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Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se reúnen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
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Me envolvió, me exprimió el cuerpo como si fuera una esponja y luego me arrojó al aire asfixiante… y caí de cabeza 1m una red llena de pescados que se retorcían. El agua me salía a borbotones de la boca, ahogándome, y en cuanto pude me puse a gemir. Al volver la cabeza vi cuatro sombras, con la luna a sus espaldas. Una figura empapada trepaba al barco.

– ¿Es demasiado pequeño? -dijo el hombre que acaba de subir, jadeando-. ¿Lo tiramos al agua o tiene algún valor?

Los otros rieron y yo me quedé muy quieta. Sabía quiénes eran. Cuando pasábamos junto a gente como aquélla por las calles, el ama me tapaba con sus manos las orejas y los ojos.

– Basta ya -les riñó una mujer que estaba entre ellos-. La estáis asustando. Cree que somos bandidos y que vamos a venderla como esclava. -Entonces me preguntó en tono amable-: ¿De dónde vienes, hermanita?

El hombre que acababa de salir del agua se agachó para mirarme.

– ¡Vaya, una chiquilla en vez de un pescado!

– ¡No es un pescado! ¡No es un pescado! -murmuraron los demás, riendo entre dientes.

Empecé a estremecerme, demasiado asustada para llorar.

En el aire flotaban los efluvios acres del pescado y la pólvora, un olor que evocaba peligro.

– No les hagas caso -me dijo la mujer-. ¿Eres de otro pesquero? ¿De cuál? No tengas miedo, de veras.

Veía en el agua botes de remo, de pedal, veleros y pesqueros como el que me había recogido, con la proa alargada y una casita en el centro. Miré atentamente, el corazón latiéndome con fuerza.

– ¡Allí! -exclamé, y señalé un pabellón flotante lleno de gente que reía y farolillos-. ¡Allí! ¡Allí!

Me eché a llorar, ansiando desesperadamente regresar con mi familia y recibir su consuelo. El pesquero se deslizó veloz hacia el barco del que procedían los olores suculentos.

– ¡Eh! -gritó la mujer-. ¿Habéis perdido una niña, una chiquilla que se cayó al agua?

Se oyeron gritos en el pabellón flotante y forcé la vista para ver los rostros del ama, Baba y mamá. Había gente apiñada en un lado del pabellón, asomada, señalando, mirando nuestro barco. Rostros enrojecidos y risueños, todos desconocidos, voces estentóreas. ¿Dónde estaba el ama? ¿Por qué no había venido mi madre? Una pequeña se abrió paso entre las piernas de los adultos.

– ¡Esa no es yo! -gritó-. Estoy aquí, no me caí al agua.

Los del barco se echaron a reír y se dispersaron.

– Te has equivocado, hermanita -dijo la mujer mientras el pesquero dejaba atrás aquel barco.

Me eché a temblar de nuevo. No había visto a nadie a quien importase mi desaparición. Mi mirada abarcó los centenares de farolillos que oscilaban sobre el agua. Los fuegos artificiales estallaban y a su estrépito se unían las risas de otras gentes. Cuanto más avanzábamos, más se agrandaba el mundo, y ahora tenía la sensación de que me había perdido para siempre.

La mujer seguía mirándome fijamente. Mi trenza estaba enrollada, mi ropa interior era gris y estaba mojada, había perdido las zapatillas y tenía los pies descalzos.

– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó en voz baja uno de los hombres-. Nadie la reclama.

– A lo mejor es una pordiosera -dijo otro-. Mirad sus ropas. Es una de esas chiquillas que navegan en balsas endebles y piden dinero.

Yo estaba aterrorizada. Tal vez tenían razón y me había convertido en una mendiga, perdida sin mi familia.

– ¿Pero es que no tenéis ojos en la cara? -dijo la mujer, irritada-. Mirad qué pálida es su piel y lo suaves que son las plantas de sus pies.

– Entonces dejémosla en la orilla. Si es cierto que tiene familia, la buscarán ahí.

– ¡Qué noche! -suspiró otro hombre-. Las noches de fiesta siempre se cae alguien al agua, poetas borrachos y niños pequeños. Ha tenido suerte de no ahogarse.

Siguieron charlando así mientras nos dirigíamos lentamente a la orilla. Uno de los hombres impulsaba la embarcación con una larga caña de bambú y nos deslizábamos entre otros barcos. Cuando llegamos al muelle, el hombre que me había rescatado del agua me cogió con sus manos que olían a pescado y me depositó en tierra.

– La próxima vez ten cuidado, hermanita -me gritó la mujer cuando su barco se alejaba.

La luna brillante estaba a mi espalda, y vi de nuevo mi sombra. Esta vez era más corta, encogida y estrafalaria. J untas corrimos hacia unos arbustos a lo largo de un sendero y nos escondimos. Desde allí podía oír a las personas que pasaban conversando, oía también a las ranas y los grillos y luego… ¡flautas, platillos tintineantes, un gong resonante y tambores!

Me asomé a través del ramaje y vi delante de mí una muchedumbre y, por encima de la gente, un escenario sobre el que se alzaba la luna. Un joven apareció por uno de los lados del escenario y se dirigió al público:

– Y ahora vendrá la Dama de la Luna y os contará su triste historia, en una representación de sombras chinescas cantada a la manera clásica.

¡La Dama de la Luna!, me dije, y el mero sonido de estas palabras mágicas me hizo olvidar mis apuros. Oí más sonidos de platillos y gongs y entonces apareció la sombra de una mujer contra la luna. Tenía el pelo suelto y se lo estaba peinando. Mientras lo hacía, empezó a hablar con una voz dulce y quejumbrosa.

– Mi sino y mi penitencia -se lamentó, pasando sus largos dedos entre las hebras del cabello- es vivir aquí en.la luna, mientras mi esposo vive en el sol. Por ello cada día y cada noche seguimos nuestros caminos sin vemos jamás, excepto en esta única noche, la noche de la luna a mediados del otoño.

La multitud se acercó más. La Dama de la Luna tañó su laúd e inició el canto de su historia.

Vi aparecer la silueta de un hombre al otro lado del disco lunar. La Dama de la Luna alzó los brazos hacia él…

– ¿Oh, Hou yi, maestro Arquero de los Cielos! -cantó, pero su marido ni siquiera parecía verla. Miraba al cielo y, a medida que la brillantez de éste se intensificaba, abría la boca, no sé si con horror o placer.

La Dama de la Luna se llevó las manos a la garganta y cayó al suelo, llorando.

– ¡La sequedad de diez soles en el cielo oriental!

Y mientras la dama cantaba así, el Maestro Arquero apuntó sus flechas mágicas y derribó nueve soles que reventaron y derramaron sangre.

– ¡Hundiéndose en un mar hirviente! -entonó alegremente, y pude oír el hervor y la crepitación agónicos de aquellos soles.

Entonces un hada -¡la Reina Madre de los Cielos Orientales! -voló hacia el Maestro Arquero. Abrió una caja, de la que sacó una bola brillante… ¡no, no un sol infantil, sino un melocotón mágico, el melocotón de la vida eterna! Vi que la Dama de la Luna fingía estar absorta en su bordado, pero observaba a su marido y le vio esconder el melocotón en una caja. Entonces el Maestro Arquero alzó su arco y juró que ayunaría durante un año entero a fin de mostrar que tenía la paciencia necesaria para vivir eternamente. ¡Cuando se marchó, la Dama de la Luna no perdió un momento, fue en busca del melocotón y se lo comió!

Apenas lo había probado, empezó a elevarse y luego voló, no como la Reina Madre, sino como una libélula con las alas rotas.

– ¡Expulsada de esta tierra por mi perversidad! -gritó en el mismo momento en que su esposo regresaba a casa.

– ¡Ladrona! -gritó él-. ¡Esposa que me roba la vida!

Empuñó su arco, apuntó una flecha hacia su esposa y con el retumbar de un gong, el cielo se ennegreció.

¡Wya¡h! Wyah! La triste música del laúd se reanudó, mientras se iluminaba el cielo sobre el escenario. Y allí estaba la pobre dama, contra una luna brillante como el sol. Ahora tenía el cabello tan largo que le llegaba al suelo, y se enjugaba las lágrimas. Había transcurrido una eternidad desde la última vez que vio a su marido, pues tal era su destino: permanecer perdida en la luna, anhelando eternamente sus deseos egoístas.

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