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Asesinato En Paris

Электронная книга - «Asesinato En Paris». Краткое содержание книги:

Cara Black se ha forjado un renombre con las novelas que narran las aventuras de la detective Leduc, ambientadas en París. En sus páginas se puede disfrutar de La Ciudad de la Luz como si se paseara por sus calles. Es la serie de la que se habla en toda Europa.
Un misterioso rabino se acerca a Aimeé Leduc, detective parisina medio francesa y medio americana, y le pide que descifre una fotografía codificada de cincuenta años de antigüedad y se la haga llegar a una mujer en el Marais, el viejo barrio judío. Cuando lo hace, se encuentra con un cadáver en cuya frente alguien ha grabado una esvástica. Con la ayuda de su socio, un enano de extraordinarias habilidades informáticas, se decide a resolver este horrendo asesinato y se encuentra en el centro de un peligroso juego de política actual y viejos crímenes de guerra. Aimée recorre tejados y cloacas, los órganos del poder y los bajos fondos de París, para descubrir la historia de la ciudad que conforma su presente.
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– ¿En qué puedo ayudarle?-dijo con una sonrisa

– En primer lugar, permítame decirle que le agradezco que me dedique su tiempo. En un negocio como el suyo…- En este momento abarcó con un gesto la oficina, no exactamente un hervidero de actividad-. Y con una apretada agenda, seguro.-Esbozó una brillante sonrisa-. Pero iré al grano, ¿le parece?

– De lo suyo gasta

– Mi departamento se ocupa de servicios preventivos, una especie de unidad de campo fuera de La Défense-dijo él

Adelante, chica, hazle la pregunta.

– Siento interrumpirle, pero no sé mucho sobre seguridad gubernamental. ¿No llevan uniforme?

Otra vez la sonrisa.

– Nada de uniforme. Existimos y no existimos, no sé si me entiende. A ella le parecía que hablaban lenguas diferentes.

– La verdad es que no. Casi mejor que vaya al grano.

Un reflejo de diversión surcó su rostro

Las sombras se alargaban sobre las paredes de su despacho y ella se levantó para encender la luz

– Mais bien sûr-dijo él-. Un departamento especial en las afueras de Bourget y responsable de la lucha antiterrorista se ha hecho cargo del caso Stein. Nos ocupamos de todo lo relativo a los interrogatorios, la vigilancia y el seguimiento del caso.

Eso cuadraba con lo mencionado por Morbier

– ¿Por qué?

– Dada la situación política actual y lo sensible del asunto, el Grupo Especial de la Policía considera que este ha de ser majejado con especial cuidado.-Vitold se retrepó en el asiento y cruzó la pierna en un preciso ángulo de noventa grados-. Este es un momento histórico. Finalmente, por primera vez desde la última guerra, los delegados de la Unión Europea se sentarán y firmarán un tratado que vincule a Europa. Nada debe hacer peligrar esto ni la operación encubierta que hemos montado para echar el guante a los terroristas decididos a destruir el proceso.

Demasiado bueno para ser verdad, de acuerdo.

– ¿Me está diciendo, digamos, que me mantenga al margen?-dijo ella.

– Mademoiselle Leduc, se lo estoy pidiendo.-Sus ojos brillaban divertidos para luego endurecerse-. Sé lo importante que es para su negocio en este momento conseguir una prórroga en la declaración de los impuestos, y no quisiera que nada interfiriera en ese proceso.

– ¿Es eso una amenaza velada?

El se levantó con una raya perfecta en la pernera del pantalón y una camisa que parecía aún sin una solo arruga.

– Vaya, vaya-cacareó condescendiente.

Ella también se levantó

– ¿Entra usted aquí, me extiende un cheque y pretende que me retire de un caso que ya me han pagado, amenazando con interferir en mis impuestos? ¿Quién se cree que es?

– Vitold, ya se lo he dicho, pero se me olvidó mencionar que su licencia de detective está a punto de caducar, ya que no la ha renovado.

– Mi licencia de detective es código naranja. Permanente y sin necesidad de renovación-dijo ella.

– Ya no

– Amenace a otra.-Le lanzó una mirada que echaba chispas al tiempo que hacía mil pedazos el cheque

El la agarró de las muñecas y la inmovilizó como si de una tenaza se tratara. Pequeños trocitos blancos del cheque cayeron desperdigados en el suelo de parquet. Ella se dio cuenta de que sus grandes dedos de uñas arregladas podían partirle los huesos por la mitad como si fueran cerillas

– Cuidado con esas manitas-dijo él acariciándole la cicatriz sobre la palma de su mano

Ella giró la cabeza en dirección a la cámara instalada en la moldura de escayola

– Adelante. La cámara de seguridad nos está grabando mientras hablamos

Una sonrisa extraña le surcó el rostro y entonces la soltó

Al instante salió de la oficina y se dirigió a grandes zancadas a la puerta de cristal del portal

– Piénselo con detenimiento. Yo en su lugar lo haría-dijo

Sacó la Glock, pero él ya había desaparecido. En el aire solo quedaba un cierto tufillo a lima

Temblaba tanto que no podía mantener las manos quietas. Se obligó a respirar profundamente y volvió a deslizar el seguro a su posición original ¿Hasta dónde se habría metido? Y, en todo caso, ¿de qué problema se trataba?

Las marcas blancas de los dedos de Hervé Vitold sobre sus muñecas eran aún visibles. Rebobinó la cinta de video e imprimió su fotografía. Recordó una expresión tejana “No vales ni para dar de comer a los perros” y la escribió en rojo sobre la imagen de Vitold

Cuando se tranquilizó lo suficiente como para trabajar, y volvió a sentarse delante de su ordenador. Sabía que los códigos de acceso del departamento de seguridad de La Defénse se cambiaban todos los días. Al cabo de diez minutos, había conseguido sortear el sistema “seguro” del Gobierno, había accedido a su base de datos y había encontrado el Grupo Especial de Operaciones de Bourget.

Los mandos de Bourget, responsables de la lucha antiterrorista, únicamente cruzaban las líneas de la policía de la ciudad en el caso de atentados. Nada de fríos cuerpos de ancianas con esvásticas grabadas sobre la frente.

Comprobó luego las fichas de la BII, pero no apareció ningún Hervé Vitold. Pasó dos horas entrando en todos los departamentos gubernamentales, con su correspondiente seguridad.

Si Vitold era el que pretendía ser, entonces Aimée era madame Charles de Gaulle, descanse en paz. No encontró a nadie que se llamara Hervé Vitold en ninguna de las bases de datos existente.

Viernes por la noche

Su grave voz no parecía felíz

– Considéralo una orden, Hartmuth. El canciller insiste mucho en el asunto de la agenda comercial

Hartmuth no elevó el tono de voz

– Jawohl. He dicho que repasaré la propuesta adjunta de renuncia antes de tomar una decisión

Colgó. Por un momento se preguntó por la reacción de Bonn si él no firmaba el acuerdo

Sin demasiadas ganas, Hartmuth puso su maletín sobre la alfombra Aubusson y al hacerlo se desplomó contra el brocado recamier. Todas las habitaciones estaban amuebladas con antigüedades auténticas y, a pesar de ello, eran muy cómodas. Un cojín tejido con hilo de plata y seda le resultaba familiar, era como la seda que su madre bordaba hacía mucho tiempo durante las noches de invierno.

Pero ese mundo se había desmoronado hasta dejar de existir. Piso los pies cubiertos por los calcetines sobre el cojín, se tumbó exhausto y cerró los ojos.

Sin embargo, no pudo dormir. Revivió el viaje, aquel en el que regresaba a la casa de su padre en las afueras de Hamburgo. De los noventa y un mil prisioneros capturados tras la derrota de Stalingrado, él había sido uno de los cinco mil alemanes que regresaron a casa, cojeando tras pasar por los campos de trabajo siberianos.

Al final de la embarrada carretera, surcada por cráteres hechos por las bombas, reconoció la desconchada pintura y las ventanas reventadas. Al penetrar en el armazón carente de puerta, ahora vacío y desierto, vio que se habían llevado incluso los ladrillos de la chimenea- Caminó arrastrando los pies hasta la parte trasera y buscó a su prometida, Grete. Su familia había concertado su compromiso cuando ambos estaban en el instituto, antes de la guerra.

De un edificio de exterior ruinoso le llegó, en medio de aire cortante, el rítmico sonido de los hachazos y luego el de la madera que salía despedida. Con el rostro enrojecido y el aliento helado en una fresca tarde de marzo. Grete cortaba con un hacha oxidada en el cobertizo del jardín trasero, para conseguir madera para el fuego. Se tapó la boca con la mano agrietada, cubierta de sangre para así ahogar los gritos y lo abrazó.

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