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Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
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– Me pregunto -atajó Rodrigo de súbito- cuántos Curvos podría matar Martín en duelo antes de que ellos le hicieran matar a traición por algún otro secuaz a sueldo como Jakob Lundch y eso sin olvidar que dos de los cinco hermanos son mujeres y que las mujeres no se baten a espada ni pelean por su honor.

Nadie se le opuso y todos guardamos silencio, cavilosos. Era cosa muy cierta que no podía matar en duelo ni a Juana ni a Isabel y, desde luego, no estaba en mi intención dejar que esas dos vivieran por muy mujeres que fuesen. También yo lo era, ¿y qué se me daba?

– Tampoco podría matar a los Curvos en la calle -añadió doña Clara en coincidencia con Rodrigo-, salvo que fuera de noche. De noche y, por más, que no llevaran escolta, cosa que resulta absurda pues ningún hombre principal sale de casa sin sus criados que, a poco, son tres o cuatro y armados, y lo normal es que vayan en coche para no mancharse las suelas con los excrementos de las caballerías. Si visitaran el Compás quizá tendrías alguna oportunidad, pero Fernando Curvo es uno de los congregados del padre Pedro de León [26] y ese hermano pequeño que acaba de llegar de las Indias…

– El conde de Riaza -apuntó el marqués-. Diego Curvo es su nombre.

– Pues ese Diego Curvo no tardará en ingresar también, a lo que se dice, en las filas de ese jesuita loco.

– ¿Y quiénes son esos congregados? -preguntó Rodrigo.

– Se declaran a sí mismos penitentes, siervos de Dios y hombres honrados. Son mercaderes, banqueros, letrados, artesanos, aristócratas… De todo hay en esa ralea del demonio.

– Clara -la reconvino el marqués-, refrena tu lengua.

– ¿Que yo refrene mi lengua? -se ofendió ella-. ¿Debo callar que esos hipócritas cierran las puertas de la mancebía los días de fiesta, cuando más caudales ganan las mancebas para sostener a sus hijos y a sus padres ancianos? ¿Debo callar que esos santurrones meapilas…

– ¡Clara!

– … amenazan a las mujeres con el infierno, con la pérdida del alma si siguen ejerciendo su oficio, un oficio legal y para el que tienen licencia, con enfermedades inmundas y pestilentes causadoras de la muerte cuando hay cirujanos públicos que las vigilan y cuidan? ¿Debo callar que sacan por la fuerza a los clientes mediante toda clase de tropelías porque nadie se lo impide, golpeando a los más jóvenes con disciplinas para que no vuelvan nunca? ¿Yo debo callar y ellos no deben parar?

Doña Clara se agitaba más y más según hablaba. Yo había quedado pasmada al conocer que Fernando Curvo, ni más ni menos que Fernando Curvo, el mayor de los hermanos, el mayor de los hipócritas del mundo, era uno de esos beatos congregados que se llamaban siervos de Dios al tiempo que ordenaba asesinar a todo un pueblo para que las diez o quince personas que conocían la verdad de sus negocios no pudieran irse nunca de la lengua. Mas no era su doblez, siendo mucha, la que me indignaba sino el recuerdo de nuestras mancebas de Santa Marta atadas a las camas para que murieran por el fuego después de haber sido violentamente ultrajadas, o el de nuestros compadres de la Chacona, asesinados a arcabuzazos y cuchilladas en mitad de la noche, o el de mi padre agonizante, llenas de gusanos las heridas de los azotes, humillado por Diego Curvo en la nao de la flota, muerto en mis brazos en la Cárcel Real para que ese beato hipócrita de Fernando y sus cuatro hermanos pudieran seguir siendo una familia sin tacha, benemérita y piadosa y, sobre todo, acaudalada. Ojo por ojo, dicen. Pues, cuidado, Curvos: ojo por ojo.

– En resolución -concluyó doña Clara-, tu venganza me parece un trabajo imposible. Si no puedes retarlos en duelo ni acercarte a ellos en lugares públicos o si, haciéndolo, tras matar al primer Curvo los otros se te escapan y te mandan matar o te arrestan los alguaciles y te ajustician, ¿de qué te valdrá el esfuerzo? En verdad, no sé cómo vas a poder cumplir lo que le juraste a tu padre.

– Tampoco yo lo sé -murmuré, apesadumbrada. Debía discurrir otra cosa, algo menos comprometido para mí y de cumplimiento seguro y cierto-. Sin embargo, de una u otra manera, a fe mía que lo pondré en ejecución -afirmé con dureza.

Rodrigo, ceñudo y triste, asintió.

Llegó la Natividad y hubo festejos de Año Nuevo en Sevilla. Rodrigo y el marqués hallaron una pasión común, el juego de naipes, y se dedicaron a ella durante las fiestas sin que les importara un ardite que fuera de día o de noche o que las comidas estuvieran servidas en la mesa. Doña Clara se desesperaba y renegaba por perderse las diversiones que estaban teniendo lugar en las calles, cuyo tentador alboroto llegaba hasta nosotros.

Cierto día me dijo:

– Martín, ¿por qué no me acompañas a dar un paseo en coche?

La miré asombrada y le recordé que la justicia me buscaba y que no podía salir. A la sazón, el nombre del delincuente Martín Nevares se repetía en todos los bandos y pregones de la ciudad y se habían expedido mandamientos con mis señas para que los alguaciles reales y los cuadrilleros de la Santa Hermandad pudieran prenderme por contrabandista y enemigo del rey en cualquier parte que me descubrieran. Los Curvos sabían que andaba por Sevilla porque había estado en la Cárcel Real con mi padre y mi estancia en su ciudad era un peligro muy grande que deseaban atajar con presteza.

– Tú no, hombre -repuso, divertida-, Catalina. Catalina Solís. Tengo vestidos míos que te sentarían muy bien con unos pequeños arreglos y ese pelo lacio podemos ahuecarlo, hacerle algunas mejoras con las tenacillas y los rizadores y adornarlo con cintas, ganchillos y colgantes. Con solimán blanquearemos esa horrible piel morena que, por fortuna, ya se te va aclarando por falta de sol.

Iba a rehusar amablemente su proposición cuando, al punto, cerré la boca y apreté los labios con fuerza. Todo se me representó en el entendimiento en aquel punto, a lo menos todo lo principal y, así, acepté de buen grado aquella broma y pasamos la tarde en su recámara, muy distraídas frente al espejo, jugando al divertido entretenimiento de convertirme en mí misma aunque hermoseada, favorecida y ricamente aderezada. Y era verdad que doña Clara era maestra en las artes de la belleza pues de donde no había sacó y donde halló mejoró y, con eso y un vestido, me vi en el espejo transformada en una dama exquisita, digna del mejor caballero andante y de su gesta más gloriosa. Y si mis ojos y los de doña Clara mentían, no lo hicieron ni los de Rodrigo ni los del marqués, el primero de los cuales quedó sin habla durante un buen tiempo, fija la mirada en el lunar postizo que doña Clara me había pegado sobre el labio, y el segundo, conforme a su naturaleza, pidió a su enamorada que hiciera las debidas presentaciones pues una hermosa doncella como yo no podía visitar su casa sin que él la conociera. Doy fe de que no hay nada que más presto rinda sus encastilladas torres a la adulación que la vanidad y si pasar de Catalina a Martín me resultaba más que nada provechoso, pasar de Martín a Catalina tenía su aquel, precisamente por cosas como el deleite que producen los halagos y las lisonjas.

Al día siguiente, convertida en la guapa Catalina, acompañé a doña Clara en el prometido paseo y, entretanto comíamos naranjas dulces que llenaban de aroma el interior del coche, mirábamos por los ventanucos cómo las gentes de humilde condición, a pesar del mucho frío que hacía, bullían, reían y se divertían con los grupos de músicos, danzantes y comediantes que actuaban por las calles. Sonaban alegremente los rabeles, las chirimías, las vihuelas y los panderos, y todos danzaban sin recato los más desvergonzados bailes de cascabel entre palmas, castañetas y zapateados, al tiempo que las sahumadas iglesias estaban abarrotadas y las plazas llenas de tenderetes en los que se vendían vino, dulces y pasteles.

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[26] Pedro de León, jesuita (Jerez de la Frontera, 1544 – Sevilla, 1632). Desarrolló su trabajo en la Cárcel Real de Sevilla y en los bajos fondos de la ciudad, atacando especialmente las mancebías del Compás de la Laguna.

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