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El peor remedio

Электронная книга - «El peor remedio». Краткое содержание книги:

Un inesperado acto de vandalismo acaba de cometerse en el frío amanecer veneciano. Una mujer impecablemente vestida ha destrozado el escaparate de una agencia de viajes como protesta ante la explotación del turismo sexual en países asiáticos…
Cuando acude, el comisario Brunetti comprueba que el violento manifestante detenido en la escena del crimen no es otro que su esposa, Paola Brunetti. La crisis familiar que desencadena semejante situación somete a Brunetti a una presión extrema también en su trabajo: los jefes exigen resultados inmediatos en el esclarecimiento de un audaz robo y una muerte en extrañas circunstancias que apuntan directamente a la Mafia.
El encontronazo de su vida profesional y su vida privada, ambas en la picota, y esa inexplicable conspiración por la que Paola lo ha arriesgado todo, adoptando el peor remedio posible, le conducen a una dramática encrucijada, al encontrarse ante la historia de una mujer que pasa a la acción y del entramado mundo de la explotación humana y sexual…
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– ¿Y eso, traducido al lenguaje corriente, qué significa?

– Les enseño cómo fisgar y dónde buscar. -Antes de que Brunetti pudiera preguntar, ella prosiguió-: Pero nunca, comisario, nunca, he dado información reservada a nadie, ni a amigos ni a personas con las que, sin ser amigos, intercambie información. Puede creerme.

Él asintió, para indicar que la creía, resistiendo la tentación de preguntar si alguna, vez había explicado a alguien cómo captar información de la policía y volvió a golpear las carpetas con el dedo:

– ¿Habrá más?

– Quizá una ampliación de la lista de los clientes de Zambino, pero no creo que de Mitri encuentre algo más.

Pues tenía que haber algo más, se dijo Brunetti: tenía que haber la razón por la que alguien le había rodeado el cuello con un cable y apretado hasta estrangularlo.

– Echaré un vistazo -dijo.

– Creo que está claro, pero si tiene alguna duda, estoy a su disposición.

– ¿Alguien más sabe que me ha dado esto?

– Por supuesto que no, señor -dijo ella saliendo del despacho.

Brunetti empezó por la carpeta más delgada: Zambino. El abogado, natural de Módena, había cursado la carrera en Cà Foscari y empezado a ejercer en Venecia hacía unos veinte años. Se había especializado en la asesoría de empresas y se había forjado buena reputación en la ciudad. La signorina Elettra incluía la lista de algunos de sus clientes más relevantes, entre los que Brunetti reconoció a más de uno. No parecía existir un común denominador y, desde luego, Zambino no trabajaba únicamente para ricos: había en la lista tantos camareros y viajantes como médicos y banqueros. Aunque había aceptado varios casos penales, su principal fuente de ingresos era el derecho aplicado a la empresa, tal como ya le había indicado Vianello. Estaba casado desde hacía veinticinco años con una maestra y tenía cuatro hijos, ninguno de los cuales había tenido problemas con la policía. Por otra parte, según advirtió Brunetti, el abogado no era rico o, en todo caso, no tenía su patrimonio en Italia.

La fatídica agencia de viajes de campo Manin pertenecía a Mitri desde hacía seis años, si bien, irónicamente, él nada tenía que ver directamente con su gestión sino que la llevaba un director que había tomado en arriendo la licencia de explotación. Al parecer, era este director quien había decidido organizar los viajes que habían provocado la acción de Paola y, mientras no se demostrara lo contrario, el asesinato de Mitri.

Brunetti tomó nota del nombre del director y siguió leyendo.

La esposa de Mitri también era veneciana y dos años más joven que él. Aunque sólo había tenido una hija, nunca había trabajado, ni Brunetti asociaba su nombre al de ninguna de las instituciones benéficas de la ciudad. Mitri tenía un hermano, una hermana y un primo. El hermano, también químico, vivía cerca de Padua; la hermana, en Verona; y el primo, en la Argentina.

Seguían los números de tres cuentas en distintos bancos de la ciudad, una lista de bonos del Estado y acciones por un total de más de mil millones de liras. Y esto era todo. Mitri nunca había sido acusado de delito alguno y nunca, en más de medio siglo, había sido objeto de la atención de la policía.

Pero sí había sido objeto de la atención de una persona que pensaba lo mismo que Paola -por más que Brunetti trataba de cerrar los ojos a esta idea no lo conseguía- y, al igual que ella, había decidido utilizar medios violentos para expresar su condena de los viajes organizados por la agencia. Brunetti sabía que la historia estaba plagada de muertes fortuitas que habían sido trascendentales. Federico, el hijo bueno del kaiser Guillermo, había sobrevivido a su padre sólo unos meses, antes de dejar paso a su propio hijo, Guillermo II, y a la primera guerra verdaderamente global. Y la muerte de Germánico había hecho peligrar la sucesión y, en definitiva, la había hecho recaer en Nerón. Pero éstos eran casos en los que había intervenido la fatalidad, o la historia; allí no hubo un personaje que, con un cable en la mano, causara la muerte de la víctima; allí no hubo selección deliberada.

Brunetti llamó a Vianello, que contestó a la segunda señal.

– ¿Ya han analizado la nota los del laboratorio? -preguntó sin preámbulos.

– Seguramente. ¿Quiere que baje a preguntar?

– Sí. Y, si es posible, súbamela.

Mientras esperaba a Vianello, Brunetti volvió a leer la breve lista de los clientes de Zambino procesados por causas criminales, tratando de recordar todo lo posible acerca de los nombres que reconocía. Había un caso de homicidio y, aunque el hombre fue declarado culpable, la sentencia fue de sólo siete años, porque Zambino presentó a varias mujeres, vecinas del mismo edificio, que declararon que, durante años, la víctima se había mostrado ofensiva y grosera con ellas en el ascensor y en la escalera. Zambino convenció a los jueces de que su cliente trataba de defender el honor de su esposa cuando, estando en un bar, se enzarzaron en una disputa. Dos sospechosos de robo fueron absueltos por falta de pruebas: Zambino adujo que habían sido arrestados únicamente porque eran albaneses.

Interrumpió su lectura un golpe en la puerta, seguido de la entrada de Vianello. El sargento traía en la mano una gran bolsa de plástico transparente que levantó al entrar.

– Ahora mismo han terminado. No hay nada de nada. Lavata con Perlana -concluyó Vianello, utilizando la frase publicitaria de la televisión más famosa de la década. Nada superaba la limpieza de una prenda lavada con Perlana. Excepto, pensó Brunetti, una nota que se deja en la escena de un asesinato para que la encuentre la policía.

Vianello cruzó el despacho y dejó la bolsa en la mesa. Apoyándose en las manos, se inclinó sobre ella, examinándola otra vez al mismo tiempo que Brunetti.

Las letras parecían recortadas de La Nuova, el periódico más sensacionalista y chabacano de la ciudad. Brunetti no podía estar seguro: los técnicos se lo confirmarían. Estaban pegadas sobre media hoja de papel rayado. «Sucios pederastas viciosos del porno infantil. Así acabaréis todos.»

Brunetti levantó la bolsa por un ángulo y le dio la vuelta. Sólo vio las mismas rayas y unas manchitas grisáceas donde la cola había atravesado el papel. Miró de nuevo el anverso de la nota y volvió a leerla.

– Parece que a alguien se le han cruzado los cables, ¿no?

– Eso, por lo menos.

Aunque Paola había dicho a la policía que la arrestó por qué había roto la luna del escaparate, no había hablado con los periodistas más que brevemente y bajo presión, por lo que las explicaciones que daban los diarios acerca de sus motivos tenían que proceder de otra fuente; el teniente Scarpa parecía la más probable. Las informaciones que había leído Brunetti insinuaban vagamente que la fuerza que la impulsaba era el «feminismo», aunque sin definir el término. Se hacía mención de los viajes que organizaba la agencia, pero la acusación de que fueran sex-tours había sido negada categóricamente por el director, quien declaró con insistencia que la mayoría de los hombres que contrataban viajes a Bangkok en su agencia iban con la esposa. Il Gazzettino, recordaba Brunetti, había publicado una larga entrevista, en la que el director de la agencia manifestaba su horror y repugnancia hacia el «sexoturismo», puntualizando con insistencia que ésta era una práctica ilegal en Italia, por lo que era inconcebible que una agencia lícitamente gestionada interviniera en su organización.

Así pues, la opinión tanto de los medios como de las fuentes del sector se manifestaba contraria a Paola, una «feminista» histérica, y favorable al director de la agencia, un profesional respetuoso con la ley, y al asesinado dottor Mitri. Quienquiera que los asociara a los «viciosos del porno infantil» andaba muy descaminado.

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