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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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Se habían ido todos, y junto con el incienso, flotaba en el aire uno de los silencios más hondos que he oído. Frente a mí se alzaba el altar, modesto en comparación con el que habíamos destruido con Agia, y sin embargo hermoso con sus luces y nítidas líneas, y sus paneles de venturina y lapislázuli.

Entonces fui hasta él y me arrodillé. No era preciso que un estudioso me dijera que no tenía ahora más cerca al Teologúmenon. Y sin embargo parecía más cercano, y —por última vez— fui capaz de sacar la Garra, algo que había temido no poder hacer. Pensé entonces: «Te he transportado por muchas montañas, a través de ríos y a través de pampas. Has dado vida a Thecla dentro de mí. Me has dado a Dorcas, y has devuelto a jonas a este mundo. En verdad no tengo quejas contra ti, aunque tú de mí debes tener muchas. De una no seré merecedor. No se me que no hice lo que podía para remediar el daño que he causado».

Yo sabía que si dejaba abiertamente la Garra en el la robarían. Subiendo al palio, busqué entre los accesorios un escondite seguro y permanente, y al fin noté que la propia losa estaba sujeta desde abajo por cuatro pernos que seguramente no se habían aflojado desde la construcción del altar, y que probablemente seguirían en su sitio mientras se mantuviese en pie. Tengo manos fuertes y conseguí que la mayoría de los hombres no hacerlo. Debajo de la piedra habían burilado las maderas para que se sostuviera sólo en los bordes y no se balanceara: era más de lo que me había atre— vido a esperar. Con la navaja de Jonas corté un cuadradito de tela del borde de la ya maltrecha capa de mi gremio. Envolví en ella la Garra, la dejé bajo la losa y volví a ajustar los pernos, ensangrentándome los dedos en el afán de asegurarme que no se aflojaran por accidente.

Mientras me alejaba del altar sentí una pena profunda, pero no había hecho la mitad del camino hasta la puerta de la capilla cuando me invadió una dicha violenta. Me había sido retirada la carga de la vida y la muerte. Volvía a ser nada más que un hombre, y deliraba de placer. Me sentí como me había sentido de niño cuando las largas clases del maestro Malrubius se terminaban y yo era libre de ir a jugar en el Patio Viejo o gatear entre los baluartes rotos para correr entre los árboles y los mausoleos de nuestra necrópolis. Estaba en desgracia y proscrito y sin hogar, sin un amigo y sin dinero, y acababa de abandonar el objeto más valioso del mundo, que en definitiva quizá fuera el único objeto valioso del mundo. Ysin embargo sabía que todo iba a marchar bien. Había bajado al fondo de la existencia y lo había tocado con las manos; había descubierto que había un fondo, y que de allí en adelante sólo podía subir. Arremoliné a mi alrededor la capa, como había hecho en mis tiempos de actor pues sabía que yo era un actor y no un torturador, aunque lo hubiese sido antes. Di saltos en el aire y brinqué como las cabras en las laderas, porque sabía que yo era un niño y que el hombre que no lo sea no es hombre.

Fuera, el aire fresco parecía hecho expresamente para mí, una creación reciente y no la antigua atmósfera de Urth. Me bañé en él, primero abriendo la capa y luego alzando los brazos a las estrellas, me llené los pulmones como quien se ha salvado de ahogarse en los fluidos del nacimiento.

Todo esto tomó menos tiempo que el que ha re querido describirlo, y me disponía a volver a la tienda del lazareto de donde yo había salido cuando advertí que a cierta distancia una figura inmóvil me observaba desde las sombras de otra tienda. Desde que escapara con el chico de la ciega criatura rastreadora que había destruido la aldea de los magos, había temido que volviera a perseguirme alguno de los sirvientes de He thor. Ya iba a huir cuando la figura salió a la luz de la luna, y vi que era sólo una Peregrina.

—Espere —dijo. Y luego, acercándose—: Me temo que lo he asustado.

La cara era un óvalo terso que parecía casi asexuado. Era joven, pensé, aunque no tanto como Ava y buenas dos cabezas más alta que ella: una verdadera exultante, alta como había sido Thecla.

Dije: —Cuando uno ha convivido mucho con el peligro…

—Lo comprendo. Yo no sé nada de la guerra, pero sé mucho de los hombres y mujeres que la han visto. —¿Yahora en qué puedo servirla, chatelaine? —Primero debo saber si está bien. ¿Lo está?

—Sí dije yo—. Mañana me iré de aquí.

—Estaba en la capilla, pues, agradeciendo haberse recuperado.

Vacilé. —Tenía mucho que decir, chatelaine. Pero sí, una parte era eso.

—¿Puedo caminar con usted? —Por supuesto, chatelaine.

He oído que las mujeres altas parecen más altas que cualquier hombre, y tal vez sea cierto. La estatura de esa mujer era mucho menor que la de Calveros, y no obstante a su lado yo me sentía casi enano. Recordé también cómo se había inclinado Thecla al abrazarnos, y cómo yo le había besado los pechos.

Cuando hubimos dado unas dos docenas de pasos, la Peregrina dijo: —Camina usted bien. Tiene y me parece que han recorrido mu ¿No es soldado de caballería?

—He montado un poco, pero no con la caballería. Vine por las montañas a pie, si a eso se refiere, chatelaine.

—Eso está bien, porque no tengo montura para darle. Pero creo que no le he dicho mi nombre. Soy Mannea, señora de las postulantes de nuestra orden. Como la Domnicellae está de viaje, por el momento estoy a cargo de nuestra gente.

—Yo soy Severian de Nessus, un vagabundo. Ojalá pudiera darles mil chrisos para ayudar la buena obra de ustedes, pero sólo puedo agradecerles las gentilezas que he recibido.

—Si hablé de montura, Severian de Nessus, no fue para ofrecerle una venta ni para darle fina con la esperanza de ganar su gratitud. Si no tenemos su gratitud ahora, ya no la obtendremos nunca.

—Como he dicho, la tienen —repliqué—. Como también he dicho, no me demoraré aquí abusando de su gentileza.

Mannea me miró desde arriba.

—No pensé que fuera a hacerlo. Esta mañana una postulante me contó que hace dos noches uno de los enfermos había ido con ella a la capilla y lo describió. Esta noche, cuando lo vi quedarse después de que los demás salieran, supe que era usted. Tengo una tarea, ¿sabe?, y nadie para llevarla a cabo. En días más tranquilos mandaría una partida de esclavos, pero están entrenados para cuidar enfermos y los necesitamos a todos y más. Sin embargo, dicen que Él da bastón al ciego y flecha al cazador.

—No deseo ofenderla, chatelaine, pero creo que si confla en mí porque fui a la capilla se equivoca. Usted no sabe si no he estado robando joyas del altar.

—Quiere decir que a menudo los ladrones y los embusteros van a rezar. Que el Conciliador los bendiga por eso. Créame, Severian, vagabundo de Nessus: nadie más lo hace, ni en la orden ni fuera de ella. Pero usted no tocó nada. Nosotras no tenemos ni la mitad del poder que supone la gente común; de todos modos, los que piensan que no tenemos poder son todavía más ignorantes. ¿Hará un recado para mí? Le daré un salvoconducto para que no lo tomen por desertor.

—Si está dentro de mis poderes, chatelaine.

Me puso la mano en el hombro. Era la primera vez que me tocaba y sentí una ligera conmoción, como si de improviso me hubiera rozado el ala de un pájaro.

—A unas veinte leguas de aquí —dijo— está la ermita de cierto anacoreta sabio y santo. Hasta ahora ha es a salvo, pero el Autarca ha estado retrocediendo durante todo el verano, y pronto la furia de la guerra arrollará el lugar. Alguien tiene que ir a persuadirlo: que venga con nosotras; y si no es posible persuadirlo, tiene que obligarlo avenir. El Conciliador, creo, ha indicado que el mensajero ha de ser usted. ¿Puede hacerlo?

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