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Paternidad de conveniencia

Электронная книга - «Paternidad de conveniencia». Краткое содержание книги:

Ningún otro negocio le proporcionaría tanto placer.
Con tan sólo unas hectáreas de terreno más, el millonario Adam King conseguiría por fin que el rancho familiar recuperara su extensión original. Tal era su obsesión que incluso se planteó casarse con la vecina de al lado, porque el padre de Gina Torino pretendía “venderle” a su hija a cambio de entregarle el ansiado terreno.
Gina estaba al tanto de la manipulación de su padre y decidió negociar con Adam ella misma. Se casaría con el gélido ranchero, él recibiría su tierra… y ella tendría un bebé de King.
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Adam se echó hacia delante, agarró sus brazos y tiró de ella, atrayéndola y estirando sus largas piernas en la bañera. La rodeó con los brazos y apoyó su cabeza en su pecho. Ella se acurrucó, escuchando el firme latido de su corazón.

– No vuelvas a hacerme algo así -dijo él.

Los chorros de agua caliente le golpeaban la espalda mientras Adam acariciaba su piel. Tuvo la fugaz sensación de que él le había besado la cabeza, pero la rechazó, convencida de que eran imaginaciones suyas.

– No lo haré -contestó.

No tendría muchas más oportunidades de preocuparlo. Su tiempo en el rancho King estaba llegando a su término. Y cuando se marchara, Adam no volvería a pensar en ella. Tendría lo que quería: el terreno que devolvería al rancho King su tamaño original.

Pasados unos meses, ella no sería más que un recuerdo inconveniente. Tal vez cuando paseara por ese terreno que tanto le había costado conseguir pensaría en ella. Tal vez se preguntaría qué estaba haciendo o dónde estaba. Pero luego desecharía el pensamiento y lo aparcaría lejos de su memoria, igual que había hecho con el recuerdo de Monica y Jeremy.

– Al menos llévate el teléfono móvil la próxima vez -dijo Adam, deslizando sus manos curtidas por su espalda, creando un contrapunto ideal a los chorros de agua caliente-. Casi me vuelvo loco cuando te llamé y oí el teléfono sonar aquí arriba.

– Lo haré.

Lo cierto era que no había estado pensando a derechas cuando salió del rancho, o le habría dicho a alguien dónde iba. Sabía que podía haber un accidente en cualquier momento, y encontrar a alguien en aquel rancho llevaría semanas de búsqueda. No se había llevado el móvil porque no había querido que nadie interfiriera en su viaje al pasado de Adam.

– Maldición, Gina… -esa vez sonó casi como un gruñido. Gina captó la necesidad en ella, sintió el pálpito de su erección bajo su cuerpo.

Él se tensó, su corazón se aceleró y, segundos después, las caricias de sus manos transmitieron más deseo que ternura.

– Podría haberte pasado algo -murmuró, alzando su rostro. Inclinó la cabeza y la besó larga y profundamente. Su lengua acarició el interior de su boca y su aliento le acarició la mejilla. Ambos gimieron al mismo tiempo.

Gina se acercó más a Adam. Él estaba duro y dispuesto. Se le aceleró la respiración cuando ella deslizó una pierna por encima de su vientre. Llevó las manos a su cintura y la colocó sobre él. Sus ojos se encontraron y Gina sintió cómo se introducía lentamente en ella. La llenó y se deleitó con la sensación. Intentó grabarla a fuego en su memoria, para no olvidar nunca la sensación de sus manos en su piel mojada. Su olor. El sabor de su beso.

Sabía que sin el obstáculo del diafragma pronto estaría embarazada. Sabía que, mientras la tocaba, mientras sus cuerpos se fundían en uno, en realidad empezaban a separarse.

Sabía que cada caricia a partir de esa noche equivaldría a un silencioso adiós.

Dos meses después, Adam estaba en su despacho revisando los informes de sus corredores de Bolsa y las proyecciones de varias pequeñas empresas en las que el rancho King tenía participación de negocio. Se encerraba allí al menos un día a la semana, revisando las montañas de papeles que generaba una corporación tan inmensa como la suya.

El despacho no había cambiado mucho desde los tiempos de su abuelo. Las paredes eran de color verde bosque. Había estanterías de suelo a techo en dos de las paredes y un ventanal que daba a la ancha pradera que había ante la casa. En un rincón había un mueble bar de caoba y un cuadro, copia de uno de Manet y favorito de su madre, ocultaba tras él un televisor de plasma de cincuenta pulgadas. Había dos sofás enfrentados, listos para que alguien se sentara en ellos y mantuviera una conversación, además de dos enormes sillones de cuero rojizo. También había una enorme chimenea de piedra.

Era su santuario. Nadie entraba allí excepto Esperanza, y sólo para limpiar. Absorto en las columnas de cifras y sugerencias, ni siquiera notó que la puerta del despacho se abría lentamente.

Pero sí la oyó cerrarse.

– No tengo hambre, Esperanza -dijo, sin alzar la cabeza-. Pero me iría bien algo de café, si hay.

– Lo siento -dijo Gina-, no nos queda.

Sorprendido, Adam alzó la cabeza y la vio echar un vistazo a la única habitación de la casa en la que nunca había estado. Llevaba unos vaqueros gastados, una camiseta roja de manga larga y botas que parecían tan viejas como el rancho. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo baja y ni una pizca de maquillaje. Sin embargo, sus ojos dorados parecían llenos de fuego y emoción; Adam supo que nunca había visto una mujer tan bella en su vida.

Sintió la ya familiar descarga eléctrica que recorría su cuerpo cada vez que la observaba. Su sexo se puso duro como el granito. Llevaban meses casados y seguía sin haberse inmunizado a su presencia.

Irritado por ese pensamiento, bajó la vista al montón de papeles que tenía ante él.

– No sabía que eras tú, Gina. Estoy ocupado ahora mismo. ¿Necesitas algo?

– No -respondió ella con suavidad, cruzando la espesa alfombra oriental hacia el escritorio de roble que había pertenecido a su padre-. Ya me has dado cuanto necesito.

– ¿Qué? -alzó la vista de nuevo. Su tono solemne le había llamado la atención. Se fijó en la sonrisa triste que curvaba su boca y en el brillo húmedo de sus ojos-. ¿De qué estás hablando? -preguntó, poniéndose en pie-. ¿Algo va mal?

Ella negó con la cabeza, se limpió una lágrima solitaria que había escapado de un ojo y se deslizaba por su mejilla y sacó un papel doblado del bolsillo trasero.

– No, Adam. Nada va mal. De hecho, todo va de maravilla.

– ¿Entonces…?

Ella le entregó el papel y observó cómo lo desdoblaba cuidadosamente. Lo primero que vio Adam fue una palabra impresa en color negro: Embarazo.

Sus dedos se tensaron sobre el papel, haciendo que crujiera. Eso sólo podía significar… la miró de nuevo.

– ¿Estás embarazada?

Ella le ofreció una sonrisa que no llegó a brillar en sus ojos.

– Lo estoy. Me hice una prueba de embarazo en casa y ayer fui al médico a confirmarla -inspiró profundamente-. Estoy de unas seis semanas. Parece que todo va bien.

Gina. Embarazada de él. Una emoción que no deseaba y que se negó a reconocer destelló en su mente. Bajó la mirada hacia su vientre plano, como si pudiera atravesar la piel y ver el diminuto ser que crecía en su interior. Un niño. Su hijo. Esperó que llegara la cuchillada de dolor, pero no llegó y no supo cómo interpretarlo.

– Enhorabuena, Adam -Gina interrumpió sus pensamientos con su voz queda y, en cierto modo, desgarrada-. Hiciste un buen trabajo. Cumpliste tu parte del trato. Ahora tienes la tierra que querías y el pacto queda cumplido.

– Sí -Adam pasó los dedos sobre el papel y supo que debería sentir una gran satisfacción. Plenitud.

Llevaba cinco años entregado a recuperar los últimos trozos de su rancho. Y lo había conseguido. Tenía en sus manos la escritura de la última parcela y sentía… nada.

– He hecho el equipaje -estaba diciendo Gina. Adam arrugó la frente y alzó la vista de nuevo.

– ¿Te marchas? ¿Ya?

– No tiene sentido quedarme más tiempo, ¿no? -su voz se agudizó y subió de volumen.

– No -Adam miró de nuevo el papel. Gina se marchaba. El matrimonio había terminado-. No tiene sentido.

– Adam, hay una cosa más -tomó aire y lo soltó de golpe-. Algo que deberías saber antes de que me vaya. Te quiero, Adam.

Él se desequilibró un poco, como si esas tres palabras hubieran sido un puñetazo. Lo quería y se marchaba. Se preguntó por qué era incapaz de hablar. Por qué no podía siquiera pensar.

– Siempre te quise -admitió ella, y se limpió otra lágrima con gesto impaciente-. No tienes que decir ni hacer nada, así que no lo intentes, ¿vale? No creo que ninguno de los dos pudiera soportarlo -sonrió débilmente, pero Adam captó el temblor de su labio inferior.

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