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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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De repente, el río empezó a meterse en su yelmo. Se lo quitó de un tirón y se arrastró por la cubierta escorada hasta que el agua le llegó sólo al cuello. Un gemido llenaba el aire, como el grito de agonía de una enorme bestia. «La nave —tuvo tiempo de pensar—, la nave está a punto de soltarse.» Las galeras destrozadas se estaban soltando y el puente se rompía en pedazos. Apenas se dio cuenta de ello, se escuchó un súbito estallido, estremecedor como un trueno; la cubierta se hundió debajo de sus pies, y él volvió a deslizarse al agua.

La escora era tan pronunciada que tuvo que subir trepando por un cabo suelto, centímetro a centímetro. De reojo, vio que la vieja nave con la que habían estado enredados iba a la deriva, empujada por la corriente río abajo, girando lentamente mientras los hombres saltaban por la borda. Unos llevaban el corazón llameante de Stannis, otros el venado y el león de Joffrey y algunos mostraban otros blasones, pero parecía que no importara qué llevaran. Los fuegos ardían corriente arriba y abajo. Vio que a un lado suyo se luchaba encarnizadamente en una gran confusión de estandartes multicolores, que ondeaban sobre un mar de combatientes, de filas de escudos que se formaban y se rompían, de caballeros en sus monturas que se abrían camino entre la multitud, de polvo, cieno, sangre y humo. Al otro lado, la Fortaleza Roja continuaba erguida en la colina, escupiendo fuego. Aunque estaban en lados equivocados. Durante un momento, Tyrion creyó que enloquecía, que Stannis y el castillo habían intercambiado sus posiciones. «¿Cómo puede haber cruzado Stannis a la ribera norte?» Con retraso, se dio cuenta de que la cubierta estaba girando, y de alguna manera él había dado una vuelta, de tal manera que el castillo y la batalla habían cambiado de sitio. «La batalla, ¿qué batalla?, si Stannis no ha cruzado, ¿contra quién está peleando?» Tyrion sentía demasiado cansancio para intentar entenderlo. Le dolía mucho el hombro, y cuando levantó la mano para frotárselo, vio la flecha y se acordó. «Tengo que salir de esta nave.» Río abajo no había nada más que una muralla de fuego, y si aquel pecio se soltaba, la corriente lo llevaría hasta allí.

Alguien lo llamaba en el fragor de la batalla. Tyrion intentó responder al grito.

—¡Aquí, estoy aquí! ¡Necesito ayuda! —Su voz sonaba tan débil que apenas lograba oírse a sí mismo. Consiguió subir por la cubierta escorada y se agarró de la borda. La nave tropezó con la galera más próxima y rebotó con tanta violencia que estuvo a punto de echarlo de nuevo al agua. ¿Dónde se habían metido todas sus fuerzas? Lo único que podía hacer era seguir allí aferrado.

—¡Mi señor! ¡Tomad mi mano! ¡Mi señor!

Sobre la cubierta de la nave más cercana, al otro lado de un espacio de agua oscura que se ensanchaba a cada momento, estaba Ser Mandon Moore con un brazo extendido. En el blanco de su armadura se reflejaban llamas amarillas y verdes, y su guantelete de lamas estaba pegajoso de sangre, pero a pesar de ello Tyrion se estiró en su busca, deseando tener unos brazos más largos. Sólo en el último momento, cuando los dedos de ambos se unieron a través del espacio, algo llamó su atención… Ser Mandon le tendía la mano izquierda, ¿por qué…?

¿Sería ésa la razón por la que retrocedió, o quizá alcanzó a ver la espada? Nunca lo sabría. La punta cortó el aire bajo sus ojos y percibió su toque, duro y frío, seguido por un destello de dolor. Su cabeza giró, como si hubiera recibido una bofetada. La sacudida causada por el agua fría fue una segunda bofetada, más impactante que la primera. Braceó, buscando algo a que agarrarse, sabedor de que si se hundía le resultaría imposible salir a flote. De alguna manera, su mano halló la punta astillada de una pica rota. Se agarró a ella con fuerza, como un amante desesperado, y ascendió lentamente, palmo a palmo. Tenía los ojos llenos de agua, la boca llena de sangre, y la cabeza le latía dolorosamente. «Dioses, dadme fuerzas para llegar a la cubierta…» No existía nada más, sólo la pica, el agua y la cubierta.

Por fin trepó a la borda y quedó allí tirado sobre la espalda, sin aliento, exhausto. Sobre su cabeza estallaban bolas de llamas verdes y anaranjadas, dejando franjas de luz entre las estrellas. Tuvo un instante para pensar cuán hermoso era aquello, antes de que Ser Mandon le bloqueara la vista. El caballero era una sombra de acero blanco, sus ojos mostraban un brillo oscuro detrás del yelmo. Tyrion tenía las mismas fuerzas que una muñeca de trapo. Ser Mandon le puso la punta de su espada en el hueco de la garganta y cerró ambas manos en torno a la empuñadura.

Y, de repente, se inclinó hacia la izquierda y chocó con la borda. La madera se quebró y Ser Mandon Moore desapareció, con un grito y el sonido de algo que cae al agua. Un momento después, los cascos de las naves volvieron a unirse, chocando con tanta violencia que la cubierta pareció saltar. En aquel momento, alguien se inclinó sobre él.

—¿Jaime? —graznó, ahogándose casi con la sangre que le llenaba la boca. «¿Quién otro que no fuera su hermano podía salvarlo?»

—No os mováis, mi señor, estáis mal herido.

«La voz de un niño, esto no tiene sentido», pensó Tyrion. Sonaba casi como la voz de Pod.

SANSA

Cuando Ser Lancel Lannister dijo a la reina que se daba la batalla por perdida, Cersei dio vueltas entre las manos a su copa de vino vacía.

—Habladme de mi hermano, ser —dijo. Su voz era distante, como si aquellas noticias no le parecieran demasiado interesantes.

—Lo más probable es que vuestro hermano esté muerto. —El jubón de Ser Lancel estaba empapado de sangre, que le brotaba de debajo del brazo. Al verlo entrar en la sala muchos de los invitados no habían podido contener los gritos—. Creemos que estaba en el puente de embarcaciones cuando se vino abajo. Ser Mandon debe de haber muerto también, y nadie sabe dónde está el Perro. Por todos los dioses, Cersei, ¿cómo se te ocurrió hacer que trajeran a Joffrey al castillo? Los capas doradas están tirando las lanzas para huir más deprisa, escapan a cientos. Al ver que el rey se marchaba, perdieron todo rastro de valor. El Aguasnegras está lleno de pecios, fuego y cadáveres, pero podríamos haber resistido si…

Osney Kettleblack lo empujó a un lado.

—Ahora se lucha a ambos lados del río, Alteza. Puede ser que algunos de los señores de Stannis estén peleando entre ellos, nadie lo sabe a ciencia cierta, todo es muy confuso. El Perro se ha marchado, no se sabe adónde, y Ser Balon se ha replegado al interior de la ciudad. Se han apoderado de las riberas. Están atacando nuevamente la Puerta del Rey con el ariete, y Ser Lancel tiene razón, vuestros hombres desertan de las murallas y asesinan a sus oficiales. Hay multitudes alborotadas junto a la Puerta de Hierro y en la Puerta de los Dioses, quieren salir, y en el Lecho de Pulgas los borrachos están armando refriegas.

«Dioses misericordiosos —pensó Sansa—, es horrible, Joffrey va a perder la cabeza, y yo también. —Buscó a Ser Ilyn con la mirada, pero no lo encontró—. Pero sé que está aquí, lo presiento. Está cerca, no podré escapar de él, me va a cortar la cabeza.»

—Alzad el puente levadizo y atrancad las puertas —dijo la reina, extrañamente tranquila, volviéndose hacia Osfryd—. Nadie saldrá del Torreón de Maegor sin mi permiso.

—¿Qué pasa con las mujeres que fueron a rezar?

—Ellas eligieron alejarse de mi protección. Que sigan rezando; tal vez los dioses las defiendan. ¿Dónde está mi hijo?

—En la torre de la entrada del castillo. Quería ponerse al frente de los ballesteros. Fuera hay una muchedumbre gritando, la mitad son capas doradas que lo siguieron cuando se fue de la Puerta del Lodazal.

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