El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
Mientras observaba cómo recibía la recompensa de los aplausos, Maureen pensó, por la expresión de su cara, que para él el trabajo no había terminado sino que comenzaba en aquel momento. Era como si para Connor Slave el verdadero trabajo fuera la vida diaria, y la verdadera vida solo se encontrara en esas pocas horas de música bajo las luces condescendientes de un escenario.
Luego, como ocurre siempre, la magia terminó cuando bajó el telón. Se encendieron las luces que suelen iluminar el mundo normal y los espectadores salieron de aquella hipnosis colectiva para recuperar su identidad en medio de un enredo de chaquetas, corbatas y prendas de colores.
Marta se volvió hacia ella con una expresión triunfal.
– ¿Qué te decía yo? ¿Es grandioso o no?
– Absolutamente extraordinario.
– Y hay más. Una pequeña sorpresa. Por eso quería que vinieras. Adivina adónde iremos a cenar.
– Marta, no creo que…
Marta la interrumpió con la expresión de alguien que ha llegado a una conclusión obvia.
– ¿Dónde, si no? Tu padre es el dueño de uno de los mejores restaurantes de Roma, por no decir de Italia. Es tan famoso que hasta tiene uno en Nueva York. Tú eres amiga mía y, por una conjunción astral increíble, esta noche he logrado convencerte de que salieras. Según tú, ¿adónde puedo llevar a un estadounidense genial y famoso, en todos los sentidos?
Marta no aceptó objeciones y cogió con firmeza las riendas de la velada.
Esperaron fuera del camerino hasta que Connor acabó de cambiarse y después de las presentaciones le llevaron hasta un Lancia Thesis oscuro que aguardaba en la entrada. Marta se sentó al lado del chófer, para que Maureen y Connor pudieran estar juntos en la penumbra de la parte posterior. Los dos empezaron a conversar mientras se metían en el tráfico de Roma rumbo al restaurante del padre de ella, en la calle dei Gracchi.
– ¿Cómo es que hablas un inglés tan perfecto? Pareces más estadounidense que yo.
– Mi madre es de Nueva York.
– ¿Y tiene la suerte de tenerte como hija y además vivir aquí, en Roma?
– Ya no. Prácticamente ninguna de las dos cosas. Mis padres se han divorciado y ella ha vuelto a Estados Unidos.
Desde el asiento delantero, Marta se metió en la conversación con su peculiar inglés con acento romano.
– Tal vez la conozcas; es una abogada muy famosa. Se llama Mary Ann Levallier.
Connor se volvió hacia ella; la sombra ocultó su rostro, lo que destacó su tono de voz.
– ¿Esa Mary Ann Levallier?
– Sí, esa…
Por su lacónica respuesta, Connor se dio cuenta de que era mejor no profundizar en ese tema. Abrió un poco la ventanilla del coche como si quisiera echar aquel momento de ligera incomodidad. Su sensibilidad hizo que subiera un escalón más en la escala de valores de Maureen. Había conocido a gente del espectáculo, en particular a músicos, pero nunca se había sentido atraída por ninguno de ellos. Desgraciadamente, había constatado que ciertos hombres no son tan grandes como su música.
Connor sonrió.
– Bien, me parece que lo que hago yo es más que evidente. ¿Qué haces tú en la vida?
El imparable entusiasmo de Marta trató de responder por ella.
– Pues… Maureen es…
Desde el asiento de atrás, esta la frenó con una mirada, antes de que se lanzara a una de sus amistosas promociones.
– Maureen es… una mujer fantástica.
La llegada al restaurante puso fin a esa parte de la conversación. Tras entrar, Maureen y sus acompañantes fueron acogidos por la simpatía y la profesionalidad de Alfredo, el histórico maître del local, que la conocía desde pequeña. Siguiendo una vieja broma de ambos, la abrazó y la saludó pronunciando su nombre según la costumbre del habla romana.
– Hola, Maurinne. Qué sorpresa. Tenerte aquí es un acontecimiento digno de salir en televisión. Por lo visto no te gusta nuestra comida… Es una pena que tu padre no esté; creo que está en Francia, eligiendo vinos. Espero que pueda serte útil este pobre anciano…
Marta revoloteaba entre ellos, zumbando como una abeja entre las flores.
– Alfredo, la historia del pobre anciano no cuela. Aunque ha traído dos hijas al mundo, mi tía Ágata todavía suspira por ti y jura que nunca te ha olvidado.
No existía ninguna tía Ágata ni había allí ningún anciano, sino solo la alegría del que es joven y ha sabido mantenerse así. De pronto Maureen se sintió feliz por haber decidido salir con Marta aquella noche.
Alfredo los acompañó a la mesa; Maureen y Connor se sentaron el uno frente al otro. Él la miró con una expresión interrogante que daba a entender que no había entendido nada de la conversación en italiano.
– ¿Maurinne?
– Para Alfredo, tanto el inglés como yo somos algo muy particular.
Llegó la comida, y durante la cena continuaron hablando. Sus sonrisas eran cada vez más amplias y más frecuentes. Marta, la inigualable e irreductible Marta, supo poco a poco volverse invisible y muda. Maureen recordaba el momento exacto en que Connor la conquistó definitivamente. Fue cuando, por curiosidad, le preguntó qué tipo de música solía escuchar habitualmente.
– La mía.
– ¿Solamente?
– Sí.
En ese monosílabo había una gran serenidad. Maureen lo miró buscando vanidad y presunción en sus ojos. Pero encontró la mirada sincera de un hombre que sabe que posee todo lo que necesita.
– Sin embargo no es una música fácil.
– Nada es fácil. Quizá tampoco yo lo sea.
– Entonces tu éxito demuestra que la gente no es tan estúpida como algunos creen.
Connor sonrió divertido, como si aquella fuera una broma que se prolongaba desde hacía mucho tiempo.
– No es tan estúpida como creen algunos, ni tan inteligente como quisiéramos.
Maureen aceptó e hizo suyas la luz y la diversión de su sonrisa, y a partir de ese momento, aunque no siempre estuvieron juntos, ya no se separaron.
Como ahora, en que abrazados contemplaban Roma desde lo alto. El teléfono los sorprendió y los obligó a recordar que, bajo esos tejados que parecían no terminar nunca, todavía había un mundo que estaba vivo. De mala gana, Maureen se soltó del abrazo y fue a coger el teléfono sin hilos de la mesita de noche. Pulsó el botón que activaba la comunicación.
– ¿Diga?
– Hola, Maureen, soy Franco.
Maureen suspiró. El mundo no podía dejarse al margen durante mucho tiempo. En ese preciso momento, con esa llamada, el mundo acababa de romper la barrera de la ventana y al fin conseguía entrar.
– Hola, Franco. Dime.
– Ya han fijado la audiencia. Es para el jueves por la mañana.
– ¿Tan pronto?
– Temo que tu caso ha aparecido demasiado en las primeras planas y no se puede postergar más. Mientras tanto, ¿te han suspendido?
– Oficialmente no. Pero me han destinado a la Academia de la calle Piero della Francesca con funciones de asesora. En la práctica soy una especie de ordenanza.
– Ya sé que es difícil, Maureen. Pero, si puedes, hoy deberías pasar por mi casa. Hay unos papeles que necesito que firmes.
– ¿Te va bien dentro de una hora?
– Perfecto. Te espero y…
En el otro extremo de la línea hubo un instante de silencio. Maureen esperó durante lo que le pareció una eternidad.
– En fin… que no te preocupes.
– No estoy preocupada.
– Todo saldrá bien, Maureen.
– Sí, todo saldrá bien.
Dejó con suavidad el aparato sobre la mesita, aunque tenía ganas de hacerlo pedazos contra el cristal.