Ocho casos de Poirot
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #28
- Год: 1951
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 842720163X
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Ocho casos de Poirot». Краткое содержание книги:
»No obstante me preocupaba el médico. Porque ningún médico profesional puede dejar de darse cuenta de que existe una diferencia entre una persona que sólo hace diez minutos que ha muerto y la que lleva difunta dos horas. ¡Eh bien! ¡El doctor se había dado cuenta! Sólo que como al colocarle delante del cadáver no se le preguntó "¿cuánto hace que ha muerto?", sino que, por el contrario, se le comunicó que estaba con vida diez minutos antes, guardó silencio. Pero en la investigación habló de la rigidez anormal de los miembros del cadáver, ¡qué no se explicaba!
«Todo concordaba, pues, con mi teoría. Hela aquí: Davidson mató a Cronshaw inmediatamente después de la cena, o sea, después de volver con él, como recordarán ustedes, al comedor. A continuación acompañó a miss Courtenay a casa, dejándola a la puerta del piso en vez de entrar para tratar de calmarla como declaró, y volviendo a escape al Colossus, pero no ya vestido de Pierrot, sino de Arlequín, simple transformación que efectuó en menos de lo que se tarda en contarlo.
El actual lord Cronshaw miró perplejo al detective.
—Si fue así —dijo—, Davidson debió ir al baile dispuesto a matar a mi sobrino. ¿Por qué? Nos falta descubrir el motivo y yo no acierto a adivinarlo.
—¡Ah! Aquí tenemos la segunda tragedia, la de miss Courtenay. Existe un punto sencillo de referencia que hemos pasado por alto. Miss Courtenay murió después de tomar una doble dosis de cocaína..., pero la habitual estaba en la cajita que se encontró sobre el cuerpo de lord Cronshaw. ¿De dónde sacó entonces la droga que la mató? Únicamente una persona pudo proporcionársela: Davidson. Y el hecho lo explica todo. Su amistad con los Davidson, su petición a Cristóbal de que la acompañase a casa. Lord Cronshaw era enemigo acérrimo, casi fanático, de los estupefacientes. Por ello al descubrir que su novia tomaba cocaína sospechó que era Davidson quien se la proporcionaba. El actor lo negó, pero lord Cronshaw sonsacó a miss Courtenay en el baile y le arrancó la verdad. Podía perdonar a la desventurada muchacha, pero no duden ustedes que no hubiera tenido piedad del hombre que tenía como medio de vida el tráfico de los estupefacientes. Si llegaba a descubrirse esto era inminente su ruina y por ello acudió al Colossus dispuesto a procurarse, a cualquier precio, el silencio de lord Cronshaw.
—Entonces ¿fue casual la muerte de Coco?
—Sospecho que fue un accidente que provocó hábilmente el mismo Davidson. Ella estaba furiosa con el lord, ante todo por sus reproches, después por haberle quitado la cajita de cocaína. Davidson le proporcionó más y probablemente le sugeriría que tomase una dosis mayor como desafío «al viejo Cronsh».
—¿Cómo descubrió usted que había en el comedor una cortina? —pregunté yo.
—¡Toma!, mon ami! Si no puede ser más fácil... Recuerde que los camareros entraron y salieron de él sin ver nada sospechoso. De esto se deducía que el cadáver no estaba entonces tendido en el suelo. Tenía forzosamente que estar oculto en cualquier parte y por ello se me ocurrió que debía ser detrás de una cortina. Davidson arrastró el cadáver hasta allí y más adelante, después de llamar la atención en el palco, lo sacó y abandonó definitivamente el baile. Este paso fue uno de los más hábiles que dio. ¡Es muy listo!
Pero en los ojos verdes de Poirot leí lo que no osaba expresar:
—¡No tan listo, sin embargo, como Hércules Poirot!
El misterio de Market Basing
Pensándolo bien, no hay nada como el campo, ¿no les parece? —dijo el inspector Japp aspirando con fuerza el aire por la nariz y expeliéndolo por la boca de manera correcta.
Poirot y yo asentimos cordialmente. Fue idea del inspector Japp la de que pasáramos los tres el fin de semana en la pequeña población de Market Basing, enclavada en pleno campo. Porque cuando no estaba de servicio, Japp se mostraba botánico entusiasta y discurseaba acerca de diminutas florecillas que tenían largos nombres en latín, que el buen Japp pronunciaba de un modo muy enrevesado, ciertamente, con un ardor que no ponía en ninguno de sus casos policíacos.
—Aquí nadie nos conoce, ni conocemos a nadie.
Esto era verdad, hasta cierto punto, porque el agente local acababa de ser trasladado de un pueblo, distante quince millas de Market, donde un caso de envenenamiento con arsénico le había puesto en relación con el inspector de Scotland Yard. Sin embargo, como reconoció con evidente placer el gran hombre, la circunstancia acrecentó el buen humor de Japp y cuando nos sentamos los tres a desayunarnos en la salita de la fonda, nos sentimos animados del mejor espíritu. El jamón, los huevos, eran excelentes; el café no era tan bueno, pero podía pasar y estaba hirviendo.
—Esto es vida señora —exclamó Japp—. Cuando me retire, adquiriré una finca en el campo. Deseo perder al crimen de vista, ¡eso es!
—Le crime, il est partout —observó Poirot sirviéndose una buena rebanada de pan y mirando con el ceño fruncido a un gorrión impertinente que acababa de posarse en el alféizar de la ventana.
«The rabbit has a pleasant face
His private life is a disgrace.
I really could not tell you
The awful things that rabbits do.»
[2]
—Pues, señor —dijo desperezándose Japp—. Creo que todavía me queda sitio para otro huevo y para una o dos lonchas de jamón. ¿Y a usted, capitán?
—Sí. ¿Y a usted, Poirot?
Éste movió la cabeza.
—No hay que llenar el estómago —repuso— porque el cerebro se negará a funcionar.
—Pues yo pienso arriesgarme —repuso Japp riendo—. Lo tengo muy grande. A propósito, está engordando, monsieur Poirot. ¡Eh, miss, otra ración de jamón con huevos!
* * *
En ese momento un cuerpo macizo bloqueó la puerta de entrada. Era el agente Pollard.
—Perdón si interrumpo, Inspector —dijo—, pero deseo que me aconseje usted.
—Estoy de vacaciones —dijo Japp apresuradamente—. No me dé trabajo. ¿De qué se trata?
—De un caballero que habita en Leigh Hall. Se ha disparado un tiro en la cabeza.
—Supongo que habrá sido por deudas... o por una mujer. Es lo usual. Lamento no poder ayudarle, Pollard.
—El caso es que no ha podido verificar el hecho por sí solo. Así lo cree el doctor Giles.
Japp dejó la taza sobre el platillo.
—¿Que no ha podido suicidarse solo? ¿Qué quiere decir?
—Es lo que afirma el doctor —repuso Pollard—. Dice que es totalmente imposible. Esa muerte le deja perplejo porque lo mismo la puerta que la ventana de la habitación están cerradas por dentro con llave y cerrojo, pero se aferra a su opinión de que el caballero no se ha suicidado.