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Los Pájaros De Bangkok

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Los Pájaros De Bangkok
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– Tampoco es un viaje a la Luna, señor Marsé.

– ¿Por cuánto puede salir?

– Un viaje así, rápido, unas doscientas mil pesetas.

– Vámonos.

El señor Marsé se había puesto en pie e instaba a su mujer a que le secundara. Semiincorporado blandió el bastón en dirección a los de la agencia.

– ¡Doscientas mil de viajes, comidas, gastos… Cuatrocientas mil, al menos.

– Pero ¿qué regateas?, ¿la vida de una persona?

La exclamación de Ernesto no varió el propósito del viejo, que seguía incorporado reclamando la solidaridad de su mujer.

– Señor Marsé, siéntese, por favor, podemos hablar…

– Claro que podremos hablar, porque a usted tampoco le interesa que esto se haga público y se sepa que en los viajes de su agencia desaparece gente…

– Pero ¿qué dice este hombre?

Menos Carvalho, todos estaban tratando de traducir a un lenguaje racional lo que estaba diciendo el viejo.

– Si no nos tranquilizamos, no saldremos adelante.

El director de la agencia había adelantado las manos y con las palmas trataba de achicar el aire o de bajar el sonido de la orquesta.

– Señor Marsé, siéntese y hablemos con tranquilidad. Es posible rebajar esa cantidad sustancialmente.

– ¿Sustancialmente?

– Sustancialmente.

– Bien. Si usted lo dice.

El director había recuperado el aplomo e incluso se había permitido recostarse en el respaldo de su sillón y llevarse un dedo a la sien.

– Según la fecha de partida y según los días de duración del viaje, se podría ir en un viaje organizado y entonces la tarifa aérea baja sensiblemente. Les puede salir un viaje de unos diez días por un precio que oscila entre las noventa mil y pico y las ciento diez mil.

– Eso es otra cosa.

Comentó el viejo a su mujer.

– ¿Y de qué depende esa diferencia?

– Pues, por ejemplo, de que el que vaya quiera una habitación individual o se preste a compartirla.

– ¿Para qué va a querer una habitación individual?

– Puede roncar.

Terció Carvalho.

– ¿Quién?

– El que vaya o el compañero de habitación del que vaya.

Chasqueó el viejo la lengua contra el paladar.

– Se hace así y se despierta y deja de roncar. Éstas ya son cantidades decentes y a partir de ahí podemos hablar. Además usted nos hará un descuento por pronto pago.

– ¿Un qué?

– Un descuento por pronto pago, porque yo no quiero letras ni mandangas, bastantes letras tuve que pagar mientras permanecí en activo. Yo pago trinco trinco y quiero un descuento.

– Pero bueno, ¿usted se cree que va a comprar un burro, o qué?

– Bien. Si partimos de esas noventa mil yo creo que con ciento cincuenta mil se pueden redondear los gastos. A eso juego. Yo pongo ciento cincuenta mil pesetas y no se hable más. ¿Quién va?

La pregunta se convirtió en una bombilla cenital que de pronto iluminó a los reunidos y los dejó en suspenso. Ernesto miraba a Carvalho de hurtadillas, pero no se atrevía a expresar su propósito. Carvalho contemplaba la punta de uno de sus zapatos. El director insinuó:

– Tal vez el abogado de la familia.

– Mi familia no tiene abogados. Ya terminé los tratos con esos mangantes. Lo último que hice fue el testamento y más de uno se va a morir del susto cuando se haga público. Ya sólo tengo notario.

– El esposo de su hija.

– Ése cogería los cuartos y se lo gastaría todo en vicio.

El director reparó en Ernesto. Dijo, casi sin voz:

– Su hijo.

– Si no va nadie iré yo. Tengo dieciocho años. Espero un hijo. Tengo un trabajo cogido por los pelos. Pero si no va nadie, iré yo.

– ¿Y usted?

El usted pronunciado por el director sonó como un pistoletazo dirigido contra Carvalho. Declinó la invitación con un gesto, pero añadió:

– Nadie me ha dado vela en este entierro. Conozco menos a la señora Marsé que su padre, su marido o su hijo. Yo soy un profesional. No voy por el mundo buscando a la gente que conozco.

El viejo Marsé se encogió de hombros.

– Entre todos la mataron y ella sola se murió.

– Sólo usted puede ir.

Dijo por fin Ernesto. Había una imploración en su voz y en su mirada.

– Que alguien me encargue el caso e iré. Cinco mil pesetas diarias, gastos aparte, y doscientas mil si sale todo bien. No se preocupe. Si hay pronto pago le hago un diez por ciento de descuento, señor Marsé.

– No me sacará ni un céntimo, Arsenio Lupin. Sé ir por el mundo y a todos los mangantes que he conocido ya sólo me faltaba añadir un detective privado.

Guiñó el ojo el viejo y se arrellanó en el sillón. Las miradas no se habían retirado de Carvalho. Dudó entre contestar de palabra o marcharse y optó por lo segundo. Salió a la oficina general de la agencia y fue alcanzado en la puerta de la calle por Ernesto.

– Lo del dinero podría arreglarse.

– ¿Quién lo va a arreglar, tú?

– Si me da tiempo.

Se volvió y le miró fijamente a los ojos.

– Mira, muchacho. Yo no tengo ninguna obligación sentimental con tu madre. Ha tenido cuarenta y cinco años para madurar y saber dónde se metía. Y si no lo ha aprendido es porque pertenece al sector social que más detesto, la pijería. A los pobres los aplastan las inundaciones o se les descarrilan los trenes, pero no van a buscar las inundaciones, ni juegan con los trenes. A veces se tiran a ellos, si están locos o desesperados…

– No es el momento de juzgarla. Es el momento de buscarla.

Carvalho se tragó las palabras que tenía en la boca, dio la espalda al chico y salió de la agencia. Tenía la sensación de haber atropellado a un pájaro o quizá a un conejo. A aquel conejillo blanco y gris, deslumbrado, que una noche se alzó sobre las patas traseras y le hizo un gesto con las delanteras que no le salvó la vida. El pequeño ruido del cuerpo contra el parachoques le dolió en el pecho durante kilómetros y kilómetros, a él, a un hombre que sabía lo que era matar y morir. ¿Quién era el conejo? No, no era Teresa. Eran Ernesto o su abuela, en los que había visto capacidad de amar a una mujer de cristal, a la vez transparente y quebradiza.

– ¡Que se vayan a tomar por culo!

Cruzó la calle. Se metió en una tienda de confección y se compró una chaqueta de tweed.

La prensa anunciaba la desarticulación de un golpe de Estado preparado para la víspera de las elecciones del 28 de octubre. De momento se había detenido a tres jefes militares, dos coroneles y un teniente coronel, y se conocía el plan general del golpe. A juzgar por el plan, los dos coroneles y el teniente coronel debían ser los encargados de llevar los bocadillos a los golpistas, pero el gobierno se mantenía en la prudente reserva que le había caracterizado desde el día en que nació y que, sin duda, podía acompañarle hasta el día en que muriera víctima de un golpe de Estado. El milagro de haber sobrevivido a la explosión de la primera materia existente en el universo se relativizaba en el Chad por la carencia de agua y en España por la generación espontánea de salvadores de la patria. En caso de golpe de Estado, Carvalho consideraba que su negocio iría mejor. La democracia liberaliza a las gentes y cada vez eran menos los maridos que buscaban o seguían a sus mujeres y los padres que le ponían tras la pista de adolescentes fugitivos de las oligarquías familiares. Sin duda las dictaduras dan una mayor clientela a los confesionarios, a los detectives privados y a los abogados laboralistas. Las contraindicaciones estéticas y éticas no iban con él. Ni siquiera le alcanzarían las salpicaduras de sangre ni los gemidos provocados por la represión. Estaba al margen del juego, como un tendero, exactamente igual que un tendero. Anduvo hasta el portal de la casa donde tenía el despacho, levantó la cabeza para ver a través de las ventanas la luz encendida por Biscuter y dio media vuelta. Mañana sería otro día. Pero fue media vuelta tardía o insuficiente porque allí, cortándole el paso, estaba Marta Miguel, con una expresión de sorpresa desigualmente repartida por el rostro. La boca decía oh, pero los ojos estudiaban a Carvalho como si hiciera ya tiempo que le estuvieran observando.

– ¡Caramba! ¡Ya es casualidad!

Carvalho asintió y quedó a la expectativa de lo que decidiera la mujer. Ni se justificó ni se despidió.

– ¿Sigue husmeando lo de Celia?

– No.

– Bien. Así me gusta, hombre. Parece que ha entrado en razón. ¿Sabe que la policía ha vuelto a llamarme? Claro, no puede saberlo. Era para preguntarme sobre posibles amistades de Celia. Parece que sospechan de un medio ligue que tuvo hace unos meses. ¿Qué iba a decirles yo? Yo apenas la conocía.

Carvalho asumió con un gesto lo poco que conocía Marta a Celia.

– Pero ya se sabe cómo es esa gente. Tienen ideas fijas.

– Si tuvieran ideas sueltas se dedicarían a otra cosa.

– ¿Ya se le ha quitado la perra?

– Soy un profesional. Y sólo acepto casos por encargo.

– Le invito a un café.

Era una propuesta pistoletazo para la que la mujer había reunido oscuras fuerzas internas.

– ¿Un café a estas horas? Podemos tomar un gimlet o un mojito en el Boadas. Basta subir Rambla arriba. Como es un capricho mío, invito yo.

– Ni hablar. Yo invito a lo que sea.

Marta Miguel caminaba a su lado como si fuera la primera vez que se veía obligada a compartir un paseo con un hombre. Ni se adecuaba a los pasos de Carvalho ni imponía su propio ritmo andarín, y en sus bandazos a veces daba con un hombro en Carvalho o se quedaba adelantada y entorpeciendo el paso a su acompañante.

– ¿A quién va a votar?

Preguntó la mujer después de ojear los titulares de los periódicos y revistas colgados en los quioscos de las Ramblas.

– En efecto, la temperatura es excelente, incluso impropia de la estación, lástima de la humedad.

La respuesta de Carvalho desconcertó a Marta y la hizo detenerse y coger a Carvalho por un brazo para que él no continuara avanzando.

– Le he preguntado a quién va a votar.

– A mí me ha parecido que decía: hace un tiempo excelente.

– Pues no se parece en nada.

– Por el tono de su voz se parecía en todo.

– ¿Insinúa que sólo puedo hablar del tiempo?

Carvalho consiguió reemprender la marcha sin preocuparse de si Marta salía de su voluntario atasco. Oyó su taconeo pesado y sintió la desocupación de aire provocada por su volumen al situarse de nuevo a su lado.

– Estoy hasta las narices de este país.

Dijo ella.

– Te pasas toda la juventud rompiéndote los codos para tener una carrera. Luego nada es como lo esperabas y además unos cuantos pueden dar el golpe de Estado cuando quieran y te meten en la cárcel o te queman los libros. ¿Sabe cuántos libros tengo?

– Todos.

– Eso es imposible. Pero tengo casi siete mil volúmenes. En mi casa apenas si hay sitio para mi madre y para mí. Todo lo demás lo ocupan los libros.

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