de palacio abierta.
– ¿No tienes centinela? -preguntó Eumón a Egisto.
– ¡Vienen cuando quieren! ¡Deben andar ahora en el vareo de las castañas!
La puerta la había abierto una campesina, que había hallado allí refugio, según explicó a Egisto, porque habiendo traído una cerda preñada a la feria de San Narciso, adelantándose con la sesión de fuegos artificiales -que ella había llegado de prisa con su troyano por encontrar temprano un buen lugar a la sombra en el ferial-, el animal se puso a parir, y le pareció que no molestaría en aquel caserón viejo y desierto. Y allí estaba, tumbada en paja la cerda, que era galesa recastada, con manchas negras en el lomo, y doce lechones mamaban incansables, propietario cada uno de una teta fecunda. Egisto le recomendó cuidado, no fuese a provocar un incendio con la vela que había encendido a los pies de una lucha antigua en mármol que adornaba la pared, y eran Héctor y Aquiles, y si bien en el relieve simulaba que suspendían el diálogo de sus espadas por escuchar los consejos de un dios que asomaba entre nubes, la verdad era que parecía que habían dejado de golpearse con el hierro por escuchar el monótono murmullo glotón de los infantes porcinos. Egisto le dio a la campesina una semana para que dejase el lugar, recomendándole que quedase limpio y barrido, y que quemase algo de espliego al irse.
Cada cual se fue a su cama, y el oficial del inventario, que no dormía en el palacio real porque con la visita tracia no había sábanas para todos, invitó a Ragel a seguirle hasta el portal de su casa. Se oyó en la plaza la voz de un sereno que daba las diez y lloviendo, cuando Egisto, tras despedirse de los tracios, entró en la cámara nupcial. Clitemnestra dormía en el medio y medio del ancho lecho, en la boca un trozo de raíz de regaliz que le hacía como de chupete, y el hermoso y largo cabello, siempre una nube de oro, derramado sobre la almohada. El rey suspiró y se desnudó en silencio, sacando las tres monedas que llevaba ocultas en las bragas y metiéndolas debajo del colchón, envueltas en el pañuelo verde que le había servido de alegre bandera. Por primera vez desde sus bodas, no dejó de mano una de las antiguas y largas espadas, de sonoro nombre. Llovía, y las gruesas gotas de las enormes nubes que pasea el sudoeste tamborileaban en los cristales. Se batió, lejana, una puerta, pero Egisto ya dormía, fatigado del largo viaje.
X
La piel del rey amarilleó como pergamino. Calvo, debajo de la corona, cubriéndose la cabeza, se ponía trozos de tela, buscando que fuesen de vivo color. Ya no podía su mano con las espadas agamenónicas, tiradas en el suelo en un rincón del gran salón, las hojas oxidadas, y de su cinto sólo colgaba un pequeño puñal. Cada vez veía menos, y el temblor de sus manos iba en aumento. A las horas de paciente espera habían seguido otras de alocada inquietud, y Egisto, movido por no se sabe qué sueño o instinto se echaba a caminar lo más rápidamente que podía por los largos corredores, cada vez con más curvas, cada vez más estrechos y oscuros, desembocando uno en otro, y durante horas caminaba sin hallar una salida, bajo el vuelo raudo de los grandes murciélagos, hasta que al fin se encontraba frente a una puerta que, abierta, le daba paso a la terraza, donde ya era noche cerrada, y la casi ceguera de Egisto le impedía contemplar las estrellas que, apáticas y lejanas, presidían su destino. Orestes no acababa de llegar, y la vida se le iba al viejo rey. Podría morir de aquel lobanillo negruzco y venoso que le estaba saliendo junto a la nuca, o de aquel loco galopar de su corazón, que lo escuchaba a la vez en las sienes y en los pulsos. Se arrodillaba y doblegaba, intentando contener aquel caballo loco que se desbocaba en su pecho, se encabritaba, y se detenía ante el obstáculo, quieto un minuto interminable. Por el lobanillo, le parecía que a veces le entraba en la cabeza una corriente de aire frío, que se esparcía por ella, y el aire frío, helado, le iba llenando, y terminaría por estallar, como una vejiga hinchada en exceso. Otras veces era como si hubiese hallado sitio en el lobanillo una rata, y trabajaba continua y ruidosa
en roer un trocito de madera que debía haberse metido allí no se sabía cómo, salvo que el lobanillo fuese como un melocotón y tuviese hueso. Con frecuencia, quedándose adormilado en un rincón de la cocina, veía, como de bulto, sus días infantiles, en su casa de campo cercana a la ciudad, su padre saliendo a cazar llamando a gritos sus lebreles, la madre bordándole jubones en la solana, el criado Diomedes cazando para él con liga mirlos y jilgueros, que encerraba en pequeñas jaulas colgadas en la ventana de su cuarto. Se detenía en un recuerdo, y no sabía salir de él, husmeándolo, reconociendo su veracidad por un aroma que iba unido a una habitación determinada, o a una persona, o al tiempo, a la época de la recogida de los membrillos, o cuando venían los siervos a hacer la sidra. Su padre olía siempre a perro, al sudor ácido y orinado de los perros que vienen cansados del monte, cuando Egisto apoyaba su cabeza en las rodillas paternales. Su madre era como un pañuelo de batista perfumado con lavanda, y lo sentía pasar delicadamente por su frente. Abría el ojo derecho Egisto para comprobar si aún estaba allí el pañuelo en la blanca mano, o si era memoria que él hacía, y el pañuelo estaba, y el olor en el aire, tibio y azulado. Flotaba el pañuelo sobre él como una nubecilla blanquecina, y el rey se sentía ahora seguro, acunado en los brazos maternales, y se dejaba ir descuidado, río del sueño abajo. Pero aquella hora sosegada era muy breve, y despertaba sobresaltado, corriendo todo lo que le permitía su reuma, a cerrar puertas y ventanas, cuyos picaportes y fallebas nunca encontraba, a detener el viento que entraba por doquier oponiéndole sus manos abiertas, con los dedos llenos de anillos de latón amarillo, y gritando a criados que no había que no dejasen apagar las lámparas, que nadie había encendido. La piel del rey, reseca, amarillenta, se cubría de pequeñas manchas rojizas, como lunares. Egisto se sentía incómodo dentro de aquella piel tirante, y si acercaba sus labios a la mano, la encontraba salitrosa y fría. Pero, ¿quién osaría despellejar a un rey? Y, sin embargo, Egisto necesitaba una piel nueva, una piel de Moscovia que oliese a tanino, o la piel suave de un lechón, o de una mujer joven. Los humanos debían mudar de piel como las cobras, y Egisto se imaginaba sumergido en la piel húmeda de una serpiente, reluciente porque el ofidio se había rozado en el río contra las hojillas babosas de la ruda temeraria, y así el rey podía deslizarse por entre los prados de trébol hacia el camino, a vigilar la llegada de Orestes, quien pasaría a su lado sin verlo, con sus grandes zancadas insolentes. Egisto podía morderle en el tobillo, habitados sus dientes por venenos antiguos y regicidas, que en un instante espesan la sangre del mordido y éste ve soles rojos, antes de caer redondo, con la lengua fuera, y los ojos abiertos que nadie los podrá cenar. Egisto oía resonar en su cabeza, como en vacía nave de alta bóveda, el ruido de las espuelas de Orestes al chocar entre sí cuando el príncipe se detenía un instante para asegurarse de que no se le había caído del carcaj la flecha de plumas azules. Egisto, serpiente, silbaba, y Orestes volvía la cabeza, buscando el silbador en la oscura noche y fría. Sí, la noche era fría. Egisto tenía mucho frío, y vestido de serpiente no podía acercarse al fuego, junto al cual molía lentamente mijo en un almirez la reina Clitemnestra. Unos hombres se asomaban al balaustre de la escalera principal y mostraban la piel de Egisto a otros que llenaban el patio. Era su piel, desde los pies hasta el cuello, como si lo hubiesen degollado. Su piel abierta, seca, raspada por dentro, con las señales de los clavos que la habían tenido tendida en una tabla, al viento norte.