Paternidad de conveniencia
- Автор: Чайлд Морин
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Paternidad de conveniencia». Краткое содержание книги:
Con tan sólo unas hectáreas de terreno más, el millonario Adam King conseguiría por fin que el rancho familiar recuperara su extensión original. Tal era su obsesión que incluso se planteó casarse con la vecina de al lado, porque el padre de Gina Torino pretendía “venderle” a su hija a cambio de entregarle el ansiado terreno.
Gina estaba al tanto de la manipulación de su padre y decidió negociar con Adam ella misma. Se casaría con el gélido ranchero, él recibiría su tierra… y ella tendría un bebé de King.
– He querido a Adam desde que era niña, mamá -Gina se enfrentó a la mirada preocupada de su madre-. Una mirada y lo supe.
– No es lo mismo -suspiró Teresa, exasperada.
– No, no lo es -admitió Gina-. Papá quería casarse y Adam no. Pero -añadió- estamos casados. Y sé que me tiene cariño.
– Cariño no es amor -le advirtió su madre.
– No, pero podría llegar a serlo, mamá. Adam me necesita. Yo lo amo y voy a intentar que esto funcione. Por los dos. ¿Es que no puedes ponerte de mi parte? ¿Por favor?
Los ojos de su madre se agrandaron y abrió la boca con expresión atónita. Se puso en pie, rodeó la mesa y se situó junto a Gina. Tomó el rostro de su hija entre las manos y después la atrajo hacia su regazo, abrazándola con fuerza.
– Claro que estoy de tu parte, Gina. Soy tu madre. Quiero que consigas cuanto desees. Sólo deseo evitarte sufrimiento.
Gina dejó que su madre la meciera un rato, refugiándose en el consuelo de quien siempre la había apoyado. Pensó en Adam, recordó su rostro y sus caricias y su corazón se aligeró, a pesar de que llevaba las de perder. Llevaba dos meses viviendo con él, amándolo. Se había introducido en su casa y sólo podía esperar estar introduciéndose también en su corazón.
El riesgo que estaba corriendo merecía la pena. Tenía que intentarlo o siempre se preguntaría si había renunciado a Adam demasiado pronto.
– Lo sé, mamá, lo sé -dijo, adquiriendo determinación con cada palabra-. Pero a veces uno sólo consigue la felicidad pasando antes por el dolor.
– Esa mujer tuya es increíble con los caballos -dijo Sam Ottowel, mientras revisaba unos recibos de proveedores.
– Sí -Adam sonrió-. Lo es -se inclinó sobre el escritorio del capataz y agarró una libreta. Apuntó un par de cosas y la empujó hacia él-. Quiero que llames a Flanagan. Pide que traiga un pedido extra de avena. Con los caballos de Gina aquí, estamos gastando el doble.
– De acuerdo -Sam se recostó en la silla y apoyó las manos en su voluminoso estómago-. Es fantástica, ¿sabes? Esos malditos animales la siguen como perritos amaestrados. La chica tiene un don con los caballos.
Adam pensó que tenía muchos dones. En especial, tenía el don de convertir su organizada vida en un torbellino. Apenas había tenido un momento para sí mismo desde que aceptó el negocio matrimonial. Y cuando tenía un momento, acababa pensando en ella.
– ¿Oyes a esos niños? -preguntó Sam, ladeando la cabeza como si quisiera oír mejor las risas que llegaban desde el corral.
– Sería difícil no oírlos -refunfuñó Adam. Dios sabía que él lo estaba intentando, sin éxito.
El rostro de Sam se tensó y se volvió inexpresivo. Se irguió y consultó su agenda.
– ¿Vas a llamar a Simpson para hablar de esa parcela que quiere arrendar?
– Sí -Adam agradeció el cambio de tema. Miró su reloj-. Llamaré a su oficina mañana. Podemos decidir…
Lo que fuera a decir quedó interrumpido por un grito infantil que rasgó el aire. Adam, seguido por Sam, salió corriendo del establo, con el corazón en la boca; se detuvo bruscamente cuando el grito se transformó en una risa jubilosa y burbujeante. Miró hacia el corral y se le hizo un nudo en el estómago.
Un niño, de cuatro o cinco años, estaba sentado a lomos de uno de los Gypsy. Los padres del niño estaban fuera del corral, observando la escena con sonrisas indulgentes, mientras su hija, de unos diez años, saltaba con impaciencia esperando que llegara su turno.
Gina caminaba junto al diminuto jinete, con la mano en su muslo, mirándolo sonriente. La risa del niño flotaba en el aire como una cascada de pompas de jabón y Adam tuvo que esforzarse para controlar el dolor que oprimía su corazón.
No podía moverse. No podía dejar de mirar a Gina y al niño mientras daban la vuelta al corral. Lo veía todo. El sol reflejándose en el cabello rubio del niño, el paso tranquilo del caballo, la sonrisa paciente de Gina… Una y otra vez, el niño reía y acariciaba el cuello de la yegua, enredando los dedos en la espesa crin negra.
– Vuelvo al despacho -murmuró Sam, discreto.
Mientras su vista se centraba en el niño, la mente de Adam se llenó de imágenes de otro niño. De otro día soleado. De un tiempo muy lejano.
– Quiero quedarme contigo, papi -los ojos de Jeremy estaban llenos de lágrimas y le temblaba el labio inferior.
– Lo sé -dijo Adam, mirando su reloj de pulsera. Ya llegaba tarde a la reunión. Tenía ofertas que hacer, documentos que firmar, sueños que cumplir. Sonrió para sí. Desde que se había hecho cargo del rancho familiar, había encontrado nuevos compradores para su grano y ganado. Había arrendado tierras y pensaba reconstruir los establos.
Si eso implicaba pasar menos tiempo del que habría deseado con su esposa y su hijo, pagaría el precio. Todo lo hacía por su futuro.
– Por favor, déjame quedarme -suplicó Jeremy. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla-. Seré bueno.
– Jeremy -dijo él, apoyando una rodilla en el suelo para mirarlo a la cara-, sé que serías bueno. Pero estoy ocupado y no tengo tiempo de jugar. Lo pasarás mejor con mamá.
Adam miró a la mujer que estaba tras su hijo. Monica no parecía más feliz que Jeremy, pero sus ojos no estaban húmedos, llameaban de ira. Algo que Adam veía cada vez con más frecuencia.
Jeremy agachó la cabeza y dejó caer los hombros con desolación. Se sorbió la nariz y se pasó la mano por los ojos.
– Vale -el niño se dio la vuelta y caminó hacia el coche plateado. Adam se levantó y miró a su esposa.
– Eso es típico de ti, Adam -masculló, mirando por encima del hombro para comprobar que el niño estaba lejos y no oiría sus palabras.
– Dejemos esto por ahora, ¿vale? -miró su reloj de pulsera y Monica siseó entre dientes.
– Siempre dejas «esto», Adam. Ése es el problema.
– No tengo tiempo, ¿entiendes?
– ¿Por qué no me apuntas en la agenda para dentro de una semana, Adam? ¿Me concederás un minuto o dos?
Él resopló y extendió una mano, pero ella se apartó para evitar el contacto. Adam suspiró.
– Sabes tan bien como yo que tengo responsabilidades.
– Sí, las tienes.
Él estaba irritado, molesto y cansado de la situación. Monica cada vez tenía menos paciencia con lo que consideraba la «obsesión» de Adam con el rancho King. Pero el rancho era el legado familiar y requería tiempo y dedicación.
La puerta del coche se cerró y vio a Jeremy, ya en el coche, poniéndose el cinturón de seguridad.
– ¿Podríamos dejar esto ahora? Tengo una reunión -le dijo Adam a su mujer.
– Bien -movió la cabeza y su pelo rubio describió un arco alrededor de su mandíbula-. No me gustaría que te perdieras una reunión por culpa de tu familia.
– Diablos, Monica.
– Maldito seas, Adam -se dio la vuelta y fue hacia el coche. Antes de abrir la puerta lo miró de nuevo-. Dudo que lo notes, pero creo que deberías saberlo: no volveremos. Jeremy y yo vamos a San Francisco, a casa de mi madre. Ya te comunicaré dónde enviar nuestras cosas.
– Espera un minuto -dijo Adam, yendo hacia ella.
Pero ella había subido al coche, encendido el motor y arrancado antes de que llegara. Observó el polvo que levantaban las ruedas al alejarse. A pesar del intenso sol, sintió frío. Estaba helado hasta los huesos.
El polvo se asentó y él siguió allí, viendo cómo se alejaba el coche con su esposa y su hijo. Sonó la alarma de su reloj y la apagó. Le daría a Monica tiempo para tranquilizarse. Después hablarían.
Lo primero era lo primero. Aún podía llegar a la reunión si se apresuraba.
Veinte minutos después, Jeremy y Monica estaban muertos.
Adam regresó del pasado.
Hacía años que no se permitía recordar ese día. Pero todo había vuelto a su mente por culpa del niño que seguía riendo sobre el caballo.