El tesoro de los Nazareos
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tesoro de los Nazareos». Краткое содержание книги:
Su misión consistirá en infiltrarse entre las filas de la orden del Temple, convertirse en uno de ellos, ganarse la confianza de cada uno de esos soldados de Dios y descubrir qué ocultan bajo su fachada de bondad y caridad. Roma tiene fundadas sospechas sobre las actividades y objetivos de estos caballeros y Rodrigo será el encargado, en un viaje que le hará recorrer Europa, de destapar la verdad.
– Pues sí, la había perdido, pero al estar aquí, con vos, me temo que he experimentado una vuelta a la infancia.
– Ese tipo de preguntas, las que hacíais, son las que más incomodan a un maestro, pero viniendo de vos, recuerdo que no me importunaban. Me agradaba vuestra curiosidad, Rodrigo.
– Y vos sabíais eludir una respuesta incómoda con un circunloquio, dando un rodeo. Como habéis hecho ahora.
El viejo judío se miró el pie. Vestía una especie de cómodos zapatos de gamuza de color negro.
– No es fácil hablar de esto. Y menos con un templario.
– Soy yo, maestro. Rodrigo.
– Hace ya bastante tiempo… debió de ser por el año treinta más o menos… creo que aún estudiabais aquí por aquel entonces.
– No, maestro. Por aquel entonces yo ya no residía aquí.
– Bueno… pues fue algo raro. Recuerdo que se habló mucho de ello. Unos caballeros que venían de Tierra Santa habían fundado una especie de orden, ya sabéis, al estilo de la del Hospital.
– Eran los templarios.
– Sí, en efecto. El mismo rey de Francia los recibió con muchos honores y se dedicaron a reclutar gente para la Guerra de Dios, Bellum Dei, decían. En aquel momento, aquello era algo nuevo… todo lo que suena a vuestra cruzada provoca un cierto temor en nuestro pueblo. Como ya sabréis, el paso de los primeros ejércitos de cruzados por Europa Central supuso muchas muertes en las comunidades judías de la zona; sobre todo el de aquellos locos que siguieron a ese maldito Pedro el Ermitaño.
– Lo sé, rabí, y lo lamento.
– Bien, el caso es que estos caballeros del Temple que acababan de llegar fueron muy favorecidos por la monarquía y por las casas más nobles del reino de Francia. No en vano, algunos de ellos provenían de las familias más granadas de la nobleza.
– Ciertamente.
– Pues bueno, todo eran prédicas, historias de grandes gestas militares, de lo abnegado de la vida de los caballeros cristianos luchando en Tierra Santa. Ya sabéis cómo agradan al vulgo ese tipo de historias. Había predicadores en cada esquina, anacoretas salidos de sus cuevas, monjes cistercienses… todos hablaban maravillas de aquella nueva milicia de monjes guerreros. Ese ambiente causaba cierto nerviosismo en nuestra comunidad. Ya sabéis lo que ocurre: uno de esos predicadores locos tiene un acceso ante la multitud y dice de pronto «¡A por los asesinos de Cristo!», y se produce una masacre. En fin, que, de pronto, en aquel momento, se produjo un hecho algo extraño.
– ¿Sí?
– Yo estaba fuera, de viaje. Tuve suerte quizá.
– Pero… ¿qué ocurrió?
– Desaparecieron varios hermanos.
– ¿Judíos?
– Sabios.
– ¿Sabios?
– Sí, estudiosos de las leyes y de nuestros escritos. Todos el mismo día.
– ¿Y qué tiene eso que ver con el Temple?
Moisés hizo una larga pausa.
– Mirad, Rodrigo, ¿qué tiempo lleváis en la orden?
– Como miembro de pleno derecho, tres; no, cuatro días.
– Bien, pues aún estáis a tiempo de abandonar ese negocio. No es lo que parece.
– ¿Por qué decís eso?
– Uno de aquellos sabios desaparecidos era mi hermano, David.
– Vaya, maestro, lo siento.
– En una sola noche siete judíos, siete eruditos, desaparecieron, algunos sin dejar rastro; en dos de los casos, el de mi hermano y el del maestro Ariel, unos desconocidos entraron en sus casas y los arrancaron de sus camas.
– ¿Identificasteis a esos desconocidos?
– Iban embozados.
– ¿Y? ¿Vestían como templarios?
– No, iban de negro, con grandes capuchas y tapados con sus capas. Pero eran gente de armas, seguro.
– Luego… ¿de dónde sacáis que eran templarios?
Moisés se levantó y escarbó en una pequeña arca que había sobre su mesa, siempre llena de papeles y viejos pergaminos enrollados. Sacó algo.
– Mi sobrino Samuel, al ver que esos encapuchados se llevaban a su padre, intentó frenarlos. Le dieron un golpe con la guarda de una espada y al caer arrancó a uno de los asaltantes este broche de su capa. Mirad.
Rodrigo examinó el prendedor con atención. Lo había visto antes: representaba a dos caballeros a lomos de un único caballo. Alrededor del broche de sección circular una leyenda rezaba Milites Christi.
Arriaga no sabía qué decir.
– Pero… ¿no hicisteis nada? ¿No denunciasteis los hechos?
– Rodrigo, somos judíos…
– Ya, claro.
– Cuando indagamos e identificamos el broche como templario fuimos a hablar con el mismísimo Gran Maestre de Francia. Nos echó como si fuéramos perros. Las autoridades no quisieron saber nada de aquello.
– Cualquiera pudo usar un broche así, quizá para inculpar a la orden.
– Hicimos pesquisas de manera discreta, pero efectiva. El dinero todo lo mueve. Fue el Temple, seguro.
– Pero ¿para qué iba el Temple a secuestrar a unos sabios judíos?
– Los necesitarían para algo. Hablamos de especialistas en textos judaicos, textos sagrados…
– No tiene sentido, rabí.
– Nunca más se supo.
Entonces Rodrigo recordó las palabras de Silvio de Agrigento: él era útil por saber hebreo; algo similar le había dicho Jean de Rossal. Sí, el Temple necesitaba gente que hablara el idioma de los judíos. Por eso habían secuestrado a los sabios, sin duda. Recordó a Silvio de Agrigento de nuevo, quien pensaba que los templarios habían encontrado algo en los sótanos de las caballerizas del antiguo Templo de Salomón, y ese algo había pertenecido a los judíos… de modo que debían de necesitar traductores. No podía creer que algo así fuera cierto, era una locura. No pudo evitar que su mente acudiera a su ceremonia de iniciación: le habían hecho negar a Cristo. ¿Y la extraña reunión en el sótano de Jean y los otro cuatro freires? Canturreaban en hebreo. Algo raro había, sin duda.
Después de asegurar a Moisés que intentaría averiguar lo que pudiera ambos amigos se despidieron amigablemente. Arriaga tenía que repasar su hebreo. Debía ponerse al día.
Aquella noche no pudo pegar ojo. Su mente volvía una y otra vez a la casa de Moisés Ben Gurión y al caso de los sabios desaparecidos diez años antes.
Silvio de Agrigento y su señor, el reverendísimo Lucca Garesi, pensaban que los templarios habían descubierto algo de valor en las ruinas del Templo. Ese algo les permitía chantajear al mismísimo Papa para conseguir enormes privilegios para la orden. Nueve caballeros fundaron el Temple para proteger a los peregrinos y los caminos de Tierra Santa, pero durante nueve años no permitieron el ingreso de nuevos adeptos. ¿Cómo iban a proteger así a nadie? Eran muy pocos. Ése era un punto fuerte de la teoría de Silvio de Agrigento. Según él, habían permanecido semiocultos durante ese período de tiempo excavando en los sótanos de las caballerizas. De pronto, Hugues de Payns y otros cuatro caballeros volvieron a Occidente y entonces, sí, se dedicaron a obtener apoyos y a reclutar a nuevos caballeros. ¿Por qué? Habían contado con el apoyo total del ya mítico Bernardo de Claraval. Tenía que saber más sobre él. Justo por aquellos días se había producido la desaparición de los judíos. ¿Por qué?
Pensó en las características del secuestro. Hombres embozados, de negro. Si eran templarios se habían tomado molestias en no perpetrar la acción vestidos con sus mantos; iban de oscuro, ocultos… ¿Para qué iba a llevar uno de ellos un broche de la orden que pudiera permitir su identificación? No tenía lógica alguna.
Estaba claro que había sido un golpe de alguien que pretendía cargar las culpas a la orden, aunque en aquella época el Temple no era tan conocido. Hugues de Payns y otros cuatro caballeros recorrían Europa reclutando caballeros; la orden no era nada entonces, estaba en sus comienzos. En aquel momento ¿quién iba a reconocer un símbolo templario?