El club De la buena Estrella
- Автор: Тан Эми
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
– Próxima vez, gana más, pierde menos -me dijo al tiempo que frotaba las piezas con una gamuza.
– Pero mamá, no se trata de las piezas que pierdes. A veces es necesario perder algunas para seguir adelante.
– Mejor perder menos, ver si necesitas de veras.
En el torneo siguiente gané de nuevo, pero fue mi madre la que sonrió triunfante.
– Esta vez ocho piezas perdidas. Última vez once. ¿Qué te dije? ¡Mejor perder menos!
Yo estaba irritada, pero no podía decir nada.
Participé en más torneos, cada vez más lejos de casa, y gané todas las partidas y en todas las divisiones. El pastelero chino que tenía su tienda en los bajos de nuestro edificio expuso mi creciente colección de trofeos en el escaparate, entre los pasteles polvorientos que nadie compraba nunca. Al día siguiente de mi triunfo en un importante torneo regional, adornó el escaparate con un pastel de hojaldre recién hecho. La superficie era de nata batida y tenía una inscripción en letras rojas que decía: «Felicidades Waverly Jong, campeona de ajedrez de Chinatown». Poco después, el empresario de un negocio de floristería, grabado de lápidas y pompas fúnebres, me ofreció su patrocinio en torneos nacionales. Entonces mi madre decidió que dejara de fregar los platos y encargó mis tareas a Winston y Vincent.
– ¿Por qué tiene que jugar mientras nosotros hacemos todo el trabajo? -se quejó Vincent.
– Nuevas reglas americanas -dijo mi madre-. Meimei juega, exprime cerebro para ganar ajedrez. Vosotros jugáis, es como escurrir una toalla.
Cuando cumplí los nueve años era campeona nacional de ajedrez. Aún distaba unos 429 puntos de la categoría de gran maestro, pero ya me llamaban la Gran Esperanza Blanca, era un niño prodigio, y hembra por añadidura. Publicaron mi foto en la revista Life, al lado de una cita de Bobby Fischer: «Jamás una mujer llegará a gran maestro». El pie de la foto decía: «Tu jugada, Bobby».
El día que me hicieron la foto para la revista llevaba unas trenzas muy pulcras, sujetas con pasadores de plástico y adornadas con brillantitos de imitación. Estaba jugando en el gran salón de actos de un instituto de segunda enseñanza, donde resonaban las toses flemáticas del público y los chirridos del caucho que remataba las patas de las sillas al deslizarse sobre los suelos de madera recién encerados. Ante mí se sentaba un norteamericano que tendría la edad de Lau Po, quizá cincuenta años. Recuerdo que su frente sudorosa parecía llorar cada vez que yo movía una pieza. Llevaba un traje gris y maloliente, uno de cuyos bolsillos contenía un gran pañuelo grande con el que se enjugaba la palma antes de deslizar la mano hacia la pieza de ajedrez elegida con un gran floreo.
Enfundada en un almidonado vestido blanco y rosa, con un rasposo encaje en el cuello, uno de los dos que mi madre me había confeccionado para aquellas ocasiones especiales, me sujetaba el mentón con las palmas, los codos ligeramente apoyados en la mesa, tal como mi madre me había enseñado para posar ante la prensa, y balanceaba los pies calzados con zapatos de charol como una niña impaciente en un autobús escolar. Entonces me detenía, aspiraba, agitaba la pieza elegida en el aire, como si no me decidiera, y finalmente la colocaba en su nuevo lugar amenazante y completaba la jugada dirigiendo a mi adversario una sonrisa de triunfo.
Ya no jugaba en el callejón de Waverly Place, nunca visitaba el parque infantil donde se reunían las palomas y los viejos. Iba a la escuela y regresaba directamente a casa para aprender nuevos secretos del ajedrez, ventajas hábilmente ocultas, nuevas rutas de escape.
Pero en casa me resultaba difícil concentrarme. Mi madre tenía la costumbre de permanecer a mi lado mientras yo planeaba mis jugadas. Creo que se consideraba una especie de aliada protectora. Apretaba los labios y después de cada jugada emitía un tenue «hummmm» nasal.
– Mamá, no puedo practicar si te quedas aquí -le dije un día.
Ella se retiró a la cocina y empezó a trastear ruidosamente con cazuelas y sartenes. Cuando cesó el ruido, vi por el rabillo del ojo que estaba de pie en el vano de la puerta. Emitió otro «¡hummm!», esta vez con la garganta.
Mis padres hicieron muchas concesiones para permitirme practicar. Una vez me quejé de que el dormitorio que compartía con mis hermanos era tan ruidoso que me impedía pensar. A partir de entonces los chicos durmieron en una cama instalada en la sala de estar, en el lado que daba a la calle. Dije que no podía terminar el arroz porque la cabeza no me funcionaba bien cuando tenía el estómago demasiado lleno. Me levantaba de la mesa con los cuencos a medio terminar y nadie protestaba. Una sola tarea no pude evitar: los sábados, cuando no se celebraba ningún torneo, tenía que Acompañar a mi madre al mercado. Ella caminaba orgullosa a mi lado y visitaba tiendas, pero compraba muy poco.
– Esta es mi hija, Wave-ly Jong -decía a todo el que nos miraba.
Un día, al salir de una tienda, se lo planteé.
– Desearía que no hicieras eso, mamá -le dije en voz baja-. Decir a todo el mundo que soy tu hija…
Mi madre se paró en seco en medio de la acera atestada de gente. Los transeúntes pasaban cargados con pesadas bolsas, rozándonos o empujándonos con los hombros.
– Aiii-ya. ¿Tanta vergüenza estar con madre? -Me apretó la mano más fuerte todavía, mientras me fulminaba con la mirada.
– No es eso -le dije, bajando la vista-, pero se nota tanto… haces que me sienta violenta.
– ¿Violenta por ser mi hija? -La voz le temblaba de ira.
– Eso no es lo que quiero decir, no es lo que he dicho.
– ¿Qué dices entonces?
Sabía que era un error seguir discutiendo, pero no pude contenerme.
– ¿Por qué tienes que utilizarme para lucirte? Si quieres hacerla, ¿por qué no aprendes a jugar al ajedrez?
Los ojos de mi madre se transformaron en dos peligrosas ranuras negras. No tenía palabras para mí, sino sólo silencio.
Noté el soplo del viento alrededor de mi cabeza. De un tirón, me libré de la mano de mi madre que aferraba la mía y giré sobre mis talones, tropezando con una anciana, cuya bolsa de la compra cayó al suelo.
– ¡Aiii-ya! ¡Niña estúpida! -gritaron mi madre y la mujer.
Naranjas y latas de conservas rodaron por la acera. Mientras mi madre ayudaba a la anciana a recoger los alimentos en desbandada, me di a la fuga. Corrí calle abajo, sorteando a los transeúntes, sin mirar atrás.
– ¡Meimei! ¡Meimei! -gritaba mi madre a voz en cuello.
Huí por un callejón, pasé ante tiendas oscuras, con las cortinas corridas, y comerciantes que limpiaban la mugre de sus escaparates, salí a la luz del sol, a una amplia calle llena de turistas que examinaban chucherías y souvenirs, me metí en otro callejón oscuro, salí a otra calle, entré en otro callejón… Corrí hasta notar punzadas de dolor y me di cuenta de que no tenía ningún lugar a donde ir, de que no estaba huyendo de nada. En aquellos callejones no había ninguna ruta de escape.
Mi aliento parecía el humo de un voraz incendio. Hacía frío. Me senté en un cubo de plástico volcado, junto a una columna de cajas vacías, apoyé el mentón en las manos y reflexioné. Imaginé a mi madre recorriendo las calles, primero a paso vivo y luego, abandonando la búsqueda y regresando lentamente a casa para esperarme allí. Al cabo de dos horas me levanté y, con las piernas temblorosas, volví despacio a casa.
El callejón estaba en silencio y vi las luces amarillas de nuestro piso, brillantes en la noche como los ojos de un tigre. Con mucha cautela, procurando no hacer el menor ruido que advirtiera de mi presencia, subí los dieciséis peldaños hasta el piso. Giré el pomo de la puerta, pero estaba cerrada con llave. Oí el ruido de una silla, pasos rápidos, el clic-clic de la llave en la cerradura… y la puerta se abrió.