El tesoro de los Nazareos
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tesoro de los Nazareos». Краткое содержание книги:
Su misión consistirá en infiltrarse entre las filas de la orden del Temple, convertirse en uno de ellos, ganarse la confianza de cada uno de esos soldados de Dios y descubrir qué ocultan bajo su fachada de bondad y caridad. Roma tiene fundadas sospechas sobre las actividades y objetivos de estos caballeros y Rodrigo será el encargado, en un viaje que le hará recorrer Europa, de destapar la verdad.
Entonces se llevó otra sorpresa. Justo en la puerta de acceso al recinto le aguardaban nueve templarios que habían de acompañarlo. Según le dijeron, pertenecían a una encomienda situada en Rhedae, cerca de los Pirineos, y les habían ordenado custodiarlo hasta Chevreuse porque debían seguir el mismo camino que él. Le extrañó tanta escolta.
El viaje se le hizo corto. No en vano aquellas tierras en verano eran de una belleza extraordinaria. El atardecer, la profusión de arroyuelos y los frondosos bosques le hacían sentirse bien, como si se hallara de vuelta en su casa del valle de Estós sin más preocupación que sus tierras o su ganado, lejos de conspiraciones y miserias de la raza humana.
Había oscurecido ya y apenas si quedaba una hora de camino cuando junto a un pequeño arroyuelo escucharon gritos. Al parecer, unos salteadores estaban golpeando a alguien, así que todos los caballeros picaron espuelas y corrieron hacia la pequeña hondonada. Allí se encontraron con cuatro bandidos que forzaban a una joven ante los gritos de la madre de ésta. Una carreta tirada por bueyes quedaba a la derecha, junto al cuerpo de un hombre sin vida, descerebrado. Al ver tamaña hueste, aquellos desvergonzados trataron de huir, pero los diez caballeros dieron cuenta de ellos. Toribio y los escuderos contemplaron la escena desde lo alto del camino, y Giovanno se quedó atrás, junto a las muías de carga. Al verse solo, aprovechó la oportunidad y, con la única ayuda de la luz de la luna y un afilado estilete, logró abrir el candado del cofre. Rápidamente alzó el saco, que pesaba muy poco, y desató el lazo que lo cerraba. Sacó lo que había en su interior y lo alzó para verlo a la luz de la luna. Un grito de horror hizo que Toribio y Tomás se volvieran.
– Pero ¿estás loco? ¿Qué haces? -exclamó Toribio encaminando su montura hacia el sargento papal-. ¿No ves que se acercan?
Giovanno volvió a guardar el objeto en la bolsa y cerró el candado.
– ¿Qué hay ahí dentro? -preguntó Toribio.
– Algo horrible -dijo Giovanno-. Era…
– ¡Nos vamos! -ordenó Arriaga, que volvía del río.
Aclaró a sus sirvientes que dos de los salteadores habían muerto y otros dos habían logrado escapar en la espesura del bosque.
Las dos mujeres lloraban. Era noche cerrada ya y se escuchaban los aullidos de los lobos. Las dolientes no querían dejar al muerto allí, pero lograron convencerlas. Giovanno y Toribio, junto a tres de los templarios de Rhedae, tuvieron que quedarse a vigilar el carro con los bueyes y los cuerpos del asaltado y los dos bandidos, mientras que los demás siguieron camino.
Subieron a las afligidas mujeres a un caballo y Tomás tuvo que caminar hasta Chevreuse. Los lugareños deberían volver donde la emboscada y recuperar el cuerpo del fallecido. Los cadáveres de los dos bandidos serían abandonados a las bestias para que los despedazaran. Se lo merecían.
Rodrigo llegó agotado a la encomienda pero, una vez más, apenas si pudo pegar ojo. Cuando Toribio y Giovanno arribaron al castillo era cerca de maitines. Se acostaron a descansar. Al amanecer, Arriaga sintió que alguien le zarandeaba. Era Tomás.
– Rápido, señor. Es Giovanno.
Medio dormido, siguió al armiguero al dormitorio de los sargentos, donde se encontró con que todos rodeaban al sargento papal. Toribio intentaba auxiliarle mientras el otro luchaba por respirar. Giovanno intentaba decir algo, pero se asfixiaba; tenía los ojos fuera de las órbitas y se llevaba las manos a la garganta. Rodrigo le tomó el pulso. El doliente decía algo medio ahogado, en susurros.
Jean, que acababa de llegar, mandó a avisar al médico del pueblo y acercó el oído a la boca del enfermo.
– La cabez… -acertó a entender que decía en un susurro cargado de muerte. Al instante su testa cayó hacia atrás y quedó inmóvil con los ojos fijos en el techo. Estaba muerto. Todos los sargentos quedaron paralizados. Toribio no sabía qué hacer ni qué decir. Entonces Rodrigo se acercó al muerto y olió su aliento: tenía la lengua morada, lo mismo que el rostro. Giovanno de Trieste estaba exánime.
A la tarde siguiente Giovanno fue enterrado a la manera templaría. Igual que hacían los monjes del Císter, fue colocado boca abajo en una tabla. Su hábito marrón oscuro fue clavado a la misma y lo devolvieron a la tierra sin ataúd, con la máxima austeridad posible. Polvo eres y en polvo te convertirás. Memento mori. [9]
Otra coincidencia más entre la Orden del Císter y el Temple; los monjes blancos y los caballeros de manto blanco. San Bernardo una vez más. Rodrigo pensó que tenía que hacer averiguaciones al respecto. Aquello comenzaba a oler mal, pues Giovanno de Trieste había muerto de manera extraña. El médico del pueblo, que llegó tarde, había dicho que la causa de la muerte era un cólico miserere, pero Toribio, en un aparte antes del entierro, le había susurrado con cara de pánico que «aquella cosa lo había matado».
Como Jean les había eximido de obligaciones y oficios al suponer que se hallaban afectados, Rodrigo decidió dar un paseo con Toribio y Tomás, quienes eran presa de un nerviosismo evidente. Al poco, se llegaron donde la taberna y, tras sentarse a una mesa, pidieron una jarra de vino. La joven y bella Beatrice y su padre, Luis, dijeron que invitaba la casa y se deshicieron en loas para con su salvador. No en vano gracias a Rodrigo la turba no les había destrozado el negocio. Cuando la chica dejó la jarra y los vasos, Toribio espetó:
– Rodrigo, debemos salir de aquí lo antes posible. El demonio acecha en ese castillo. Los siguientes seremos nosotros. Esa cosa lo ha matado.
– ¿Qué cosa? -preguntó el templario.
El joven Tomás miró a Rodrigo y murmuró con los ojos muy abiertos por el pasmo:
– Esa cosa que trajimos. Cuando bajamos al río durante el ataque de los bandoleros, él se quedó atrás y abrió el cofre. Dio un grito horrible y entonces lo vi. Tenía algo en la mano, esa «cosa»…
– ¿Qué era?
– No lo sé, estaba a oscuras y a más de treinta pasos. Le insté a que la guardara, que nos iban a descubrir. Más tarde me dijo que aquello era algo horrible, pero no pudimos hablar porque en ningún momento nos quedamos a solas: los tres templarios de Rhedae nos acompañaban. Yo no le di mucha importancia, pero él estaba asustado. Tuvo pesadillas en su catre hasta que al alba… ¡Esa cosa lo mató! Debemos irnos de aquí ahora que estamos a tiempo. Silvio de Agrigento tenía razón: este negocio nos supera. Hay algo demoníaco en este asunto, lo sé.
Rodrigo miró a sus sirvientes y dijo:
– No hay ninguna cosa rara, Toribio. En efecto, es cierto que este negocio se pone turbio, pero no hay nada sobrenatural en la muerte de Giovanno. -Los dos lo miraron con cara de asombro, así que continuó-: Nuestro amigo murió envenenado.
– ¡¿Cómo?! -exclamó Tomás.
– Su pulso era muy agitado, tenía la lengua azul, el rostro de color púrpura y, para colmo, el aliento le olía a almendras amargas. Creedme, sé de venenos porque los utilicé muchas veces en mi época de espía. Giovanno de Trieste fue envenenado con una mezcla de digital y cianuro.
Se hizo un silencio, y al poco el joven Tomás tomó la palabra.
– Pero, mi señor… ¿no es el cianuro un veneno de efecto rápido?
– En efecto, lo es.
– Entonces… -continuó el joven-, ¿cuándo lo envenenaron?
– Sí, eso -repuso Toribio-, porque los cuatro comimos lo mismo en el camino. Recordad que compartimos el mismo trozo de cecina, el mismo queso y el mismo pan. ¡Si hasta yo bebí agua de su pellejo!
– Sí, reconozco que ése es un punto débil en mi teoría… ¿Bebió algo al llegar?
– No -contestó Toribio-. Y no me separé de él ni un instante.
– Sigo pensando que fue envenenado -dijo Arriaga.
– Lo mató esa cosa horrible -repitió su sirviente.
[9] Recuerda que has de morir.