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Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
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La saliva se me cruzó en la garganta y el resuello se me cortó, mas no hice ningún aspaviento. ¡Seis millones de maravedíes por una casa o, por mejor decir, un palacio! El sudor bañó mi cuerpo bajo los elegantes vestidos. No es que no estuviera en posesión de esos caudales -que, por fortuna, lo estaba-, es que jamás se me había puesto en el entendimiento que una casa pudiera valer lo mismo que un reino.

– Su arreglo, en el que están trabajando desde que la adquirimos, costará otros cinco mil o seis mil ducados.

¡Otros dos millones de maravedíes! No me desmayé porque no me lo podía permitir. El marqués, que seguía con los ojos entornados, sonrió levemente.

– Espero que me ayudéis con los muebles y el ajuar, marquesa. No conozco a los artesanos de Sevilla y, desde luego, quiero a los mejores.

El rostro ancho y pintado de la marquesa se tiñó de satisfacción.

– ¡Oh, doña Catalina, por eso no debéis preocuparos! Adquirimos también todos los bienes muebles de los condes de Melgarejo. El palacio Sanabria era notoriamente conocido por la belleza de su interior y el marqués pensó que su contenido os gustaría. Ha tomado mucho empeño en este asunto vuestro. Los arreglos se están haciendo con todo el mobiliario dentro; sólo se han retirado las imágenes, los libros de devoción, los retablos… Cosas de fácil hurto y grande beneficio para los que allí trabajan. Por más, supongo que habréis traído con vos el ajuar de vuestra casa en Nueva España.

– Erráis, marquesa -objeté con pesar-. Lo vendí todo antes de zarpar. Deseo principiar una nueva vida y hasta el objeto más pequeño me traería dolorosos recuerdos de la existencia que llevé en Nueva España con mi marido.

– ¡Oh, entonces, desde luego, necesitaréis mi ayuda!

– Hasta los colchones tendré que adquirir, marquesa.

– Como si fuerais una… -sonrió amablemente.

– Una mujer que ha perdido para siempre la vida que amaba -la ayudé a terminar, por si tenía en el pensamiento algo inconveniente-, que se ha despedido de los amigos que más estimaba, de su hogar, de sus propiedades más queridas y hasta de sus animales de compañía.

– Sí, en efecto -murmuró, apretando el ceño. En aquel punto le vi el rostro de lechuza del que hablaba doña Clara, la enamorada del marqués, y era cosa muy cierta que se asemejaba a la dicha ave-. Mas sólo quería decir que me recordabais a una joven criada sin dote.

Con mentida alegría, tomé a reír muy de gana por el menosprecio. Debía estar a la mira y conservar en la memoria quién era yo y lo que pretendía y qué debía ganar en aquélla y en todas las partidas.

– Con vuestra ayuda, señora, eso cambiará pronto.

– Desde luego, querida doña Catalina -respondió-. Contad conmigo para lo que necesitéis.

En sus palabras había un tonillo, disfrazado en el amable ofrecimiento, que dejaba claro que una hidalga como yo, por acaudalada que fuera, no disfrutaría ni en el mejor de sus sueños de la ayuda de una dama noble como ella, de quien ni era una igual ni nunca lo sería.

– Os agradezco mucho vuestro ofrecimiento, marquesa. Así lo haré de muy buena gana.

Y ambas sonreímos.

Dos días después de mi llegada, el jueves que se contaban catorce del mes de junio, se celebró en Sevilla, por todo lo alto, la festividad del Corpus Christi. Como me alojaba en el palacio de los marqueses, donde quedé muy bien atendida a la espera de que terminaran los arreglos del mío, me vi en la obligación de ayudar a doña Rufina a confeccionar un altar de ceremonia en la sala de recibir y de asistir con ella a las procesiones y actos litúrgicos propios de tal gaudeamus (me gustaron los graciosos pastorcillos que bailaron la Danza de los Seises en la Iglesia Mayor), diversiones éstas que nos tuvieron dando vueltas tediosamente en el carruaje por toda ciudad desde que amaneció hasta la hora de la cena. Los barrios de Sevilla, por más, gustaban de sacar los pasos de sus iglesias a recorrer las calles, todos con la Custodia en la cabecera, y era cargo obligado que nadie se perdiese tales solemnidades. Habían transcurrido muchos años desde mi marcha a Tierra Firme y ya no guardaba recuerdo de la beatería y espiritualidad que gobernaba la metrópoli y, mucho más aquella ciudad, donde esas cosas se vivían con grandísimo relumbrón. Triana, la Magdalena, el Salvador, San Bernardo… todos los barrios lucían sus mejores galas y las campanas de sus iglesias repicaban sin descanso.

Sin embargo, de aquella molesta jornada, lo realmente destacado fue el sombrío momento en que nuestro engalanado coche se cruzó con el de las hermanas Curvo, Juana e Isabel, las grandes amigas de mi anfitriona. Uno de los lacayos de las hermanas saltó del pescante y nos detuvo, obligando a entrambos cocheros a colocarse de suerte que los ventanucos quedaran enfrentados. No era el primer encuentro del día ni el primer saludo en la calle, aunque las Curvo sí fueron las únicas que a mí me importaron. La marquesa levantó, pues, la cortinilla para conocer con quién nos habíamos topado esta vez y una grande sonrisa de alegría se dibujó en sus labios rugosos. Tal como yo había querido, mi llegada a Sevilla había resultado muy comentada y el ansia de saber más sobre aquella huéspeda indiana tan rica y opulenta que había llegado dos días antes en el aviso de Nueva España tenía removida a la ciudad. La curiosidad devoraba a los principales y la marquesa ya se había visto solicitada a concertar meriendas con una docena de personas para ofrecer un adelanto de la presentación que tendría lugar en mi palacio cuando estuviese terminado.

Tras los breves intercambios de saludos, y sin que yo supiera aún con quién nos las estábamos viendo, doña Rufina Bazán, orgullosa y satisfecha de tanta atención, se volvió hacia mí y dijo:

– Oíd, doña Catalina, os presento a doña Juana Curvo, esposa de don Luján de Coa, prior del Consulado de Mercaderes, y a su hermana doña Isabel, esposa de don Jerónimo de Moncada, juez oficial y contador mayor de la Casa de Contratación.

– Es un honor -repuse con voz gélida. Sus nombres me habían producido una muy grande alteración y aun un mayor desasosiego, mas debía disimularlo. Allí estaban mis enemigas, allí las mujeres que iba a matar, ésas eran las dos arpías del demonio cuyos rostros y ojos, fijos en mí y sonrientes, me procuraban bascas, dolores y coces en el estómago.

– ¿Cuándo tenéis pensado dar la primera fiesta en vuestro nuevo palacio, señora doña Catalina? -me preguntó Juana Curvo con amabilidad.

– Poco o nada sé aún de los arreglos de mi casa, doña Juana -le contesté, guardando bien en la memoria su rostro desvelado. No deseaba olvidar nunca esa piel bruñida bajo el colorete, esos ojos redondos, esa quijada de recto perfil ni esas dos excelentes líneas de dientes níveos en las que no había ni huecos, ni manchas, ni imperfecciones, algo en verdad inexplicable y digno de admiración pues nunca había conocido a nadie que no hubiera sufrido los dolores y las pérdidas que provoca el maldito neguijón.

– Dicen que está casi acabado, señora doña Catalina -afirmó la otra hermana, Isabel Curvo, asomando por detrás. Mi extrañeza no tuvo límites al comprobar el inmenso parecido entre ambas. Las dos hermanas hacían gala del mismo rostro perfecto, de la misma piel pulida y de los mismos dientes sin tacha, sólo las diferenciaban detalles menores e inapreciables: Juana era varios años mayor que Isabel; Isabel era más boba que Juana; Juana era más fuerte, decidida y, probablemente, más malvada que Isabel; Isabel era mucho más rolliza de carnes que Juana. La mayor frisaría los cuarenta años; la menor, los treinta y pocos.

– En efecto, el palacio está casi acabado, doña Isabel, mas no lo he visitado y desconozco cuánto tardaré en habitarlo -repuse con sencillez, sin mostrar los tormentosos sentimientos que me ahogaban.

– ¡Ojalá sea pronto! -exclamó ella con entusiasmo-. Tengo ganas de visitar el palacio Sanabria. ¡Dicen que es tan hermoso!

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