El Amor En Los Tiempos Del Cólera
- Автор: Маркес Габриэль Гарсия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Amor En Los Tiempos Del Cólera». Краткое содержание книги:
La lectura se le convirtió en un vicio insaciable. Desde que lo enseñó a leer, su madre le compraba los libros ilustrados de los autores nórdicos, que se vendían como cuentos para niños, pero que en realidad eran los más crueles y perversos que podían leerse a cualquier edad. Florentino Ariza los recitaba de memoria a los cinco años, tanto en las clases como en las veladas de la escuela, pero la familiaridad con ellos no le alivió el terror. Al contrario, lo agudizaba. De allí que el paso a la poesía fue como un remanso. Ya en la pubertad había consumido por orden de aparición todos los volúmenes de la Biblioteca Popular que Tránsito Ariza les compraba a los libreros de lance del Portal de los Escribanos, y en los que había de todo, desde Homero hasta el menos meritorio de los poetas locales. Pero él no hacía distinción: leía el volumen que llegara, como una orden de la fatalidad, y no le alcanzaron todos sus años de lecturas para saber qué era bueno y qué no lo era en lo mucho que había leído. Lo único que tenía claro era que entre la prosa y los versos prefería los versos, y entre éstos prefería los de amor, que aprendía de memoria aun sin proponérselo desde la segunda lectura, con tanta más facilidad cuanto mejor rimados y medidos, y cuanto más desgarradores.
Esta fue la fuente original de las primeras cartas a Fermina Daza, en las cuales aparecían parrafadas enteras sin cocinar de los románticos españoles, y lo fueron hasta que la vida real lo obligó a ocuparse de asuntos más terrestres que los dolores del corazón. Ya para entonces había dado un paso más hacia los folletines de lágrimas y otras prosas aún más profanas de su tiempo. Había aprendido a llorar con su madre leyendo a los poetas locales que se vendían en plazas y portales en folletos de a dos centavos. Pero al mismo tiempo era capaz de recitar de memoria la poesía castellana más selecta del Siglo de Oro. En general leía todo lo que le cayera en las manos, y en el orden en que le caía, hasta el extremo de que mucho después de aquellos duros años de su primer amor, cuando ya no era joven, había de leer desde la primera página hasta la última los veinte tomos del Tesoro de la Juventud, el catálogo completo de los clásicos Carnier Hnos., traducidos, y las obras más fáciles que publicaba don Vicente Blasco Ibáñez en la colección Prometeo.
En todo caso, sus mocedades en el hotel de paso no se redujeron a la lectura y la redacción de cartas febriles, sino que lo iniciaron en los secretos del amor sin amor. La vida de la casa empezaba después del mediodía, cuando sus amigas las pájaras se levantaban como sus madres las parieron, de modo que cuando Florentino Ariza llegaba del empleo se encontraba con un palacio poblado de ninfas en cueros, que comentaban a gritos los secretos de la ciudad, conocidos por las infidencias de los propios protagonistas. Muchas exhibían en sus desnudeces las huellas del pasado: cicatrices de puñaladas en el vientre, estrellas de balazos, surcos de cuchilladas de amor, costuras de cesáreas de carniceros. Algunas se hacían llevar durante el día a sus hijos menores, frutos infortunados de despechos o descuidos juveniles, y les quitaban las ropas tan pronto como entraban para que no se sintieran distintos en el paraíso de la desnudez. Cada una cocinaba lo suyo, y nadie comía mejor que Florentino Ariza cuando lo invitaban, porque escogía lo mejor de cada una. Era una fiesta diaria que duraba hasta el atardecer, cuando las desnudas desfilaban cantando hacia los baños, se pedían prestado el jabón, el cepillo de dientes, las tijeras, se cortaban el pelo unas a otras, se vestían con las ropas cambiadas, se pintorreteaban como payasas lúgubres, y salían a cazar sus primeras presas de la noche. A partir de entonces, la vida de la casa se volvía impersonal, deshumanizada, y era imposible compartirla sin pagar.
No había un lugar donde Florentino Ariza estuviera mejor desde que conoció a Fermina Daza, porque era el único donde no se sentía solo. Más aún: terminó por ser el único donde se sentía con ella. Tal vez era por los mismos motivos que vivía allí una mujer mayor, elegante, de una hermosa cabeza plateada, que no participaba de la vida natural de las desnudas, y a quien éstas profesaban un respeto sacramental. Un novio prematuro la había llevado allí cuando era joven, y después de disfrutarla por un tiempo la abandonó a su suerte. Sin embargo, a pesar de su estigma, logró casarse bien. Ya muy mayor, cuando se quedó sola, dos hijos y tres hijas se disputaron el gusto de llevarla a vivir con ellos, pero a ella no se le ocurrió un lugar más digno para vivir que aquel hotel de perdularias tiernas. Su cuarto permanente era su única casa, y esto la identificó de inmediato con Florentino Ariza, del cual decía que llegaría a ser un sabio conocido en el mundo entero, porque era capaz de enriquecer su alma con la lectura en el paraíso de la salacidad. Florentino Ariza, por su parte, llegó a tenerle tanto afecto que la ayudaba en las compras del mercado, y solía pasar algunas tardes conversando con ella. Pensaba que era una mujer sabia en el amor, pues le dio muchas luces sobre el suyo, sin que él tuviera que revelarle su secreto.
Si antes de conocer el amor de Fermina Daza no había caído en tantas tentaciones al alcance de la mano, mucho menos iba a hacerlo cuando ya era su prometida oficial. Así que Florentino Ariza convivía con las muchachas, compartía sus gozos y sus miserias, pero ni a él ni a ellas se les ocurría ir más lejos. Un hecho imprevisto demostró la severidad de su determinación. Cualquier día a las seis de la tarde, cuando las muchachas se vestían para recibir a los clientes de la noche, entró en su cuarto la encargada de la limpieza en el piso: una mujer joven pero envejecida y macilenta, como una penitente vestida en la gloria de las desnudas. Él la veía a diario sin sentirse visto: andaba por los cuartos con las escobas, con un cubo para la basura y un trapo especial para recoger del suelo los preservativos usados. Entró en el cubículo donde Florentino Ariza leía, como siempre, y como siempre barrió con un cuidado extremo para no perturbarlo. De pronto pasó cerca de la cama, y él sintió la mano tibia y tierna en la cruz de su vientre, la sintió buscándolo, la sintió encontrarlo, la sintió soltándole los botones mientras la respiración de ella iba colmando el cuarto. Él fingió leer hasta que no pudo más, y tuvo que esquivar el cuerpo.
Ella se asustó, pues la primera advertencia que le hicieron para darle el empleo de barrendera fue que no intentara acostarse con los clientes. No tenían que decírselo, porque era de las que pensaban que la prostitución no era acostarse por dinero, sino acostarse con desconocidos. Tenía dos hijos, cada uno de un marido diferente, y no porque fueran aventuras casuales, sino porque no había conseguido amar a uno que volviera después de la tercera vez. Había sido hasta entonces una mujer sin urgencias, preparada por su naturaleza para esperar sin desesperar, pero la vida de aquella casa era más fuerte que sus virtudes. Entraba a trabajar a las seis de la tarde, y pasaba la noche entera de cuarto en cuarto, barriéndolos con cuatro escobazos, recogiendo los preservativos, cambiando las sábanas. No era fácil imaginar la cantidad de cosas que dejaban los hombres después del amor. Dejaban vómitos y lágrimas, lo cual le parecía comprensible, pero dejaban también muchos enigmas de la intimidad: charcos de sangre, parches de excrementos, ojos de vidrio, relojes de oro, dentaduras postizas, relicarios con rizos dorados, cartas de amor, de negocios, de pésame: cartas de todo. Algunos volvían por sus cosas perdidas, pero la mayoría se quedaban allí, y Lotario Thugut las guardaba bajo llave, pensando que tarde o temprano aquel palacio caído en desgracia, con los miles de objetos personales olvidados, sería un museo del amor.