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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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—Siempre que podemos preparamos al cliente —dije.

—Me dijo que no intentara evitar los gritos: si cuando cae el látigo uno grita, eso me dijo, no duele tanto. Me prometió que no habría más golpes que los indicados por el juez, así que si quería podía contarlos y de ese modo sabría cuándo estaba a punto de acabar. Yme dijo que no golpearía más fuerte de lo necesario; sólo cortaría la piel, y no me rompería ningún hueso.

Asentí.

—Le pregunté si me haría un favor, y dijo que si le era posible lo haría. Le pedí que después volviese a hablar conmigo, y dijo que lo intentaría cuando me hubiese recobrado un poco. Luego entró un caloguero a leer la oración.

»Me ataron a un poste, con las manos por encima de la cabeza y la sentencia clavada arriba de las manos. Probablemente usted lo ha hecho muchas veces.

—Hartas —le dije.

—Dudo de que conmigo fuera diferente. Todavía llevo las cicatrices, pero como usted dice se han debilitado. He visto muchos hombres que las tenían peores. Los carceleros me arrastraron hasta la celda como se acostumbra, pero creo que habría podido andar. No dolía tanto como perder una pierna o un brazo. Aquí he ayudado a los cirujanos a cortar muchos.

—¿Era flaco en aquella época?

—Muy flaco. Creo que se me habrían podido contar las costillas.

—Pues tuvo una gran ventaja. En la espalda de los gordos el látigo entra muy hondo, y sangran como cerdos. La gente dice que a los comerciantes no se los castiga lo suficiente por pesar mal y cosas parecidas, pero los que hablan así no saben cómo sufren. Winnoc asintió.

—Al día siguiente me sentía casi tan fuerte como de costumbre y el Aspirante Palaemon vino a verme como había prometido. Le conté de mí, cómo vivía y eso, y le pregunté un poco por él. Le parecerá raro, supongo, que hablara así con un hombre que me había azotado.

—No. Muchas veces he oído cosas semejantes. —Me contó que había hecho algo contra el gremio. No quiso decirme qué, pero lo habían desterrado por esa razón. Me contó lo que sentía y qué solo estaba. Dijo que había intentado animarse pensando en cómo vivía otra gente, advirtiendo que tampoco ellos eran de algún gremio. Pero lo único que sentía por ellos era pena, y muy pronto también sintió pena por él mismo. Dijo que si quería ser feliz, y no volver a vivir algo parecido, buscara alguna clase de hermandad y me uniera a ella.

—¿Y bien? —pregunté.

—Decidí hacer lo que me había dicho. Cuando me dejaron marchar, hablé con los maestros de un montón de gremios, primero escogiendo bien, luego acudiendo a cualquiera que pudiera aceptarme, como los carniceros y los candeleros. Ninguno quería tomar un aprendiz de tanta edad, o que no podía pagarse la comida, o que tenía mal carácter; me miraban la espalda, ¿se da cuenta?, y decidían que era un alborotador.

»Pensé en emplearme en un barco o unirme al ejército, y desde entonces he deseado muchas veces haber hecho una de las dos cosas, aunque quizás entonces hoy desearía lo contrario o no viviría para de Entonces, no sé por qué, se me ocurrió la idea de entrar en alguna orden religiosa. Hablé con un puñado, y dos se ofrecieron a aceptarme aunque les dije que no tenía dinero y les enseñé la espalda. Pero cuanto más rumores oía de cómo era la vida allí dentro, menos me parecía que pudiera aguantarlo. Yo había sido muy bebedor y me gustaban las muchachas, y en realidad no quería cambiar.

»Un día estaba en una esquina y vi un hombre que, me pareció, pertenecía a una orden con la que yo no había hablado aún. Por ese entonces pensaba emplearme en un barco, pero faltaba casi una semana para que zarpara, y un marinero me había dicho que mucho del peor trabajo se hacía durante los preparativos, y que si yo esperaba hasta que levaran anclas me lo evitaría. Todo era falso, pero yo no podía saberlo.

»El caso es que seguí al hombre aquel, y cuando se paró, lo habían mandado a comprar verdura, me acerqué y le pregunté de qué orden era. Me dijo que trabajaba como esclavo de las Peregrinas y que era igual que estar en la orden pero mejor. Uno podía beber una o dos copas y nadie se oponía mientras a la hora de trabajar estuviera sobrio. También podía acostarse con las muchachas, y de eso había muchas posibilidades porque las muchachas pensaban que los esclavos eran santos, más o menos, y que viajaban por todas partes.

»Le pregunté si pensaba que me aceptarían, y dije que no podía creer que viviera tan bien como él lo pintaba. El dijo que estaba seguro de que sí, y que si bien no podía demostrar allí mismo lo que había dicho sobre las muchachas, demostraría lo que había dicho sobre la bebida compartiendo conmigo una botella de tinto.

»Fuimos a una taberna junto al mercado y nos sentamos, y el hombre cumplió su palabra. Me contó que la vida aquella se parecía mucho a la del marinero, porque lo mejor de ser marinero era ver distintos lugares, y eso ellos lo hacían. También era como ser soldado, porque cuando la orden atravesaba regiones salvajes ellos iban armados. Además de todo eso, les daban dinero. Las órdenes reciben una ofrenda de cada uno que toma los votos. Si más tarde uno decide irse, le devuelven una parte, según el tiempo que haya estado. Para nosotros los esclavos, me explicó, era al revés. Al esclavo le pagaban cuando firmaba el contrato. Si después quería irse tenía que comprar la libertad, pero si se quedaba podía guardarse todo el dinero.

»Yo tenía madre, y aunque nunca fuera a verla sabía que no le sobraban los aes. Si pensaba en las órdenes religiosas, tenía que ser más religioso yo mismo, y no veía cómo iba a servir al Increado con ella en la mente. Firmé el papel. Naturalmente, Goslin, el esclavo que me había metido, se ganó una recompensa, y yo llevé el dinero a mi madre.

—Para ella fue una alegría, estoy seguro —dije—, y para usted también.

—Pensó que era alguna artimaña, pero el caso es que se lo dejé. Yo tenía que volver en seguida a la orden, naturalmente, y me habían acompañado. Ahora hace treinta años que estoy aquí.

—Habrá que felicitarlo, espero.

—No lo sé. Ha sido una vida dura, pero claro, por lo que he visto, todas las vidas son duras.

—Lo mismo he visto yo —dije. A decir verdad, me estaba entrando sueño y tenía ganas de que se fuera—. Gracias por contarme su historia. Me pareció muy interesante.

—Quiero preguntarle algo —dijo él— y quiero que si vuelve a ver a Palaemon se lo pregunte por mí. Asentí, aguardando.

—Usted dijo que le parecía que las Peregrinas debían ser amas bondadosas, y supongo que es cierto. Algunas han sido muy buenas conmigo, y aquí nunca me han azotado; nada que pasara de unas bofetadas. Pero tiene que saber cómo es la cosa. A los esclavos que no se portan bien los venden, eso es todo. Quizá no me siga.

—Creo que no.

—Muchos hombres se venden a la orden pensando, como yo, que todo va a ser vida fácil y aventura. Y en general es así, y es reconfortante ayudar a curar enfermos y heridos. Pero a los que no se entienden los venden, y por cada uno sacan mucho más de lo que pagaron. ¿Se da cuenta ahora de cómo es la cosa? De esta manera no tienen que a nadie. Casi el peor castigo es tener que fregar el retrete. Sólo que si uno no les cae bien, se puede encontrar con que lo llevan a una mina.

»Lo que todos estos años quise preguntarle al Aspirante Palaemon… —Mordiéndose el labio de abajo, hizo una pausa.— Era torturador, ¿no? Eso —Sí, lo era. Todavía lo es.

—Lo que quiero saber, entonces, es si me lo dijo para atormentarme. ¿O me estaba dando el mejor consejo posible? —Se volvió ocultándome la cara.¿Le preguntará esto por mí? Puede ser que alguna vez vuelva a verlo.

Dije: —Estoy seguro de que lo aconsejó lo mejor que podía. Si usted se hubiera quedado donde estaba, tal vez habría muerto hace mucho tiempo ejecutado por él o por otro torturador. ¿Alguna vez ha visto una ejecución? Pero los torturadores no lo saben todo.

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