Ocho casos de Poirot
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #28
- Год: 1951
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 842720163X
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Ocho casos de Poirot». Краткое содержание книги:
—Quizá, quizá —murmuró mi amigo—. Hastings, el sombrero. Y el cepillo. ¡Muy bien! Ahora las botas, si continúa lloviendo. No estropeemos la labor operada por la tisana. Au revoir, Japp!
—Buena suerte, Poirot.
* * *
El detective paró el primer taxi que nos echamos a la cara y ordenó al chófer que se dirigiera a Park Lane. Cuando se paró el taxi delante de la casa de Halliday, Poirot se apeó con la agilidad acostumbrada, pagó al taxista y tocó el timbre. Cuando el criado nos abrió la puerta, le dijo unas palabras en voz baja y el hombre nos condujo escaleras arriba. Al llegar al último piso, nos introdujeron en una habitación reducida, pero limpia y ordenada y muy elegante.
Poirot se detuvo y dirigió una ojeada a su alrededor. Sus ojos se posaron en un baulito negro. Después de arrodillarse ante él y de examinar los rótulos que exhibía, se sacó del bolsillo un trocito de alambre retorcido.
—Ruegue a míster Halliday que tenga la bondad de subir —dijo por encima del hombro, al criado.
Al desaparecer éste, forzó con mano hábil la cerradura del baúl y, una vez abierta la tapa comenzó a revolver apresuradamente el interior y a sacar la ropa que contenía dejándola en el suelo.
Un ruido de pasos pesados precedió a la aparición de Halliday.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —interrogó sorprendido.
—Buscaba esto, monsieur.
Poirot le enseñó una falda y un abrigo de color azul y una toca de piel blanca.
—¿Qué significa esto? ¿Por qué andan ustedes en mi baúl?
Me volví. Jane Mason, la doncella, estaba en el umbral de la habitación.
—Cierre esa puerta, Hastings —dijo Poirot—. Bien. Apoye la espalda en ella. Así. Permítame, míster Halliday, que la presente ahora a Gracie Kidd, alias Jane Mason, que va a reunirse en breve a su cómplice Red Narky bajo la amable escolta del inspector Japp.
* * *
Poirot alzó una mano suplicante.
—¡Bah! Pero si no hay nada tan sencillo —exclamó, tomando más caviar—. La insistencia de la doncella en hablarme de la ropa que llevaba puesta su señora fue lo que primero me llamó la atención. ¿Por qué parecía tan ansiosa de que reparásemos en ese detalle? Y me dije al punto que después de todo teníamos que fiarnos exclusivamente de su palabra ya que era la única persona que había visto al hombre misterioso que hablaba en Bristol con su señora. De la declaración del doctor se desprende que lo mismo pudieron asesinarla antes que después de la llegada del tren a dicha localidad y si fuese así la doncella tenía por fuerza que ser cómplice del asesinato. Mistress Carrington iba vestida de un modo llamativo. Las doncellas suelen elegir, en ocasiones, los vestidos que debe ponerse el ama. Y por ello si después de pasar de la estación de Bristol viera cualquiera a una señora vestida de azul con sombrero blanco, juraría sin hacerse rogar que era mistress Carrington a quien sin duda había visto.
»A continuación comencé a reconstruir mentalmente la escena. La doncella se proveyó de ropas por duplicado. Ella y su cómplice cloroformizaron y mataron a mistress Carrington entre Londres y Bristol, aprovechando seguramente el paso del tren por un túnel. Hecho esto metieron el cadáver debajo del asiento y la doncella ocupó su puesto. En Weston procuró que se fijasen en ella. ¿Cómo? Llamando probablemente a un vendedor de periódicos y atrayendo su atención sobre el color del vestido mediante una observación natural. Después de salir de Weston arrojó el cuchillo por la ventanilla sin duda para hacer creer que el crimen se había cometido allí y o bien se cambió de ropa, o bien se puso encima un abrigo. En Tauton se apeó del tren y regresó a escape a Bristol, donde su cómplice dejó como estaba convenido, el equipaje en consigna. El hombre le entregó el billete y regresó a Londres. Ella aguardó como lo exigía su papel, en el andén, pasó luego la noche en un hotel y volvió a la ciudad a la mañana siguiente, según dijo.
»Japp confirmó todas esas deducciones al volver de su expedición. Me refiero... también que un bribón famoso había tratado de vender las joyas robadas. En seguida me di cuenta de que había de tener un tipo diametralmente opuesto al que Jane nos había descrito. Y al enterarme de que Red Narky trabaja siempre con Gracie Kidd... ¡bueno! Supe adonde tenía que ir a buscarla.
—¿Y el conde?
—Cuanto más reflexionaba en esto más convencido estaba de que no tenía nada que ver con el crimen. Ese caballero ama mucho la piel para arriesgarse a cometer un asesinato. Un hecho así no está en armonía con su manera de ser.
—Bien, monsieur Poirot —dijo Halliday—, acabo de contraer una deuda enorme con usted. Y el cheque que voy a escribir después de la comida no la zanjará más que en parte.
Poirot sonrió modestamente y murmuró a mi oído:
—El buen Japp se dispone a gozar oficialmente de mayor prestigio, pero como dicen los americanos ¡fui yo quien llevó la cabra al matadero!
El caso del Baile de la Victoria
Una pura casualidad impulsó a mi amigo Hércules Poirot, antiguo jefe de la Force belga, a ocuparse del caso Styles. Su éxito le granjeó notoriedad y decidió dedicarse a solucionar los problemas que muchos crímenes plantean. Después de ser herido en el Somme y de quedar inútil para la carrera militar, me fui a vivir con él a su casa de Londres. Y precisamente porque conozco al dedillo todos los asuntos que se trae entre manos, es lo que me ha sugerido el escoger unos cuantos, los de interés, y darlos a conocer. De momento me parece oportuno comenzar por el más enmarañado, por el que más intrigó en su época al gran público. Me refiero al llamado caso «del baile de la Victoria».
Porque si bien no es el que demuestra mejor los méritos peculiares de Poirot, sus características sensacionales, las personas famosas que figuraron en él y la tremenda publicidad que le dio la Prensa, le prestan el relieve de une cause célebre y además hace tiempo que estoy convencido de que debo dar a conocer al mundo la parte que tomó Poirot en su solución.
Una hermosa mañana de primavera me hallaba yo sentado en las habitaciones del detective. Mi amigo, tan pulcro y atildado como de usual, se aplicaba delicadamente un nuevo cosmético en su poblado bigote. Es característica de su manera de ser una vanidad inofensiva, que casa muy bien con su amor por el orden y por el método en general. Yo había estado leyendo el Daily Newsmonger, pero se había caído al suelo y hallábame sumido en sombrías reflexiones, cuando la voz de mi amigo me llamó a la realidad.
—¿En qué piensa, mon ami? —interrogó.
—En el asunto ese del baile —respondí—. ¡Es espantoso! Todos los periódicos hablan de él —agregué dando un golpecito en la hoja que me quedaba en la mano.
—¿Si?
Yo continué, acalorándome:
—¡Cuánto más se lee más misterioso parece! ¿Quién mató a lord Cronshaw? La muerte de Coco Courtenay, aquella misma noche, ¿fue pura coincidencia? ¿Fue accidental? ¿Tomó deliberadamente una doble dosis de cocaína? ¿Cómo averiguarlo?
Me interrumpí para añadir, tras de una pausa dramática:
—He aquí las preguntas que me dirijo.
Pero con gran contrariedad mía Poirot no demostró el menor interés, no me hizo caso y se miró al espejo, murmurando:
—¡Decididamente esta nueva pomada es una maravilla! —al sorprender entonces una mirada mía se apresuró a decir—: Bien, ¿y qué se responde usted?
Pero antes de que pudiese contestar se abrió la puerta y la patrona anunció al inspector Japp.
Ése era un antiguo amigo y se le acogió con gran entusiasmo.
—¡Ah! ¡Pero si es el buen Japp! —exclamó Poirot—. ¿Qué buen viento le trae por aquí?
—Monsieur Poirot —repuso Japp tomando asiento y dirigiéndome una inclinación de cabeza—. Me han encargado de la solución de un caso digno de usted y vengo a ver si le conviene echarme una mano.