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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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La reina hizo un gesto de disgusto.

—Antes, cuando preguntaste por Ser Ilyn, te mentí. ¿Quieres saber la verdad, Sansa? ¿Quieres saber por qué está aquí?

No se atrevió a responder, pero tampoco importó. La reina alzó la mano e hizo una señal, sin aguardar su respuesta. Sansa no había visto a Ser Ilyn volver a la sala, pero de repente apareció ante ella, salió de entre las sombras a zancadas, silencioso como un gato. Llevaba a Hielo desenvainada. Sansa recordaba que su padre siempre limpiaba la sangre de la hoja en el bosque de dioses después de decapitar a un hombre, pero Ser Ilyn no era tan prolijo. El acero ondulado estaba lleno de sangre, la fresca empezaba a fundirse con la seca.

—Decid a Lady Sansa por qué quiero que estéis cerca —ordenó Cersei.

Ser Ilyn abrió la boca y dejó escapar un gruñido gutural. Su rostro picado de viruelas no mostraba expresión alguna.

—Dice que está aquí por nosotras —dijo la reina—. Stannis puede tomar la ciudad y puede tomar el trono, pero no permitiré que me juzgue. No dejaré que nos coja vivas.

—¿Vivas?

—Ya me has oído. Así que más vale que vuelvas a rezar, Sansa, y esta vez ruega que el resultado sea otro. Los Stark no podrán alegrarse de la caída de la Casa Lannister, te lo garantizo.

Acarició la cabellera de Sansa, y se la apartó ligeramente del cuello.

TYRION

La hendidura del yelmo impedía a Tyrion ver nada que no fuera lo que tenía delante, pero al girar la cabeza vio tres galeras varadas en el campo de justas, y una cuarta, más grande que las otras, río adentro, lanzando con la catapulta barriles de brea ardiente.

—Formación en cuña —ordenó mientras sus hombres salían por el portillo.

Se dispusieron en forma de punta de lanza, con él al frente. Ser Mandon Moore ocupó un lugar a su derecha. Las llamas se reflejaban en la armadura blanca esmaltada, y sus ojos muertos brillaban con frialdad dentro del yelmo. Cabalgaba a lomos de un caballo negro como el carbón, con la armadura también blanca, y llevaba colgado del brazo el níveo escudo de la Guardia Real. Tyrion se sorprendió al ver a su izquierda a Podrick Payne, espada en mano.

—Tú eres demasiado joven —le dijo—. Lárgate.

—Soy vuestro escudero, mi señor.

—Bien, quédate. —Tyrion no podía perder ni un instante en discusiones—. Pero no te alejes.

Clavó los talones al caballo para que se pusiera en marcha.

Avanzaban en un grupo compacto, siguiendo el contorno de las murallas. El estandarte de Joffrey ondeaba, púrpura y oro, en el asta de Ser Mandon, el venado y el león bailando, pezuñas y garras unidas. Aceleraron el paso y describieron, trotando, un amplio círculo en torno a la base de la torre. Las flechas volaban desde las murallas de la ciudad y llovían pedruscos sobre las cabezas, que caían ciegamente sobre tierra y agua, acero y carne. Delante se divisaba la Puerta del Rey y una creciente multitud de soldados que maniobraban con un enorme ariete, un tronco de roble negro con cabeza de hierro. Los arqueros desembarcados de las naves los rodeaban y disparaban sus flechas contra cualquier defensor que asomara la cabeza sobre las murallas de la torre de entrada.

—Picas —ordenó Tyrion, y emprendió el galope.

El terreno estaba empapado y resbaladizo, sangre y cieno a partes iguales. Su corcel tropezó con un cadáver, los cascos se deslizaron y batieron la tierra, y durante un momento Tyrion temió que para él la carga concluyera con una caída de la silla antes de entrar en combate con el enemigo, pero de alguna manera tanto jinete como cabalgadura lograron mantener el equilibrio. Bajo la puerta, los hombres se daban la vuelta y se aprestaban para resistir la embestida. Tyrion levantó su hacha.

—¡Desembarco del Rey! —gritó.

Otras voces repitieron el grito y la punta de lanza voló en un grito de acero y seda, de cascos galopantes y hojas afiladas besadas por el fuego.

Ser Mandon bajó la punta de su pica en el último momento y clavó la bandera de Joffrey en el pecho de un hombre que llevaba un jubón tachonado, levantándolo en el aire antes de que el asta se quebrara. Tyrion tenía delante a un caballero con el blasón del zorro asomado por un aro de flores. «Florent —fue lo primero que se le ocurrió, pero un instante después cayó en la cuenta de algo—. No lleva yelmo.» Golpeó el rostro del hombre con todo el peso del hacha, de su brazo y del caballo lanzado a toda velocidad, arrancándole la mitad de la cabeza. El impacto le adormeció el hombro.

«Shagga se reiría de mí», pensó, mientras seguía cabalgando.

Una lanza le golpeó el escudo. Pod galopaba a su espalda, asestando mandobles a todo enemigo que encontraba. Oyó a lo lejos los gritos de ánimo de los hombres en las murallas. El ariete cayó en el cieno, olvidado momentáneamente, mientras sus portadores huían o se volvían para combatir. Tyrion abatió a un arquero, abrió a un lancero desde el hombro hasta la axila, y repelió el ataque de alguien con un yelmo en el que se veía un pez espada. Ante el ariete, su alazán corcoveó, pero el corcel negro saltó limpiamente el obstáculo y Ser Mandon cruzó por delante de él, la muerte enfundada en seda nívea. Su espada cortaba miembros, partía cabezas y destrozaba escudos, aunque eran pocos los enemigos que habían logrado cruzar el río con sus escudos intactos.

Tyrion obligó a su cabalgadura a saltar por encima del ariete. Sus enemigos huían. Giró la cabeza a la izquierda, atrás, pero no logró ver a Podrick Payne. Una flecha le rozó la mejilla, apenas a dos centímetros del ojo. Se asustó, y el sobresalto estuvo a punto de hacerlo caer del caballo. «Si me quedo aquí tieso como un tocón, tanto daría que me dibujara una diana en el peto.»

Espoleó al caballo y lo hizo trotar entre cadáveres desperdigados. Río abajo, los cascos humeantes de las naves atascaban el Aguasnegras. Sobre el agua flotaban aún manchas de fuego valyrio, que lanzaban feroces penachos verdes a seis o siete metros de altura. Habían logrado dispersar a los hombres del ariete, pero aún se libraban combates a lo largo de toda la costa. Seguramente eran los hombres de Ser Balon Swann, o los de Lancel, que trataban de echar al agua a los enemigos, a medida que se amontonaban en la orilla, provenientes de las naves incendiadas.

—¡Vamos hacia la Puerta del Lodazal! —ordenó.

—¡A la Puerta del Lodazal! —gritó Ser Mandon.

Y volvieron a ponerse en marcha. Sus hombres lanzaban gritos de «¡Desembarco del Rey!» y «¡Mediohombre! ¡Mediohombre!». Se preguntó quién les habría enseñado aquello. A través del acero y el relleno acolchado del yelmo, oía gritos de angustia, el hambriento chisporreteo de las llamas, el sonido estremecedor de los cuernos de guerra y el estruendo metálico de las trompetas. Había fuego por doquier.

«Por los dioses, no me extraña que el Perro tuviera tanto miedo. Tiene pavor a las llamas…»

Un sonido a madera quebrada atravesó el Aguasnegras cuando una piedra, del tamaño de un caballo, cayó en el mismo centro de una de las galeras. «¿De las nuestras o de las de ellos?» A través del humo turbio le resultaba imposible saberlo. Su punta de lanza se había dispersado: en aquel momento cada hombre libraba su propia batalla. «Debí haber dado media vuelta», pensó mientras seguía cabalgando.

El hacha le pesaba en la mano. Un grupo de hombres aún le seguía, el resto había muerto o había huido. Tuvo que esforzarse para que su corcel siguiera trotando hacia el este. Al enorme caballo de batalla le gustaba el fuego tanto como a Sandor Clegane, pero el caballo era más fácil de gobernar.

Del río salían hombres que se arrastraban, hombres quemados y sangrantes, que escupían agua al toser, que trastabillaban, la mayoría de ellos moribundos. Tyrion se movió con sus hombres entre ellos, regalando una muerte más rápida y limpia a los que todavía tenían fuerzas para mantenerse en pie. La guerra se redujo al tamaño de su visor. Caballeros dos veces más altos que él huían al verlo, o se levantaban y morían. Parecían seres pequeños y temerosos.

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