El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
Maureen se dejó caer otra vez en el sillón.
– Discúlpame, Franco. Tengo los nervios destrozados.
– Entiendo. Pero no es el mejor momento para perder el control.
Maureen se rebeló contra la actitud paternalista de su amigo.
– Franco, ese hombre tenía una pistola, y la usó contra mí. No estoy loca, y no estoy mintiendo. Y sobre todo no soy estúpida. ¿Por qué debo seguir insistiendo en esta versión incluso contigo?
El silencio de su interlocutor solo le provocó desaliento.
– Pero tú me crees, ¿verdad?
– Lo que yo crea, Maureen, no es importante. A mí me pagan para pensar y para hacer pensar. Y lo que debo conseguir ahora es que los jueces piensen que esa pistola estaba ahí.
Maureen se dio cuenta de que en realidad él no había respondido a su última pregunta. Y pensó cómo podría Franco convencer a alguien de su inocencia, si él mismo no estaba convencido.
Tal vez el abogado vio ese pensamiento en su rostro, porque trató de aliviar la tensión.
– Ya verás como todo saldrá bien. Quiero darme la satisfacción de cobrar un buen cheque con el membrete de la Policía.
Cualquier representante de la ley que mate a una persona durante una acción policial debe ser sometido a juicio penal. En el caso en que se constate la legitimidad del hecho y se declare su inocencia, la Policía del Estado debe cargar con los gastos de la defensa.
Franco le hizo firmar los escritos y poderes que necesitaba; esa concesión a la burocracia no hizo más que aumentar la sensación de inexorabilidad que Maureen tenía en aquella oficina. Finalmente, con una última firma, concluyeron las formalidades de las que dependía su futuro. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Abajo se veía el tráfico de la noche romana, caótico y agresivo. Desde lo alto vio la cabeza rizada de Connor que se acercaba andando. Le vio llegar bajo la ventana y alzar la vista para mirar el número del edificio.
Maureen, por primera vez desde su llegada al despacho, sonrió.
Franco se le acercó y siguió la dirección de su mirada.
– Esa persona tiene todo el aspecto de venir a buscarte.
– Así es.
– No sabría definir la expresividad con la que me lo has dicho, pero creo que te alegrará saber que ya no te necesito.
Maureen se volvió y le dio un rápido beso en la mejilla.
– Gracias, Franco. Gracias por todo.
– Anda, vete. Nadie merece el suplicio de esperarte.
En su impaciencia, captó el halago de aquellas palabras solo cuando ya se había marchado. Bajó la escalera en dirección hacia la salida con una sensación de liberación. Los hechos y los recuerdos con los que había debido enfrentarse le habían dejado un vacío en el estómago por la falta de Connor.
Con él se sentía distinta. Con él se sentía segura. Maureen sonrió con la incredulidad que muestra cualquier enamorado ante esa sensación: sentirse protegida por un hombre que se enfrentaba a la vida completamente desarmado. Fortalecida porque sabía que él la esperaba fuera, cogió el picaporte, tiró de la puerta hacia sí y salió a la calle. Lo que sucedió a continuación lo recordaría durante toda la vida con la secuencia rítmica de las imágenes de un proyector de diapositivas.
El ruido de la puerta que se cerraba.
La cara de Connor, que la esperaba de pie bajo un árbol, al otro lado de la calle.
La sonrisa con la que él le devolvió la suya, mientras cruzaba la calle para reunirse con ella.
La luz de sus ojos, que la miraban como siempre había deseado que la mirara un hombre.
La distancia de un paso.
El chirrido de neumáticos del Voyager con los cristales ahumados que llegaba a gran velocidad y se detenía frente a ellos.
Y las personas que bajaron corriendo del coche.
Cuatro hombres que, aquella noche que parecía que iba a ser mágica, les pusieron una capucha negra en la cabeza y se los llevaron.
12
Oscuridad.
El vago olor a moho de la tela que le envolvía la cabeza en una oscuridad polvorienta. Los saltos y los tumbos del coche que avanzaba por las calles de Roma. El ruido de las ruedas sobre una zona adoquinada. Una cuerda pegajosa le inmovilizaba las muñecas, y cualquier tentativa de gritar era inútil ya que le habían puesto una mordaza por encima de la capucha. Toda reacción era impedida por una voz con leve acento extranjero que le había susurrado al oído:
– No te muevas, o tu hombre morirá.
Para confirmar la amenaza, Maureen sintió la punta afilada de un cuchillo sobre la piel sensible de la garganta. Imaginó que también le habrían dicho lo mismo a Connor, y el miedo que debía de sentir él la desesperó más que la oscuridad en la que se encontraba.
Permaneció inmóvil y muda durante todo el trayecto. Tranquilizado por su falta de reacción, el hombre que iba a su lado disminuyó la presión de la hoja sobre su cuello. En un primer momento Maureen buscó alguna referencia para saber por dónde iban, pero el viaje se prolongó tanto que cualquier tentativa de memorizarlo era inútil.
Por la gradual disminución de las que interpretaba que eran paradas ante semáforos, Maureen dedujo que se alejaban del centro. Cuando el movimiento fue fluido e ininterrumpido, conjeturó que habían salido de la ciudad y se dirigían a algún lugar fuera de Roma.
Tras un trayecto que pareció interminable, el Voyager se detuvo con una frenada y un viraje brusco. Oyó que se abrían las puertas y unos brazos robustos la arrancaron del asiento. Los mismos brazos fuertes e implacables casi la levantaron del suelo mientras ella intentaba dar unos pasos a ciegas. Le quitaron la capucha y pudo respirar por fin el aire fresco de la noche. Lo primero que vieron sus ojos, después de tanta oscuridad, fueron los colores. El rojo de la tierra y el verde de la vegetación. Tres coches dispuestos en abanico iluminaban con la luz azulada de los faros una especie de gruta excavada en el terreno arcilloso, con dos amplias entradas enfrentadas, disimuladas por los polvorientos arbustos. Casi en el centro había un agujero que los faros dejaban en tinieblas.
En el lado opuesto a ella, Connor estaba de rodillas en la despiadada luz que iluminaba la escena. Tenía la camisa y la cara manchadas de tierra. Maureen supuso que el hombre que se hallaba de pie detrás de él lo había empujado violentamente al suelo, para obligarlo a subir a ese pequeño escenario improvisado donde se representaba el miserable triunfo de la fuerza sobre un hombre indefenso.
En el espacio que la separaba de Connor, en pie en medio de la gruta, había un hombre de espaldas.
Era alto y robusto, pero no pesado. La parte del cráneo que miraba hacia ella se desdibujaba por la sombra del pelo, muy corto. Por debajo del cuello de la chaqueta de piel que llevaba asomaba el dibujo de un tatuaje, desde la espalda hacia la oreja derecha, como una hiedra sobre un muro. Encendió un cigarrillo, y Maureen vio el humo a la luz de los faros.
El hombre seguía inmóvil; de repente, como si en aquel momento se acordara de su presencia, se volvió hacia ella. Maureen se encontró ante un rostro de líneas marcadas, envuelto en una barba descuidada que parecía la continuación del cabello.
Los ojos fríos y hundidos, fijos en ella, sintonizaban perfectamente con el cruel gesto de la boca. De la oreja izquierda pendía un extraño arete, una cruz estilizada con un minúsculo brillante en el centro, que acompañaba los movimientos de la cabeza reflejando y refractando la luz. Maureen vio que mientras la miraba, el hombre continuaba moviendo la cabeza como en un mudo y doloroso asentimiento a reflexiones que solo él conocía. Cuando hizo oír su voz, tenía el mismo acento que el hombre que le había hablado en el coche mientras la apuntaba con el cuchillo a la garganta.
– Aquí estamos, comisario. Espero que mis amigos no los hayan maltratado mucho durante el viaje.
– ¿Quién es usted?
– Cada cosa a su tiempo, doctora Martini. ¿O puedo llamarte Maureen?