La voz
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:
– ¿No tenéis más preguntas? -dijo la mujer, mirando a Erlendur-. ¿No os hemos dicho suficiente? ¿Todavía no os dais por satisfechos?
– En el cuarto de Erlendur no encontramos demasiadas cosas -dijo Erlendur, como si no hubiera oído las palabras de la mujer-. Encontramos unos discos en los que cantaba él y dos llaves.
Había pedido a la brigada de policía científica que le enviaran las llaves cuando terminaran de investigarlas. Las sacó del bolsillo y las dejó sobre la mesa. Estaban sujetas a un pequeño llavero con una navajita. Los bordes eran de plástico rosa y en un lado había una imagen de un pirata con pata de palo, sable y parche en el ojo, y bajo el dibujo aparecía la palabra PÍRATE.
La mujer miró por un instante las llaves y dijo que no las reconocía. El anciano se recolocó los anteojos en la nariz, miró las llaves y sacudió la cabeza.
– Una de ellas es probablemente la llave de una casa -dijo Erlendur-. La otra parece la llave de un armario, o de algún receptáculo. Miró al padre y a la hija pero no observó reacción alguna y volvió a metérselas en el bolsillo.
– ¿Encontraste sus discos? -preguntó la mujer.
– Dos -dijo Erlendur-. ¿Grabó alguno más?
– No, no hubo más -dijo el anciano clavando los ojos en Erlendur, aunque enseguida volvió a bajarlos.
– ¿Puede darnos esos discos? -preguntó la mujer.
– Supongo que heredaréis lo que ha dejado -respondió Erlendur-. Cuando consideremos terminada la investigación os daremos todas las pertenencias de Gudlaugur. No tenía más deudos, ¿no? ¿No tenía hijos? No hemos podido encontrar nada en ese sentido.
– Lo último que yo sabía es que seguía soltero -dijo la mujer-. ¿Podemos ayudaros en algo más? -preguntó entonces, como si hubieran hecho una enorme aportación a la investigación al dignarse aparecer por el hotel.
– No fue culpa suya madurar y perder la voz -dijo Erlendur. Le resultaba insoportable su indiferencia y altanería. Un hijo había perdido la vida. Un hermano había sido asesinado. Y era como si no hubiera pasado nada. Como si no tuviera nada que ver con ellos. Como si la vida de aquel hombre hubiera dejado de formar parte de la de ellos desde mucho tiempo atrás, por algún motivo que Erlendur ignoraba.
La mujer miró a Erlendur.
– Si no hay ninguna cosa más -dijo entonces, y soltó los frenos de la silla de ruedas.
– Ya veremos -dijo Erlendur.
– Estarás pensando que no mostramos suficiente compasión -dijo la mujer de pronto.
– Lo que me parece es que no mostráis ninguna compasión -repuso Erlendur-. Pero eso no es asunto mío.
– No -dijo la mujer-. No es asunto tuyo.
– Lo que me gustaría saber es si teníais algún sentimiento hacia ese hombre. Era tu hermano. -Erlendur se volvió hacia el anciano de la silla de ruedas-. Tu hijo.
– Para nosotros era un desconocido -dijo la mujer, poniéndose en pie. El anciano hizo una mueca.
– ¿Porque no estuvo a la altura de vuestras expectativas? -Erlendur también se levantó-. ¿Porque os decepcionó cuando tenía doce años de edad? Era un niño. ¿Qué hicisteis vosotros? ¿Le echasteis de casa? ¿Le echasteis a la calle?
– ¿Cómo se atreve usted a hablarnos así? -dijo la mujer apretando los dientes. De repente había empezado a tratar de usted a Erlendur-. ¡Qué osadía! ¿Quién le ha nombrado a usted conciencia del mundo?
– ¿Quién les quitó a ustedes cualquier esbozo de compasión? -exclamó con rabia Erlendur, acentuando enfáticamente el «ustedes».
La mujer miró furiosa a Erlendur. Luego pareció como si lo dejase por imposible. Dio un tirón a la silla de ruedas, la apartó de la mesa y salió del bar empujándola. Se dirigió con rapidez hacia el vestíbulo y la puerta giratoria. Por los altavoces sonaba una soprano islandesa de voz nostálgica, «…acaricia mi arpa, diosa de celestial origen…». Erlendur y Elínborg los siguieron y los vieron salir del hotel, la mujer tiesa como un palo y el anciano hundido aún más en la silla. Lo único que se veía de él era la cabeza, que se balanceaba por encima del respaldo.
«…y algunos serán siempre niños pequeños…»
12
Cuando Erlendur subió a su habitación poco después de mediodía, el jefe de recepción ya había instalado un tocadiscos y dos altavoces, El hotel tenía unos cuantos tocadiscos antiguos que no se habían usado en mucho tiempo. En cuanto a Erlendur, tenía uno y no tardó en hacer funcionar este. Nunca había adquirido un lector de CD y desde hacía años no compraba discos. No oía música actual. Había oído hablar del hip-hop, pero durante bastante tiempo creyó que era un sinónimo del hula-hop.
Elínborg iba camino de Hafnarfjórdur. Erlendur le había pedido que fuera a ver la escuela a la que había asistido Gudlaugur sus primeros años. Había pensado en preguntar al respecto al padre y a la hermana, pero como su conversación tuvo aquel final tan brusco, no tuvo ocasión de hacerlo. Tendría que volver a hablar más tranquilamente con los dos. Entre tanto, quería que Elínborg localizara a quienes conocieron a Gudlaugur en sus tiempos de niño prodigio, que hablara con sus compañeros de clase. Quería saber la influencia que había tenido aquella supuesta fama sobre un muchacho tan joven. También quería saber cómo se lo habían tomado los compañeros de escuela, y si alguno de ellos recordaba que le pasó cuando perdió la voz y durante los años siguientes. También estaba dándole vueltas a la posibilidad de que alguien supiera si tenía algún enemigo en aquella época.
Todas estas cosas se las había enumerado prolijamente a Elínborg en el vestíbulo del hotel, y se dio cuenta de que ella se sentía un poco molesta, porque no veía necesidad alguna de que insistiera de aquel modo. Ella ya sabía de qué iba el caso, y era plenamente capaz de plantearse sus propios objetivos.
– Y por el camino puedes comprarte un helado -le dijo Erlendur para tomarle un poco el pelo. Ella prorrumpió en una serie de maldiciones sobre los viejos descerebrados y desapareció por la puerta.
– ¿Cómo reconozco al Wapshott ese? -dijo una voz detrás de él, y cuando se dio la vuelta vio a Valgerdur con su bolsa de muestras en la mano.
– Es un inglés bastante calvo, de aspecto fatigado, con los dientes quemados, que colecciona niños de coro -dijo Erlendur-. No se te escapará.
– ¿Dientes quemados? -dijo ella-. ¿Y que colecciona niños de coro?
– Es una historia muy, muy larga que te contaré algún día. ¿Hay alguna novedad sobre las pruebas? No nos llevará una eternidad, espero.
Estaba extrañamente alegre de volver a verla. Cuando oyó su voz detrás de él fue como si el corazón se detuviese por un instante. La tristeza desapareció por un momento y su voz se llenó de vida. Casi se quedó sin respiración.
– No sé cómo va -respondió ella-. Hay un número increíble de muestras.
– Pues yo… -Erlendur intentaba encontrar una excusa por lo sucedido la noche anterior-. Anoche me quedé totalmente atascado. Accidentes, muertes a la intemperie. No te dije la verdad cuando me preguntaste por mi interés en las muertes de gente perdida en las montañas.
– No tienes que decirme nada -repuso ella.
– Sí, sí, claro que tengo que decírtelo -dijo Erlendur-. ¿Existe alguna posibilidad de repetir aquello?
– No… -calló-. No te preocupes. Estuvo muy bien. Olvidémoslo. ¿Vale?
– Vale, si eso es lo que quieres -dijo Erlendur, muy a pesar suyo.