Divorcio roto
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Divorcio roto». Краткое содержание книги:
El millonario Daniel Elliott seguía haciendo que su ex mujer, Amanda, siguiera sintiendo la atracción que había desatado sus pasiones y los había obligado a casarse en el pasado, cuando ella se había quedado embarazada. Habían acabado por separarse después de las constantes intervenciones de la poderosa familia de Daniel, pero entre ellos seguía habiendo mucho deseo… tanto, que después de un encuentro casual acabaron en la cama. ¿Podrían mantener tan frágil unión en contra de los deseos de la rica dinastía Elliott?
– Entonces sabes…
– ¿No acabas de dejarme plantada para salvar las apariencias?
– No ha sido así -a él le daba igual lo que pensara la gente. Sólo quería quitarse a Sharon de encima.
– Ha sido exactamente así -ella movió la cabeza y empezó a andar.
– Amanda -él la siguió.
– Esto ha sido un error, Daniel.
– ¿Qué ha sido un error?
– Tú, yo, nosotros. Pensar que podríamos tener lo mejor de los dos mundos.
– ¿Lo mejor de los dos mundos? -parpadeó él.
– Da igual.
– No. No da igual. Tienes una habitación. Tenemos una habitación.
– Ya. Vamos a subir juntos -rezongó ella, burlona-. ¿Y si te ve el senador? ¿Y si te ven tus padres?
– No me importa.
– Sí te importa.
– Vamos -la agarró del brazo e intentó hacerla girar-. Tú y yo. Arriba. Ahora mismo.
– Vaya, esa debe ser la invitación más romántica que me han hecho nunca -se soltó de un tirón.
Daniel tensó la mandíbula. Un portero de librea le abrió la puerta de cristal a Amanda.
– Buenas noches, Daniel -se despidió Amanda. Él no tuvo otra opción que dejarla marchar.
– Buenos días -dijo Cullen, entrando al despacho de su padre-. He oído que tuviste una cita con mamá durante el fin de semana.
– ¿Dónde lo has oído? -gruñó Daniel. Llevaba las últimas treinta y seis horas intentando que Amanda se pusiera al teléfono.
– La tía Karen se lo dijo a Scarlett, y Scarlett a Misty.
– Las noticias viajan rápido en esta familia.
– ¿Cómo fue? -Cullen se sentó en una silla.
Daniel lo miró airado. Estaba enfadado con Sharon y también un poco con Amanda.
Él las había tratado bien. Pero Sharon era puro veneno y no la necesitaban interfiriendo en sus vidas.
– ¿Qué? -Cullen escrutó su expresión-. No necesito detalles íntimos ni nada de eso. Aunque si mamá se los cuenta a Karen, los oiré antes o después.
– ¿Dónde están las cifras de ventas semanales?
– ¿Quieres hablar de trabajo?
– Estamos en la oficina, ¿no?
– Pero…
– ¿Y qué ha pasado con el tema de Guy Lundin? El asunto del robo de tiempo a la empresa le había estado rondando la cabeza una semana. No pretendía adoptar el estilo de Amanda en sus negocios, en absoluto. Sólo quería entender qué había ocurrido y cómo evitarlo en el futuro.
– ¿Lo del robo de tiempo a la empresa? -Cullen entrecerró los ojos-. ¿Estás diciéndome que preguntar por mamá en horas de trabajo es lo mismo que declararse enfermo sin estarlo?
– Depende de cuánto tiempo hables de ella. ¿Lo hemos despedido?
– Tengo una reunión con personal esta tarde.
– ¿Qué te dice tu instinto?
– ¿Mi instinto? -Cullen lo miró confuso.
– Sí. Tu instinto.
– Ya tienes todos los datos verificables.
Aunque fuera así, Daniel no dejaba de oír la voz de Amanda preguntándole hasta qué punto conocía a sus empleados.
– ¿Y los no verificables?
– No son relevantes.
– ¿Hay alguno?
– Guy Lundin alega que tenía que llevar a su madre a la clínica oncológica.
– ¿Lo hemos comprobado?
– No había razón para hacerlo -contestó Cullen.
– ¿Por qué no?
– No hay establecidas horas para llevar a familiares al médico.
– ¿Y qué hace la gente? -Daniel había llevado a Amanda a tomar una copa en horas de trabajo. Había encargado flores para ella en horas de trabajo. Si estuviera enferma, no dudaría en llevarla al médico en horas de trabajo.
– ¿Sobre qué?
– Citas médicas de la familia. Emergencias. Crisis.
– No lo sé -Cullen levantó las manos.
– Pues tal vez deberíamos pensar en eso. ¿Crees que la madre de Guy está enferma de verdad?
– No suele tomarse bajas por enfermedad. Sólo faltó un día el año pasado. Dos el anterior.
– Vamos a dejarlo -dijo Daniel. Levantó el bolígrafo y firmó una carta que tenía delante.
– Pero mi reunión…
– Cancela la reunión de personal. Dale un respiro al tipo.
– ¿Y qué me dices de los demás empleados?
– ¿Qué pasa con ellos?
– ¿Qué ocurrirá la próxima vez que enferme un familiar de alguien?
– Buena pregunta.
– Gracias.
– ¿Nancy? -Daniel pulsó el botón del interfono.
– ¿Sí?
– ¿Tenemos una copia del manual del trabajador?
– Sí. ¿Quiere que se la lleve?
– Aún no.
– De acuerdo.
– ¿Qué vas a hacer? -Cullen se inclinó hacia delante.
– Contestar a tu pregunta -Daniel lo despidió con un gesto de la mano-. No te preocupes por eso.
– ¿Quieres revisar el informe de ventas ahora?
– No. Hazlo tú -Daniel se puso en pie y estiró los hombros-. Dime si hay algo que deba preocuparnos.
– ¿Estás seguro? -Cullen se levantó también.
– Eres un buen director de ventas. ¿Te lo había dicho alguna vez?
– ¿Papá?
– No -Daniel rodeó el escritorio y dio una palmada en el hombro de su hijo-. Eres un director de ventas excelente.
– ¿Estás bien?
– En realidad no -empujó a Cullen hacia la puerta-. Pero estoy trabajando en ello.
Cullen lo miró con extrañeza, pero permitió que lo acompañara a la zona de recepción. Cuando se fue, Daniel se detuvo junto al escritorio de Nancy.
– ¿Podrías investigar algo por mí?
– Por supuesto -ella preparó papel y bolígrafo.
– Encuentra algunas empresas grandes y averigua si alguna tiene permisos por motivos familiares.
– ¿Por motivos familiares?
– Sí, hijos enfermos y esas cosas.
Nancy lo miró sin comprender.
– Tiempo libre. Cuando los niños están malos, o hay que llevar a un anciano al médico.
– ¿Esto tiene que ver con lo de Guy Lundin?
– Sí -sonrió Daniel-. No hay duda de que te contraté por tu inteligencia.
– Empezaré ahora mismo -dijo ella.
Daniel se dio la vuelta y luego volvió a mirarla.
– ¿Cómo está tu familia?
– Muy bien -contestó ella tras un leve titubeo.
– Tus hijos tienen…
– Sarah tiene nueve y Adam siete.
– Bien. ¿Les gusta el colegio?
– Sí -Nancy parpadeó.
– Me alegro -Daniel dio un golpecito con los nudillos en su escritorio y volvió al despacho.
Sarah y Adam. Tendría que tomar nota de eso.
Se sentó y levantó el teléfono. Ya se sabía el número de Amanda de memoria, así que marcó.
– Oficina de Amanda Elliott -dijo Julie.
– Hola, Julie. Soy Daniel.
– Se supone que no debo pasarte.
– Ya, lo suponía.
– ¿Quieres chantajearme?
Daniel soltó una risa, Julie le caía cada vez mejor.
– ¿Qué haría falta?
– Unos cuantos bombones de esos envueltos en papel dorado que trajo Amanda el otro día.
– Estarán en tu escritorio en una hora.
– Amanda puede hablar contigo ahora mismo -se oyó un chasquido en la línea y un silencio.
– Amanda Elliott.
– Soy yo.
Silencio de nuevo.
– Hoy he seguido tu consejo -esperó.
– ¿Qué consejo?
Bingo. Ya había supuesto él que eso funcionaría.
– He ordenado que investiguen los permisos por razones familiares para el manual laboral.
– ¿Ordenado?
– Bueno. He pedido a mi secretaria que lo haga. Por cierto, sus hijos se llaman Sarah y Adam.
– De acuerdo. Tendré que felicitarte por eso -admitió Amanda, con una sonrisa en la voz.
– Sal conmigo otra vez, Amanda -Daniel saltó a aprovechar la oportunidad.
– Daniel…
– Donde y como tú quieras. Tú eliges.
– Eso no va a funcionar.
– No puedes saberlo -dijo él con un atisbo de pánico-. Ni siquiera sabes qué vamos a hacer ni dónde. Si no sabes lo que es «eso», no puedes decir que no funcionará.