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Электронная книга - «El Amor En Los Tiempos Del Cólera». Краткое содержание книги:

La historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza en el escenario de un pueblecito portuario del Caribe y a lo largo de más de sesenta años, podría parecer un melodrama de amantes contrariados que al final vencen por la gracia del tiempo y la fuerza de sus propios sentimientos, ya que García Márquez se complace en utilizar los más clásicos recursos de los folletines tradicionales. Pero este tiempo – por una vez sucesivo, y no circular -, este escenario y estos personajes son como una mezcla tropical de plantas y arcillas que la mano del maestro modela y fantasea a su placer, para al final ir a desembocar en los territorios del mito y la leyenda. Los zumos, olores y sabores del trópico alimentan una prosa alucinatoria que en esta ocasión llega al puerto oscilante del final feliz.
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El trabajo era duro y mal pagado, pero ella lo hacía bien. Lo que no podía soportar eran los sollozos, los lamentos, los crujidos de los resortes de las camas que se le iban sedimentando en la sangre con tanto ardor y tanto dolor, que al amanecer no podía soportar la ansiedad de acostarse con el primer mendigo que encontrara en la calle, o con un borracho desperdigado que le hiciera el favor sin más pretensiones ni preguntas. La aparición de un hombre sin mujer como Florentino Ariza, joven y limpio, fue para ella un regalo del cielo, porque desde el primer momento se dio cuenta de que era igual que ella: un menesteroso de amor. Pero él fue insensible a sus apremios. Se había mantenido virgen para Fermina Daza, y no había fuerza ni razón en este mundo que pudiera torcerle el propósito.

Esa era su vida, cuatro meses antes de la fecha prevista para formalizar el compromiso, cuando Lorenzo Daza apareció a las siete de la mañana en la oficina del telégrafo, y preguntó por él. Como aún no había llegado, lo esperó sentado en la banca hasta las ocho y diez, quitándose de un dedo y poniéndose en otro el pesado anillo de oro coronado por un ópalo noble, y cuando lo vio entrar lo reconoció de inmediato como el empleado del telégrafo, y lo tomó del brazo.

– Venga conmigo, jovencito -le dijo-. Usted y yo tenemos que hablar cinco minutos, de hombre a hombre.

Florentino Ariza, verde como un muerto, se dejó llevar. No estaba preparado para ese encuentro, porque Fermina Daza no había encontrado la ocasión ni el modo de prevenirlo. El caso era que el sábado anterior, la hermana Franca de la Luz, superiora del Colegio de la Presentación de la Santísima Virgen, había entrado en la clase de Nociones de Cosmogonía con el sigilo de una serpiente, y espiando a las alumnas por encima del hombro descubrió que Fermina Daza fingía tomar notas en el cuaderno cuando en realidad estaba escribiendo una carta de amor. La falta, de acuerdo con los reglamentos del colegio, era motivo de expulsión. Citado de urgencia a la rectoría, Lorenzo Daza descubrió la gotera por donde estaba escurriéndose su régimen de hierro. Fermína Daza, con su entereza congénita, admitió la culpa de la carta, pero se negó a revelar la identidad del novio secreto, y volvió a negarse ante el Tribunal de Orden, que por este motivo confirmó el veredicto de expulsión. Sin embargo, el padre hizo una requisa del dormitorio que hasta entonces había sido un santuario inviolable, y en un doble fondo del baúl encontró los paquetes de tres años de cartas, escondidas con tanto amor como habían sido escritas. La firma era inequívoca, pero Lorenzo Daza no pudo creer ni entonces ni nunca que la hija no supiera de su novio escondido nada más que el oficio de telegrafista y su afición por el violín.

Convencido de que una relación tan difícil sólo era comprensible por la complicidad de la hermana, no le concedió a ésta ni la gracia de una disculpa, sino que la embarcó sin apelación en la goleta de San Juan de la Ciénaga. Fermina Daza no se alivió nunca de su último recuerdo, la tarde en que la despidió en el portal ardiendo de fiebre dentro de su hábito pardo, ósea y cenicienta, y la vio desaparecer en la llovizna del parquecito con lo único que le quedaba en la vida: el petate de soltera, y el dinero para sobrevivir un mes, envuelto en un pañuelo dentro del puño. Tan pronto como se liberó de la autoridad de su padre la hizo buscar por las provincias del Caribe, averiguando por ella con todo el que pudiera conocerla, y no encontró noticia alguna de su rastro hasta casi treinta años después, cuando recibió una carta que había pasado por muchas manos durante mucho tiempo, y en la cual le informaron que había muerto casi centenaria en el lazareto de Agua de Dios. Lorenzo Daza no previó la ferocidad con que la hija había de reaccionar por el castigo injusto de que fue víctima la tía Escolástica, a quien había identificado siempre con la madre que apenas recordaba. Se encerró con tranca en el dormitorio, sin comer ni beber, y cuando él logró por fin que le abriera, primero con amenazas y luego con súplicas mal disimuladas, se encontró con una pantera herida que nunca más volvería a tener quince años.

Trató de seducirla con toda clase de halagos. Trató de hacerle entender que el amor a su edad era un espejismo, trató de convencerla por las buenas de que devolviera las cartas y regresara al colegio a pedir perdón de rodillas, y le dio su palabra de honor de que él sería el primero en ayudarla a ser feliz con un pretendiente digno. Pero era como hablarle a un muerto. Derrotado, terminó por perder los estribos en el almuerzo del lunes, y mientras se atragantaba de improperios y blasfemias al borde de la conmoción, ella se puso el cuchillo de la carne en el cuello, sin dramatismo pero con pulso firme, y con unos ojos atónitos que él no se atrevió a desafiar. Fue entonces cuando asumió el riesgo de hablar cinco minutos, de hombre a hombre, con el advenedizo infausto que no recordaba haber visto nunca, y que en tan mala hora se había puesto de través en su vida. Por pura costumbre cogió el revólver antes de salir, pero tuvo el cuidado de llevarlo escondido debajo de la camisa.

Florentino Ariza no había recobrado el aliento cuando Lorenzo Daza lo llevó del brazo por la Plaza de la Catedral hasta la galería de arcos del Café de la Parroquia, y lo invitó a sentarse en la terraza. No había otros clientes a esa hora, y una matrona negra fregaba las baldosas del enorme salón con vitrales astillados y polvorientos, cuyas sillas estaban todavía puestas patas arriba sobre las mesas de mármol. Florentino Ariza había visto allí muchas veces a Lorenzo Daza jugando y tomando vino de barril con los asturianos del mercado público, mientras se peleaban a gritos por otras guerras crónicas que no eran las nuestras. Muchas veces, consciente del fatalismo del amor, se preguntaba cómo sería el encuentro que tarde o temprano iba a tener con él, y que ningún poder humano había de impedir, porque estaba inscrito desde siempre en el destino de ambos. Lo suponía como un altercado desigual, no sólo porque Fermina Daza lo había prevenido en las cartas sobre el carácter tempestuoso de su padre, sino porque él mismo había notado que sus ojos parecían coléricos hasta cuando reía a carcajadas en la mesa de juego. Todo él era un tributo a la ordinariez: la panza innoble, el habla enfática, las patillas de lince, las manos bastas con el anular sofocado por la montura de ópalo. Su único rasgo enternecedor, que Florentino Ariza reconoció desde la primera vez que lo vio caminar, era que tenía el mismo andar de venada de la hija. Sin embargo, cuando le indicó la silla para que se sentara no lo encontró tan áspero como parecía, y recobró el aliento cuando lo invitó a tomarse una copa de anisado. Florentino Ariza no lo había bebido nunca a las ocho de la mañana, pero aceptó agradecido, porque lo estaba necesitando con urgencia.

Lorenzo Daza, en efecto, no tardó más de cinco minutos para dar sus razones, y lo hizo con una sinceridad desarmante que acabó de confundir a Florentino Ariza. A la muerte de su esposa se había impuesto el propósito único de hacer de la hija una gran dama. El camino era largo e incierto para un traficante de mulas que no sabía leer ni escribir, y cuya reputación de cuatrero no estaba tan probada como bien difundida en la provincia de San Juan de la Ciénaga. Encendió un tabaco de arriero, y se lamentó: “Lo único peor que la mala salud es la mala fama”. Sin embargo, dijo, el verdadero secreto de su fortuna era que ninguna de sus mulas trabajaba tanto y con tanta determinación como él mismo, aun en los tiempos más agrios de las guerras, cuando los pueblos amanecían en cenizas y los campos devastados. Aunque la hija no estuvo nunca al corriente de la premeditación de su destino, se comportaba como un cómplice entusiasta. Era inteligente y metódica, hasta el punto de que enseñó a leer al padre tan pronto como aprendió ella, y a los doce años tenía un dominio de la realidad que le hubiera bastado para llevar la casa sin necesidad de la tía Escolástica. Suspiró: “Es una mula de oro”. Cuando la hija terminó la escuela primaria, con cinco en todo y mención de honor en el acto de clausura, él comprendió que el ámbito de San Juan de la Ciénaga le quedaba estrecho a sus ilusiones. Entonces liquidó tierras y animales, y se trasladó con ímpetus nuevos y setenta mil pesos oro a esta ciudad en ruinas y con sus glorias apolilladas, pero donde una mujer bella y educada a la antigua tenía aún la posibilidad de volver a nacer con un matrimonio de fortuna. La irrupción de Florentino Ariza había sido un tropiezo imprevisto en aquel plan encarnizado. “Así que he venido a hacerle una súplica”, dijo Lorenzo Daza. Mojó el cabo del tabaco en el anisado, le dio una chupada sin humo, y concluyó con la voz afligida:

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