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La voz

Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Erlendur esbozó media sonrisa.

– En el hotel hay un extranjero al que necesitamos analizar.

– ¿Es muy urgente?

– Tendría que hacerse hoy mismo.

– ¿Estarás tú ahí?

– Sí.

– Nos vemos.

Erlendur colgó. Accidentes de personas perdidas a la intemperie, pensó, con una sonrisa. Tenía una cita con Henry Wapshott en la planta baja. Bajó y se sentó en la barra a esperar. Un camarero le preguntó si quería algo, pero dijo que no. Cambió de opinión y lo llamó para pedir un vaso de agua. Paseó la mirada por los estantes del bar, por las filas de botellas de licores de todos los colores del arco iris.

Habían encontrado una astillita de cristal, casi invisible, en el mármol del salón. Restos de Drambuie en el mueble bar, Drambuie en los calcetines del niño y en la escalera. Encontraron fragmentos de cristal en la bayeta y en la aspiradora. Todo apuntaba a que una botella de licor se había estampado contra el suelo de mármol. Probablemente, el niño había pisado el charco que se formó y echó a correr escaleras arriba para meterse en su habitación. Las manchas de la escalera indicaban que, más que caminar, había subido corriendo. Pisadas rápidas de piececitos. Por eso imaginaron que el chico había roto la botella y que su padre perdió los nervios y le zurró tan fuerte que hubo que llevarlo al hospital.

Elínborg hizo que citaran al padre para un interrogatorio en la jefatura de policía de Hvernsgata, y allí le informó sobre los resultados obtenidos por la policía científica y sobre la reacción del niño cuando le preguntó si quien le había pegado con tanta violencia era su padre, así como su íntimo convencimiento de que él era el culpable. Erlendur estaba presente en el interrogatorio. Elínborg le dijo al padre que tenía la condición legal de sospechoso y que tenía derecho al asesoramiento de un abogado. Que lo mejor era que pidiera un abogado inmediatamente. El padre dijo que prefería no llamar a un abogado por el momento. Que era inocente, y repitió que no comprendía que se le considerara sospechoso única y exclusivamente porque se hubiera caído al suelo una botella de licor.

Erlendur puso en marcha una grabadora en la sala de interrogatorios.

– Esto es lo que pensamos que sucedió -dijo Elínborg, como si estuviese leyendo un informe escrito; intentaba dejar a un lado sus propios sentimientos-. El niño volvió del colegio a casa. Eran casi las cuatro. Poco después llegaste tú. Tenemos entendido que ese día saliste pronto del trabajo. Quizás estabas ya en casa cuando sucedió. Por algún motivo, al niño se le cayó al suelo una botella grande de Drambuie. Se asustó y se fue corriendo a su habitación. Tú te enfadaste, o más que eso, tuviste un ataque de ira. Perdiste el control de ti mismo y subiste a la habitación del niño para castigarlo. La cosa se salió de madre y le diste una paliza tan tremenda que hubo que ingresarlo en el hospital.

El padre miró a Elínborg sin decir ni una palabra.

– Utilizaste un objeto contundente que no hemos podido encontrar aún, pero que era redondeado, o al menos no afilado; puede ser perfectamente que le golpearas contra el borde de la cama. Le propinaste numerosas patadas. Antes de llamar a la ambulancia arreglaste el salón. Recogiste el licor con tres toallas que echaste al cubo de basura de delante de la casa. Pasaste la aspiradora para recoger hasta los más pequeños restos de cristal. Además, barriste el suelo y lo fregaste a toda prisa. Limpiaste el armario a fondo. Le quitaste los calcetines al niño y los tiraste al cubo de la basura. Utilizaste detergente para quitar las manchas de la escalera pero no conseguiste borrarlas por completo.

– No podrás demostrar nada -dijo el padre-, todo eso es absurdo. El niño no ha dicho nada. No ha dicho una palabra de quién le agredió. ¿Por qué no intentas sonsacarles a sus compañeros de colegio?

– ¿Por qué no nos dijiste nada sobre el licor?

– No tiene nada que ver con esto.

– ¿Y los calcetines del cubo de la basura? ¿Y las huellas de la escalera?

– Se rompió una botella de licor, pero se me rompió a mí. Fue dos días antes de la agresión a mi hijo. Iba a tomarme una copa cuando se me cayó al suelo y se hizo pedazos. Addi lo vio y se asustó. Le dije que tuviera cuidado por dónde andaba, pero ya había pisado el licor. Subió las escaleras a todo correr y se metió en su cuarto. Eso no tiene nada que ver con la agresión que sufrió, y debo deciros que me he quedado absolutamente asombrado por cómo has presentado las cosas. ¡No tienes nada que corrobore lo que has dicho! ¿Acaso te dijo él que yo le agredí? Lo dudo mucho. Y nunca lo dirá, porque no fui yo. Nunca podría hacerle algo semejante. Nunca.

– ¿Por qué no nos contaste todo eso enseguida?

– ¿Enseguida?

– Cuando encontramos las manchas. En aquel momento no dijiste nada.

– Pensé que pasaría precisamente esto. Sabía que relacionaríais el accidente con la agresión a Addi. No quería complicar las cosas. Fueron los chicos del colegio quienes le hicieron eso.

– Tu empresa está a punto de quebrar -dijo Elínborg-. Has despedido a veinte personas y estás preparando nuevos despidos. Imagino que estarás sometido a un estrés considerable. Vas a perder tu casa…

– Eso son solo cuestiones de negocios -repuso él.

– Pero además creemos que ya has usado la violencia contra él en ocasiones anteriores.

– No, oye…

– Hemos comprobado su historial médico. Dos veces en los últimos cuatro años sufrió rotura de dedos.

– ¿Tienes niños? Los niños tienen accidentes constantemente. Eso es una estupidez.

– Un especialista de la planta de pediatría notó algo extraño en la rotura del dedo la segunda vez e informó al Servicio de Protección a la Infancia. Era el mismo dedo. Los del Servicio fueron a verte a tu casa. Hicieron una inspección. No encontraron nada especial. El pediatra encontró pinchazos de alfiler en el dorso de la mano del niño.

El padre calló.

Elínborg no pudo contenerse.

– ¡Maldita bestia! -gritó.

– Quiero hablar con mi abogado -dijo él, apartando la mirada.

– I said, good morning!

Erlendur volvió en sí y vio a Henry Wapshott de pie, delante de él, dándole los buenos días. Estaba profundamente sumido en sus reflexiones sobre el niño que había subido las escaleras a todo correr, y no había visto a Henry entrar en el bar ni había oído su saludo.

Se puso en pie de un salto y le estrechó la mano. Wapshott llevaba puesta la misma ropa del día anterior. Parecía cansado, y su pelo estaba como más ralo. Pidió un café, y Erlendur también.

– Hablábamos de coleccionistas -dijo Erlendur.

– Yes -respondió Wapshott, y en su rostro se esbozó una mueca parecida a una sonrisa-. Bunch of loners, like my self.

– ¿Cómo es que un coleccionista del Reino Unido, como usted, se entera de que hace casi cuarenta años andaba por Hafnarfjordur, en Islandia, un niño de coro con una voz muy bonita?

– Oh, mucho más que una voz muy bonita -dijo Wapshott-. Mucho más, mucho más que eso. Ese chico tenía una voz única.

– ¿Cómo supo de la existencia de Gudlaugur Egilsson?

– A través de otras personas con intereses similares a los míos. Los coleccionistas de discos están especializados en algo concreto, como creo que le expliqué ayer. Si nos limitamos a la música coral, puede dividirse a los coleccionistas en los que coleccionan solamente ciertas canciones, o ciertos arreglos, y otros que coleccionan ciertos coros. Otros más, como yo, se especializan en niños de coro. Algunos solo coleccionan grabaciones de niños de coro editadas en discos de pizarra, de 78 revoluciones, que se dejaron de fabricar en los años sesenta. Otros coleccionan discos de 45 revoluciones, pero solo de determinados sellos discográficos. La especialización es infinita. Algunos buscan todas las ediciones que pueda haber de una única canción, digamos por ejemplo Stormy Weather, que seguramente le resultará familiar. Usted ya debe de saber todo esto. Me enteré de la existencia de Gudlaugur por un grupo, o más bien una asociación, de coleccionistas japoneses que manejan una magnífica red de información y venta por internet. No hay nadie que coleccione tanta música occidental como los japoneses. Viajan por todo el mundo como aspiradoras y compran todo lo que llega a sus manos y que se haya grabado alguna vez en disco. Sobre todo si es algo del periodo de los hippies y de los Beatles. Son famosos en las ferias de discos, y lo mejor de todo es que dinero no les falta.

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