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Электронная книга - «Pantaleón Y Las Visitadoras». Краткое содержание книги:

Pantaleón Pantoja, un capitán del ejército recientemente ascendido, recibe la misión de establecer un servicio de prostitución para las fuerzas armadas del Perú en el más absoluto secreto militar. Estricto cumplidor del deber que le ha sido asignado, Pantaleón se traslada a Iquitos, en plena selva, para llevar a cabo su cometido, pero se entrega a esta misión con tal obcecación que termina por poner en peligro el engranaje que él mismo ha puesto en movimiento.
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– Ese Servicio solo existe en sus mentes podridas, mis amigos-lo interrumpe, les sonríe, los mira con benevolencia, con afecto paternal el general Scavino-. ¿Cómo se les ocurre pedir audiencia para semejante disparate?

Si la prensa se enterara de esta petición, no le duraría mucho la Alcaldía, señor Paiva Runhui.

– Estamos dando el mal ejemplo a los civiles, llevando tentaciones a pueblos que vivían en una pureza bíblica-se demuda el padre Beltrán-. Espero que cuando lean este memorial, se les tuerza la cara de vergüenza a los estrategas de Lima.

– Escucha esto y cáete de espaldas, Tigre-estruja el teléfono, lee el memorial con ira el general Scavino-.

Ya empezó a circular la noticia por todas partes, mira lo que piden esos tipos de Nauta. Se nos viene encima el escándalo que tanto te advertí.

– Qué cuentas saca con los dedos-alza la presa de pollo y da un mordisco el teniente Bacacorzo-. Como dice Scavino, ustedes los de Intendencia terminan siempre con la locura matemática.

– Vaya conchudos, antes protestaban porque la tropa se tiraba a sus mujeres y ahora porque les hacen falta mujeres para tirarse juguetea con un secante el Tigre Collazos-. No hay manera de tenerlos contentos, lo que les gusta es protestar. Ponlos de patitas en la calle y no les recibas solicitudes tan cojudas, Scavino.

– Horror de los horrores-se cuelga la servilleta en el pecho. condimenta la ensalada con aceite y vinagre, empuña el tenedor y come el capitán Pantoja-. Si ampliaran el Servicio a los civiles, teniendo en cuenta la población masculina de la Amazonía la demanda subiría de diez mil a un millón de prestaciones mensuales cuando menos.

– Tendría que importar visitadoras del extranjero-liquida los últimos restos de carne, deja el hueso blanquísimo, bebe un trago de cerveza, se limpia la boca y las manos y delira el teniente Bacacorzo-. La selva se convertiría en un solo bulín y usted, en su oficinita del Itaya, tomaría el tiempo de ese diluvio de polvos con un millón de cronómetros. Confiese que le gustaría, mi capitán.

– No te imaginas lo que he visto, Pochita-pone la canasta en el repostero, saca un paquete y lo ofrece Alicia-. En la panadería de Abdón Laguna, que es hermano, han comenzado a hacer panes del mártir de Moronacocha. Les llaman los panes- niño y la gente los compra a montones. Te traje uno, mira.

– Te pedí diez y me traes veinte-observa desde la baranda las cabezas lacias, crespas, morenas, pelirrojas, castañas Pantaleón Pantoja-. ¿Crees que voy a pasarme el día tomando examen a las candidatas, Chuchupe?

– No es mi culpa-va bajando la escalerilla prendida del pasamanos Chuchupe-. Se corrió la voz que había cuatro vacantes y empezaron a salir mujeres como moscas de todos los barrios. Hasta de San Juan de Munich y de Tamshiyaco vinieron. Qué quiere, señor Pantoja, a todas las chicas de Iquitos les gustaría trabajar con nosotros.

– La verdad es que no lo entiendo-baja tras ella mirando las rollizas espaldas, las gelatinosas nalgas, las tuberosas pantorrillas Pantaleón Pantoja-. Aquí ganan poco y les sobra trabajo. ¿Qué caramelo las atrae tanto? ¿El buen mozo de Porfirio?

– La seguridad, señor Pantoja-señala con la cabeza los vestidos multicolores, los grupos que zumban como enjambres de abejas Chuchupe-. En la calle no hay ninguna. Para las lavanderas, a un día bueno siguen tres malos, nunca vacaciones y no se descansa el domingo.

– Y el Mocos es un negrero en sus bulines-las hace callar con un silbido y les indica que se acerquen Chupito-. Las mata de hambre, las trata mal y a la primera quemada a su casa. No sabe lo que es consideración ni humanidad.

– Aquí es distinto-se endulza, se toca los bolsillos Chuchupe-. Siempre hay clientes, las jornadas son de ocho horas y usted lo tiene todo tan organizado que a ellas les encanta. ¿No ve que hasta las multas le aguantan sin chistar?

– Lo cierto es que el primer día me dio un poco de aprensión-corta, pone mantequilla, mermelada, prueba un bocado y mastica la señora Leonor-, pero que le vamos a hacer, el pan-niño es el más rico de Iquitos. ¿A ti no te parece, hijito?

– Bueno, vamos a seleccionar a esas cuatro-decide Pantaleón Pantoja-. Qué esperas, hazlas formar Chino.

– Sepálense un poco, muchachas, pa que se luzcan mejol-coge brazos, presiona espaldas, hace avanzar, retroceder, ladearse, coloca, mide el Chino Porfirio-.

Las enanitas delante y las gigantas detlás.

– Aquí las tiene, señor Pantoja-brinca de un lado a otro, indica silencio, da ejemplo de seriedad, las alinea Chupito-. Ordenadas y formalitas. A ver, chicas, volteen a la derecha. Así, muy bien. Ahora a la izquierda, muestren su lindo perfil.

– ¿Que suban una pol una a su oficina pal examen calatitas, señol?-se acerca y le susurra al oído el Chino Porfirio.

– Imposible, me demoraría toda la mañana-mira su reloj, reflexiona, se anima, da un paso al frente y las encara Pantaleón Pantoja-. Voy a pasar revista colectiva, para ganar tiempo. Escúchenme bien, todas: si alguna tiene reparos en desvestirse en público, salga de la fila y la veré después. ¿Ninguna? Tanto mejor.

– Todos los hombres afuera-abre el portón del embarcadero, los azuza, les da empellones, regresa Chuchupe-. Rápido, flojos ¿no han oído? Sinforoso, Palomino, enfermero, Chino. Tú también, Chupón. Cierra esa puerta, Pichuza.

– Abajo faldas, blusas y sostenes, me hacen el favor -se coge las manos a la espalda y camina muy grave escudriñando, sopesando, comparando Pantaleón Pantoja-. Pueden quedarse en calzón, las que llevan.

Ahora, media vuelta en el mismo sitio. Eso mismo. Bueno vamos a ver. Una pelirroja, tú. Una morena, tú. Una oriental tú. Una mulata, tú. Listo, cubiertas las vacantes. Las otras, déjenle la dirección a Chuchupe, tal vez haya una nueva oportunidad pronto. Muchas gracias y hasta la próxima.

– Las seleccionadas, aquí mañana a las nueve en punto, para la revista médica-anota calles y números, las acompaña hasta la salida, las despide Chuchupe-. Bien bañaditas, muchachas.

– A ver, a ver, sírvanse esto calientito que si no, no es rico-distribuye los platos de sopa humeante la señora Leonor-. El famoso timbuche loretano, por fin me animé a hacerlo. ¿Qué tal me salió, Pocha?

– Qué buen gusto ha tenido para elegirlas, señor Pan Pan -sonríe con malicia, mira chispeando, canta la Brasileña -. De todos los colores y sabores. Sáqueme de la curiosidad ¿no tiene miedo que viendo tanta calata un día se acostumbre y ya no sienta nada con las mujeres?

Dicen que les pasa a algunos médicos.

– Está riquísimo, señora Leonor-toma la temperatura con la punta de la lengua, sorbe una cucharada Pochita-. Se parece mucho a lo que en la costa llamamos chilcano.

– ¿Estás tratando de tomarme el pelo, Brasileña? -arruga las cejas Pantaleón Pantoja-. Te advierto que ser un hombre serio no es ser un cojudo, no te equivoques.

– La diferencia es que todos los pescados de esta sopita son del Amazonas y no del Océano Pacífico-vuelve a llenar los platos la señora Leonor-. Paiche, palometa y gamitana. Uy, qué gustosa.

– Es usted el que se equivoca, no estoy tomándole el pelo sino haciéndole una broma-hace una caída de pestañas, quiebra la cadera, palpita los senos, modula la Brasileña -. ¿Por qué no me deja ser su amiga? Apenas le hablo se pone chúcaro, señor Pan-Pan. Cuidadito, mire que soy como los cangrejos, me encanta ir contra la corriente. Si me basurea tanto, me voy a enamorar de usted.

– Uf, pero qué calor da-se abanica con la servilleta, se toma el pulso Pochita-. Pásame el ventilador, Panta. Me ahogo.

– Ese calor no es del timbuche, sino del cadetito-le toca el vientre, le acaricia la mejilla Panta-. Debe estar bostezando, estirándose. A lo mejor es esta noche, chola. Buena fecha: 14 de marzo.

– Ojalá no sea antes del domingo-mira el calendario Pochita-. Que primero llegue la Chichi, quiero que esté aquí cuando el parto.

– Según mis cálculos todavía no has salido de cuentas-transpira, acerca la cara congestionada a las aspas susurrantes la señora Leonor-. Te falta lo menos una semana.

– Claro que sí, mamá ¿no has visto el organigrama de mi cuarto? Será entre hoy y el domingo-chupa las espinas de pescado, frota el plato con un pedazo de pan, toma agua Panta-. ¿Le hiciste caso al doctor, caminaste un poco hoy? ¿Con tu inseparable Alicia?

– Sí, fuimos hasta " La Favorita " a tomar un helado -resopla Pochita-. Oye, de veras ¿tú sabes qué es eso de Pantilandia, amor?

– ¿Eso de qué?-se inmovilizan las manos, los ojos, la cara de Pantita-. ¿Cómo has dicho, amor?

– Algo cochino, se me ocurre-recibe el aire del ventilador suspirando Pochita-. Unos tipos hacían chistes colorados en " La Favorita " sobre las mujeres de, oye, qué gracioso, ¡Pantilandia es como si viniera de Panta!

– Achis, hmmm, pshhh-se atora, estornuda, lagrimea, tose Pantita.

– Toma un poco de agua-le coge la frente, le alcanza un pañuelo, le alza los brazos la señora Leonor-.

Eso te pasa por comer tan rápido, siempre te lo digo. A ver, unos golpecitos en la espalda, otro trago de agüita.

SVGPFA

Instrucciones para los centros usuarios

El Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines se permite hacerle llegar estas instrucciones, que, de ser estrictamente aplicadas, permitirán a su unidad aprovechar de manera racional y fructífera los servicios del SVGPFA y a este organismo cumplir su misión con eficacia y prontitud:

1. Apenas alertado por el SVGPFA de la llegada del convoy, el jefe de la unidad hará disponer los emplazamientos de las visitadoras, los mismos que deberán reunir las siguientes características: techados, no contiguos, dotados de cortinas que los protejan de miradas indiscretas y aseguren una luz pobre o penumbra y de mecheros o focos provistos de pantallas rojas o recubiertas de trapos o papeles de dicho color por si las prestaciones son nocturnas. Cada emplazamiento estará equipado de: camastro con colchón de paja o jebe, revestido de hule o lona impermeable y sabana; silla, banco o clavo para colocar las prendas de vestir; bacinica o recipiente que haga sus veces como balde o lata grande; lavador con su respectivo depósito de agua limpia; un jabón; una toalla; un rollo de papel higiénico- un irrigador con tripa y vitoque. Se sugiere añadir algún complemento estético femenino, como ramo de flores, grabado o dibujo artístico, para imprimirle una atmósfera atrayente. Aunque conviene que la unidad tenga listos los emplazamientos a la llegada de las visitadoras, para el arreglo de los mismos el oficial responsable puede asesorarse por el jefe del convoy, quien le brindará toda la ayuda necesaria.

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