Marina
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Marina». Краткое содержание книги:
– ¿Florián? intervino Marina.
Florián era el inspector jefe de la brigada judicial dijo Shelley, mostrando cuanto desprecio le permitían sus cuerdas vocales. Un trepa, una sabandija que pretendía hacerse un nombre a costa de la Velo Granell y de Mijail Kolvenik. Sólo me consuela pensar que nunca pudo probar nada. Su obstinación acabó con su carrera. Fue él quien se sacó de la manga todo aquel escándalo de los cuerpos…
– ¿Cuerpos?
Shelley se sumió en un largo silencio. Nos miró a ambos y la sonrisa cínica volvió a aflorar.
– Ese tal inspector Florián… -preguntó Marina. ¿Sabe dónde podríamos encontrarle?
– En un circo, con el resto de los payasos -replicó Shelley.
– ¿Conoció usted a Benjamín Sentís, doctor? -pregunté, tratando de reconducir la conversación.
– Por supuesto -repuso Shelley. Trataba con él regularmente. Como socio de Kolvenik, Sentís se encargaba de la parte administrativa de la Velo Granell. Un hombre avaricioso que no conocía su lugar en el mundo, en mi opinión. Podrido por la envidia.
– ¿Sabía que el cuerpo del señor Sentís fue encontrado hace una semana en las alcantarillas? -pregunté.
– Leo los periódicos respondió fríamente.
– ¿No le pareció extraño?
– No más que el resto de lo que se ve en la prensa -replicó Shelley. El mundo está enfermo. Y yo empiezo a estar cansado. ¿Alguna cosa más?
Estaba por preguntarle acerca de la dama de negro cuando Marina se me adelantó, negando con una sonrisa. Shelley alcanzó un llamador de servicio y tiró de él. María Shelley hizo acto de presencia, la mirada pegada a los pies.
– Estos jóvenes ya se iban, María.
– Sí, padre.
Nos incorporamos. Hice ademán de recuperar la fotografía, pero la mano temblorosa del doctor se me adelantó.
– Esta fotografía me la quedo yo, si no os importa…
Dicho esto, nos dio la espalda y con un gesto indicó a su hija que nos acompañase hasta la puerta.
Justo antes de salir de la biblioteca me volví a echar un último vistazo al doctor y pude ver que lanzaba la fotografía al fuego.
Sus ojos vidriosos la contemplaron arder entre las llamas.
María Shelley nos guió en silencio hasta el vestíbulo y una vez allí nos sonrió a modo de disculpa.
– Mi padre es un hombre difícil pero de buen corazón… justificó. La vida le ha dado muchos sinsabores y a veces su carácter le traiciona…
Nos abrió la puerta y encendió la luz de la escalera. Leí una duda en su mirada, como si quisiera decirnos algo, pero temiese hacerlo. Marina también lo advirtió y le ofreció su mano en señal de agradecimiento. María Shelley la estrechó. La soledad rezumaba por los poros de aquella mujer como un sudor frío.
– No sé lo que mi padre les habrá contado… -dijo, bajando la voz y volviendo la vista, temerosa.
– ¿María? -llegó la voz del doctor desde el interior del piso. ¿Con quién hablas?
Una sombra cubrió la faz de María.
– Ya voy, padre, ya voy…
Nos tendió una última mirada desolada y se metió en el piso. Al volverse, advertí que una pequeña medalla pendía de su garganta. Hubiera jurado que era la figura de una mariposa con las alas negras desplegadas. La puerta se selló sin darme tiempo a asegurarme.
Nos quedamos en el rellano, escuchando la voz atronadora del doctor en el interior destilando furia sobre su hija. La luz de la escalera se extinguió. Por un instante creí oler a carne en descomposición.
Provenía de algún punto de las escaleras, como si hubiese un animal muerto en la oscuridad. Me pareció entonces escuchar pasos que se alejaban hacia lo alto y el olor, o la impresión, desapareció.
– Vámonos de aquí -dije.
Capítulo 14
En el camino de vuelta a casa de Marina, advertí que ella me observaba de reojo.
– ¿No te vas a pasar las Navidades con tu familia?
Negué, con la vista perdida en el tráfico.
– ¿Por qué no?
– Mis padres viajan constantemente. Hace ya algunos años que no pasamos las Navidades juntos.
Mi voz sonó acerada y hostil, sin pretenderlo. Hicimos el resto del camino en silencio. Acompañé a Marina hasta la verja del caserón y me despedí de ella.
Caminaba de vuelta al internado cuando empezó a llover. Contemplé a lo lejos la hilera de ventanas en el cuarto piso del colegio. Había luz tan sólo en un par de ellas. La mayoría de los internos había partido por las vacaciones de Navidad y no volvería hasta dentro de tres semanas. Cada año sucedía lo mismo. El internado quedaba desierto y únicamente un par de infelices permanecía allí al cuidado de los tutores. Los dos cursos anteriores habían sido los peores, pero este año ya no me importaba. De hecho, lo prefería. La idea de alejarme de Marina y Germán se me hacía impensable. Mientras estuviese cerca de ellos no me sentiría solo.
Ascendí una vez más las escaleras hacia mi cuarto. El corredor estaba silencioso, abandonado. Aquel ala del internado estaba desierta. Supuse que sólo quedaría doña Paula, una viuda que se encargaba de la limpieza y que vivía sola en un pequeño apartamento en el tercer piso. El murmullo perenne de su televisor se adivinaba en el piso inferior. Recorrí la hilera de habitaciones vacías hasta llegar a mi dormitorio. Abrí la puerta. Un trueno rugió sobre el cielo de la ciudad y todo el edificio retumbó. La luz del relámpago se filtró entre los postigos cerrados de la ventana. Me tendí en la cama sin quitarme la ropa. Escuché la tormenta desgranar en la oscuridad. Abrí el cajón de mi mesita de noche y saqué el apunte a lápiz que Germán había hecho de Marina aquel día en la playa. Lo contemplé en la penumbra hasta que el sueño y la fatiga pudieron más. Me dormí sujetándolo como si se tratase de un amuleto. Cuando me desperté, el retrato había desaparecido de mis manos.
Abrí los ojos de repente. Sentí frío y el aliento del viento en la cara. La ventana estaba abierta y la lluvia profanaba mi habitación. Aturdido, me incorporé. Tanteé la lamparilla de noche en la penumbra. Pulsé el interruptor en vano. No había luz. Fue entonces cuando me di cuenta de que el retrato con el que me había dormido no estaba en mis manos, ni sobre la cama o el suelo. Me froté los ojos, sin comprender. De pronto lo noté. Intenso y penetrante. Aquel hedor a podredumbre. En el aire. En la habitación. En mi propia ropa, como si alguien hubiese frotado el cadáver de un animal en descomposición sobre mi piel mientras dormía. Aguanté una arcada y, un instante después, me entró un profundo pánico.
No estaba solo. Alguien o algo había entrado por aquella ventana mientras dormía.
Lentamente, palpando los muebles, me aproximé a la puerta. Traté de encender la luz general de la habitación. Nada. Me asomé al corredor, que se perdía en las tinieblas. Sentí el hedor de nuevo, más intenso. El rastro de un animal salvaje. Súbitamente, me pareció entrever una silueta penetrando en la última habitación.
– ¿Doña Paula? -llamé, casi susurrando.
La puerta se cerró con suavidad. Inspiré con fuerza y me adentré en el corredor, desconcertado. Me detuve al escuchar un siseo reptil, susurrando una palabra. Mi nombre. La voz provenía del interior del dormitorio cerrado.
– ¿Doña Paula, es usted? -tartamudeé, intentando controlar el temblor que invadía mis manos.