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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– En cualquier momento que lo desee -se ofreció Donna-Marie.

Jeannie cruzó el campus en dirección a la Loquería. Aún hacía calor. Se sorprendió a sí misma mirando en torno con aire vigilante, como un vaquero comido por los nervios en una película del Oeste, como si temiera que alguien doblara la esquina de la residencia de los estudiantes de primer curso dispuesto a atacarla. Hasta entonces, el campus de la Jones Falls pareció siempre un oasis de anticuada tranquilidad en el desierto de una ciudad estadounidense moderna. Lo cierto es que la UJF era como una pequeña ciudad, con sus tiendas y sus bancos, sus terrenos deportivos y sus parquímetros, sus bares y sus restaurantes, sus viviendas y sus oficinas. Contaba con una población de cinco mil almas, la mitad de las cuales residían en el campus. Pero se había convertido en un paisaje peligroso. «Ese fulano no tiene derecho a hacer esto -pensó Jeannie amargamente-; que sienta miedo en mi propio lugar de trabajo.»

Tal vez el delito causaba siempre el mismo efecto, conseguir que el terreno firme le pareciese a una inseguro bajo sus pies.

Al entrar en su despacho empezó a pensar en Berrington Jones. Era un hombre atractivo, muy atento con las mujeres. Siempre que salió con él había pasado un rato agradable. Además, estaba en deuda con Berrington, ya que le había proporcionado aquel empleo.

Por otra parte, era untuosamente zalamero. Jeannie sospechaba que su actitud hacia las mujeres podía resultar manipuladora. Siempre le recordaba aquel chiste en que un hombre le dice a una mujer: «Háblame de ti. Por ejemplo, ¿qué opinión tienes de mí?».

En algunos aspectos no parecía pertenecer al mundo académico. Pero Jeannie había observado que los auténticos prohombres universitarios ambiciosos carecían notablemente de ese aire distraído que caracteriza al profesor o catedrático típico. Berrington parecía y se comportaba como un hombre poderoso. Durante algunos años su labor científica no había sido importante, pero eso resultaba normaclass="underline" los brillantes descubrimientos originales, como la doble espiral, los realizaban generalmente personas que aún no habían cumplido los treinta y cinco años. Cuando los científicos se hacen mayores emplean su experiencia y su intuición en ayudar y dirigir a los cerebros más jóvenes y flamantes. Berrington se las arreglaba de maravilla, con sus tres cátedras y su papel de conducto por el que llegaban los fondos para investigación procedentes de la Genético. No se le respetaba tanto como podía respetársele, sin embargo, porque a otros científicos no les gustaba su compromiso positivo. La propia Jeannie opinaba que la ciencia era beneficiosa y la política una porquería.

Al principio, se creyó la historia de la transferencia de archivos desde Australia, pero al meditar en ello dejó de sentirse tan segura. Cuando Berry miró a Steve Logan vio un fantasma, no una cuenta telefónica.

Muchas familias tenían secretos de paternidad. Una mujer casada podía tener un amante y sólo ella sabría quién era el verdadero padre de su hijo. Una joven podía alumbrar un bebé, pasárselo a su madre y aparentar que ella, la joven, era la hermana mayor del niño, mientras toda la familia conspiraba para mantener el secreto.

Los niños los adoptaban vecinos, parientes y amigos que ocultaban la verdad. Era posible que Lorraine Logan no perteneciese a la clase de persona que convierte en oscuro secreto una adopción realizada con todas las de la ley, pero podía tener una docena de otros motivos para mentirle a Steve respecto a su origen. Pero ¿qué relación tendría Berrington en eso? Podía ser el verdadero padre de Steven? La idea provocó una sonrisa en los labios de Jeannie. Berry era apuesto, pero también era lo menos quince centímetros más bajo de estatura que Steven. Aunque cualquier cosa resultaba posible, aquella particular explicación parecía improbable.

A Jeannie le preocupaba tener un misterio entre manos. En todos los demás aspectos, Steven Logan representaba un triunfo para ella. Era un ciudadano respetuoso con la ley y con un hermano gemelo univitelino que era un criminal violento. Steve acreditaba su programa informático de búsqueda y confirmaba su teoría de la criminalidad. Naturalmente, necesitaría otro centenar de pares de gemelos como Steven y Dennis antes de poder hablar de pruebas. Con todo, su programa de búsqueda no podía haber tenido mejor principio.

Iba a ver a Dennis al día siguiente. Si resultaba ser un enano de pelo oscuro, Jeannie comprendería que algo se había torcido de mala manera. Pero si estaba en el buen camino, Dennis sería el doble exacto de Steven Logan.

Le había dejado temblando la revelación de que Steve Logan ignoraba por completo que pudiese ser un hijo adoptivo. A ella no le quedaba más remedio que idear algún procedimiento para tratar ese fenómeno. En el futuro, antes de abordar a los gemelos podría entrar en contacto con los padres y comprobar qué y cuánto les contaron a los chicos. Eso retrasaría su trabajo, pero era obligado hacerlo: ella no era quién para revelar secretos de familia.

El problema tenía solución, pero Jeannie no lograba desprenderse de la sensación de zozobra que le ocasionaron las preguntas escépticas de Berrington y la incredulidad de Steven Logan; y empezó a pensar, cargada de ansiedad, en la etapa siguiente de su proyecto. Confiaba en poder utilizar su programa para analizar los archivos de huellas digitales del FBI.

Constituía la fuente perfecta para ella. Más de veintidós millones de personas sospechosas o convictas de crímenes figuraban en tales archivos. Si su programa resultaba, los registros deberían proporcionarle cientos de gemelos, incluidas numerosas parejas cuyos miembros se criaron separadamente. Podría ser un gran salto cuantitativo hacia delante en su investigación. Pero antes debía obtener el permiso del Departamento.

Su mejor amiga en la escuela había sido Ghita Sumra, un genio para las matemáticas, descendiente de indios asiáticos, que ahora desempeñaba un alto puesto directivo en el departamento de información tecnológica del FBI. Trabajaba en Washington, pero vivía en Baltimore. Ghita ya había accedido en principio a pedir a sus patronos que prestasen a Jeannie la colaboración que pudieran. Prometió informar de la decisión a finales de aquella semana, pero Jeannie deseaba apremiarla un poco. Marcó su número de teléfono.

Aunque Ghita había nacido en Washington, su voz conservaba un leve acento del subcontinente indio en la suavidad del tono y la rotundidad precisa de sus vocales.

– ¡Hola, Jeannie! ¿Qué tal tu fin de semana? -se interesó.

– Atroz -respondió Jeannie-. A mi madre le fallaron por fin las neuronas y la tuve que ingresar en una residencia.

– No sabes cómo lo siento. ¿qué hizo?

– Se olvidó de que estaba en plena noche, se levantó, no se acordó de vestirse, salió a comprar un cartón de leche y se olvidó de dónde vivía.

– ¿Qué ocurrió?

– La encontró la policía. Por suerte llevaba en el bolso un cheque mío y consiguieron localizarme.

– ¿Cómo lo ves?

Una pregunta femenina. Los hombres -Jack Budgen, Berrington Jones- le hubieran preguntado qué iba a hacer. Era preciso ser mujer para preguntar cómo lo veía.

– Mal -respondió Jeannie-. Si he de cuidar de mi madre, ¿quién va a cuidar de mí?

– ¿En qué clase de residencia está?

– Barata. Es todo lo que cubre su seguro. Tengo que sacarla de allí en cuanto encuentre el dinero que me hace falta para pagarle algo mejor. -Percibió el silencio preñado de aprensión que se produjo en el otro extremo de la línea y comprendió que Ghita estaba pensando que aquellas palabras eran el preámbulo de un sablazo. Se apresuró a añadir-: Voy a dar algunas clases particulares los fines de semana. ¿Hablaste ya a tu jefe de mi propuesta?

– Desde luego.

Jeannie contuvo la respiración.

– Aquí todo el mundo se ha interesado en tu programa -dijo Ghita.

Eso no era ni sí ni no.

– ¿No tenéis sistemas de exploración informática?

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