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Asesinato En Paris

Электронная книга - «Asesinato En Paris». Краткое содержание книги:

Cara Black se ha forjado un renombre con las novelas que narran las aventuras de la detective Leduc, ambientadas en París. En sus páginas se puede disfrutar de La Ciudad de la Luz como si se paseara por sus calles. Es la serie de la que se habla en toda Europa.
Un misterioso rabino se acerca a Aimeé Leduc, detective parisina medio francesa y medio americana, y le pide que descifre una fotografía codificada de cincuenta años de antigüedad y se la haga llegar a una mujer en el Marais, el viejo barrio judío. Cuando lo hace, se encuentra con un cadáver en cuya frente alguien ha grabado una esvástica. Con la ayuda de su socio, un enano de extraordinarias habilidades informáticas, se decide a resolver este horrendo asesinato y se encuentra en el centro de un peligroso juego de política actual y viejos crímenes de guerra. Aimée recorre tejados y cloacas, los órganos del poder y los bajos fondos de París, para descubrir la historia de la ciudad que conforma su presente.
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– No te hagas la extraña, Aimée-dijo dándose la vuelta y sonriendo abiertamente-. ¿Crees que puedes sorprenderme?

– Lo intento, Leah.-aimée la abrazó riendo-. Qué bien huele

Leah, una vieja amiga de su madre, vivía con su familia encima de Mon Bouton, su fábrica de botones. Preparaba la comida para los trabajadores en una cocina junto a las prensas térmicas y los moldes para fabricar los botones

– No hace falta ser hogareña para cocinar, Aimée-dijo en referencia a sus continuas discusiones sobre la falta de habilidad culinaria de Aimée-.Sólo te veo cuando tienes hambre. Cocinar es una expresión creativa. Deja que te enseñe.

– Ahora mismo enséñame algo sobre los botones de Chanel. Quiero aprender de boca de una experta-dijo

– ¿se trata de un caso?-A Leah se le iluminó la mirada. Leía una novela de espionaje cada semana y le encantaba escuchar a Aimée hablar de su trabajo

– Leah, ya sabes que no puedo hablar sobre los casos que tengo entre manos -Aimée sacó un rudimentario boceto del botón de Chanel que había hecho después de verlo-. Dame alguna idea sobre este botón.

– ¿Color y material?-dijo Leah limpiándose las manos en la gastada bata.

– Fucsia, con las dos letras C entrelazadas de un metal brillante, como bronce

Leah, que era miope, se puso las gafas sobre la frente y observó atentamente

– Yo diría que este botónes de un traje de la colección de primavera. Un traje de mohair. Hicimos un prototipo, pero un pez gordo lo envió a Malasia para que se fabricara allí. La alta costura antes quería decir eso, alta costura fabricada en Francia: el hilo, las cremalleras, los lazos, los botones… Ya no.

– ¿Podrías darme una idea general sobre las propietarias de ese traje

– Gente de veintitantos o treinta y tantos. Ricas y aburridas. Con buenas piernas.

– ¿Con bunas piernas?

– Todos los trajes de mohair de esa temporada eran de minifalda.

Sábado a mediodía

– Ka señora se encuentra trabajando en su despacho. ¿Quién la busca, por favor?- La sonriente ama de llaves se sacudió la blanca harina de las manos. Alta y delgada, sus ojos acuosos contrastaban con el uniforme almidonado de criada.

– Soy Aimée Leduc, detective. Solo me llevará unos minutos.-Aimée rescató una tarjeta de visita del interior de su bolso.

Un brillo de curiosidad iluminó la mirada del ama de llaves.

– Un momento.-El ruido de los tacones de sus usados zuecos resonó al alejarse por el pasillo de mármol.

Aimée se había cambiado de ropa y se había vestido con una falda plisada azul marino con chaqueta, uniforme que le aportaba una cierta seguridad. Algunas veces adornaba la solapa con insignias de su extensa colección. Para esta entrevista se había peinado el pelo hacia atrás y lo había cubierto con una gorra azul de tipo Garrison, similar a la de los gendarmes, y se había aplicado un toque de máscara de pestañas, sin lápiz de labios.

En el vestíbulo de mármol, expuesto a las corrientes de la vivienda de Albertine Clouzot en el exclusivo callejón de Poissonerie, cabían perfectamente dos camiones. Entre una bicicleta de niño y unos patines, se encontraban desperdigadas estatuas y bustos romanos de bronce dispuestos sobre pilares.

Casi al instante reapareció la doncella y le hizo a Aimée un gesto desde el pasillo para que se acercara. Aimée entró en una sala de estar (no se le podía llamar de otra manera) que podría haber salido directamente del siglo XVIII. Y probablemente así era. Al ver que su propio aliento se congelaba, Aimée pensó que tampoco la habían caldeado desde entonces. No se quitó los guantes forrados de angora.

De las paredes de seis metros de alto colgaban tapices con escenas pastoriles. En una esquina, y enmarcada por una ventana que daba a un patio privado, se sentaba una mujr de treinta y muchos años que estaba trabajando en una casa de muñecas enorme, una mansión de estilo sureño con columnas y la inscripción “Mint Julep” sobre la puerta en miniatura. Junto a una bandeja con mobiliario de muñecas hecho de mimre se encontraba un pequeño calefactor portátil.

– Gracias por dedicarme su tiempo, madame Clouzot-dijo Aimée

– Estoy intrigada. ¿Qué es lo que hace que detective privada quiera hablar conmigo?-dijo Albertine Clouzot. Colocó una cómoda en miniatura y se levantó; llevaba puestas medias de red, una minifalda negra de cuero y tenía los labios pintados de color granate. Su cabello rubio perfectamente cortado le rozaba los hombros. Se tambaleaba sobre los tacones de plataforma de falso leopardo-. ¿De qué se trata? Florence, te puedes retirar.

– Quizá sería mejor que se quedara.- Aimée sonrió abiertamente y se volvió en dirección a la doncella. Ciertamente, no quería que Florence se marchara-. Quisiera hablar con ustedes dos.

Rebuscó en el bolso y sacó una libreta que hizo como que consultaba.

– Señora, ¿tiene usted un traje de Chanel de color rosa?

– Vaya, sí

– ¿Le faltaba un botón cuando lo recibió de la tintorería?

– Asíes. Tuve que ponerme otra cosa.-La expresión de Florence se mantuvo impasible mientras Albertine se acicalaba frente a un espejo de marco dorado que llegaba hasta el suelo-. Es la primera vez que he tenido problemas donde madame Tallard.

– Ya. No fue usted la que fue a la tintorería, ¿no es así?-Aimée siguió utilizando un tono neutro.

– No.-Albertine se mostró incrédula-. ¿Por qué iba a hacerlo?

Albertine pertenecía a un mundo que pagaba a otra gente para que le hiciera las tareas mundanas

– Lo hizo Florence, su ama de llaves ¿no?

Albertine Clouzot asintó con la mirada ausente. Había perdido el interés y estaba abriendo los pequeños cajones de la cómoda de la casa de muñecas.

– ¿A que hora salió Florence de su casa el miércoles por la tarde?

– ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? No le diré nada más hasta que me diga de qué va todo esto.

Aimée pensó que la estaba perdiendo.

– Señora, por favor, entiéndame-dijo Aimée sonriendo abiertamente una vez más-. Ser detective no es como se ve en las películas. La mayor parte se compone de la aburrida comprobación de los detalles. Todo lo que sabemos es que cerca del cuerpo de una mujer asesinada se encontró un botón rosa de Chanel, apenas a dos manzanas de su piso

– Tiene que haberse caído… ¡Dios mío! ¡No estará usted sugiriendo que yo maté a esa mujer! A la mujer dela…

Por el rabillo del ojo Aimée vio como se movía el brazo de Florence. O bien la doncella era de las del tipo nervioso o Aimée había dado en el clavo.

– Señora, estoy comprobando las pruebas e intentando reconstruir la hora del asesinato-dijo con espíritu tranquilizador.

Miró a Florence directamente.

– ¿A qué hora recogió usted el traje de la señora?

Florence se tapó la boca con las manos. Sobre las mejillas permanecieron pequeñas manchas de harina, como plumas.

– Junto antes de que cerrara la tienda-dijo tartamudeando.

Aimée pensó que había acertado.

Recordó que Sinta hizo un comentario sobre el par de zapatos del armario de Lili, cómo había mirado el resguardo de la reparación y cómo había dicho que Lili los acababa de recoger. Si Lili había recogido sus zapatos del taller de Javer, un miembro de LBN había seguido el rastro y Florence había ido por detrás… Pero eso no explicaba por qué Florence la seguía.

Aimée ahogó la ansiedad que sentía e intentó mantener un tono profesional.

– ¿A qué hora fue eso?

Si Florence había visto a un neonazi perseguir a una anciana judía con muletas, quizá se habría puesto sobre aviso y la habría seguido ella también. Puede que hubiera sido testigo de algo.

Florence dudó y bajó la mirada.

– Habla, Florence.-Albertine hacía repicar sus largas uñas de color granate de manera irritante sobre el tejado de la casa de muñecas.

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