Divorcio roto
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Divorcio roto». Краткое содержание книги:
El millonario Daniel Elliott seguía haciendo que su ex mujer, Amanda, siguiera sintiendo la atracción que había desatado sus pasiones y los había obligado a casarse en el pasado, cuando ella se había quedado embarazada. Habían acabado por separarse después de las constantes intervenciones de la poderosa familia de Daniel, pero entre ellos seguía habiendo mucho deseo… tanto, que después de un encuentro casual acabaron en la cama. ¿Podrían mantener tan frágil unión en contra de los deseos de la rica dinastía Elliott?
– Encantada de conocerla -Amanda le ofreció la mano.
– ¿Tienes mascotas, querida?
– Eh, no -Amanda movió la cabeza-. No tengo.
– Deberías plantearte adoptar una del refugio. Allí conseguimos a Botones, hace casi cuatro años -la señora Cavalli se volvió hacia Daniel-. La pillina robó caramelos el otro día -la señora Cavalli soltó una risita-. El peluquero canino tardó tres horas en limpiarle el pelaje -se volvió hacia Amanda-. Es una perrita de ojos marrones. Un tesoro.
– Suena adorable -dijo Amanda.
– ¿Estarás en el té del Hospital Infantil, querida?
Amanda miró a Daniel.
– Amanda trabaja durante el día -intervino él.
– Ah, entiendo -la señora Cavalli dio un paso atrás y sus ojos se ensancharon.
– Amanda es abogada.
– Ah, eso está muy bien. ¿Quizá en otra ocasión?
– Quizá -dijo Amanda.
– Tengo que ir a ver a Mueve -la señora Cavalli se despidió agitando los dedos.
– Ha sido un gusto verla -dijo Daniel.
– ¡Daniel! -exclamó una voz grave. Un hombre de pelo cano, vestido de esmoquin, apretó su mano.
– Senador Wallace -saludó Daniel.
– ¿Has oído las cifras de cierre de los futuros de petróleo de hoy? -preguntó Wallace. Sin esperar su respuesta, alzó las manos-. Tenemos que perforar en Alaska, está claro. Y cuanto antes mejor.
– ¿Y el tema medioambiental? -apuntó Daniel.
– Preséntame a un conductor que esté dispuesto a no utilizar el aire acondicionado de su vehículo -el senador clavó un dedo en el pecho de Daniel-, y yo te presentaré a un demócrata liberal dispuesto a votar a Adam Simpson -soltó una carcajada.
Amanda sonrió, aunque no entendía la broma.
– ¿Te salpicó el escándalo Chesapeake? -preguntó el senador. Daniel negó con la cabeza.
– Vendí las acciones mucho antes.
– Malditos contables. No son mejores que los abogados -rezongó el senador. Debió notar que sus palabras incomodaban a Amanda, porque se dirigió a ella por primera vez.
– No me interprete mal, señora. Soy abogado. Pero hay muchos principiantes por ahí, arruinando nuestra economía.
Amanda tensó la mandíbula y Daniel buscó una manera de librarse del senador.
– Senador, no sé si recuerda a Bob Solomon. Bob, ven a saludar al senador -un hombre se apartó de un grupo cercano y apretó la mano del senador-. Bob apoyó la campaña de Nicholson -dio Daniel. El senador sonrió y Daniel se apresuró a alejar a Amanda de allí.
– Alejémonos de aquí -dijo Daniel.
– Vamos arriba -sugirió Amanda.
– ¿Arriba? -la miró con sorpresa.
Amanda se enfrentó a él. Había pensado en tomar una o dos copas antes de ese momento, pero no se sentía capaz de aguantar el ambiente mucho más.
– Tengo que hacerte una confesión.
– Dime -Daniel enarcó una ceja.
– He reservado una habitación.
– Has ¿qué?
– Yo…
– Espera. Maldición -Daniel agarró su brazo y la hizo girar-. Sigue andando. No mires atrás.
– ¿Tus padres?
– No, no son mis padres. Cielos, Amanda. A ellos les caes bien.
– No es cierto.
Él la llevó a un rincón, alejado de la pista de baile. Unas puertas de cristal daban a un balcón sobre la Quita Avenida. Había empezado a llover y no había nadie fuera.
– ¿De quién hemos escapado? -preguntó Amanda.
– De Sharon.
Amanda parpadeó. Estaban escondiéndose de su ex esposa. No entendía qué necesidad había de eso.
– Últimamente está… -apretó los labios-. Difícil.
A Amanda se le encogió el estómago. Quizá se había equivocado. Quizá su imaginación y el entusiasmo de Karen la habían confundido. Dio un par de pasos hacia atrás.
– Eh, si sigues teniendo algo con…
– No tengo nada con Sharon -Daniel agarró sus brazos para retenerla-. Pero es impredecible y ruidosa. No quería que te insultara.
– ¿Insultarme?
– Olvida a Sharon -pidió él-. Volvamos a eso de que has reservado una habitación. ¿Es cierto? -sus ojos azules ardían de deseo-. Yo lo hice una vez.
– ¿Sí? -consiguió decir ella.
– La noche de una fiesta de fin de curso. Y tuve mucha, mucha suerte -alzó su barbilla con un dedo-. ¿Es posible que te estés insinuando?
– Es posible -admitió ella.
– Fantástico -sonriendo, agachó la cabeza para besarla. Sus labios la tocaron y ella, estuvo a punto de deshacerse. Sin preámbulos él abrió su boca y la acarició con la lengua.
El beso adquirió más intensidad y ella se agarró a su cuello, con el corazón desbocado.
– Mandy -susurró él, acariciando su mejilla, con un pulgar. Después puso las manos en su trasero y la apretó contra él, haciéndole sentir su erección.
– Daniel -gimió ella.
– Ejem -una voz masculina sonó a su espalda.
Amanda se apartó y volvió la cabeza. El senador, Sharon y dos personas más los contemplaban atónitos y en silencio.
Capítulo Nueve
A Daniel se le ocurrieron una docena de posibilidades, todas malas. Había pretendido desobedecer las órdenes de Sharon, pero no así.
Los ojos de ella brillaban, duros como el granito, y apretaba los labios con ira.
El senador Wallace parecía vagamente divertido. Les saludó con la copa y se marchó. Los Wilkinson tuvieron la delicadeza de esfumarse sin más. Sharon, en cambio, avanzó.
– ¿Has perdido la cabeza?
– ¿Es necesario esto? -preguntó Daniel, aún rodeando a Amanda con un brazo. La cifra de siete ceros que había pagado por divorciarse debería haberlo librado de Sharon para siempre.
– Sí, es necesario. ¿Qué te pedí? ¿Qué te dije?
– Creo que yo… -Amanda empezó a soltarse.
– No te vayas -exigió Daniel, apretando su cintura con más fuerza. Ella lo miró, atónita y el suavizó el tono de su voz-. Por favor, espera -se volvió a Sharon-. Regresa a la fiesta.
– Ni en sueños. Seré el hazmerreír de todos.
– Sólo si te comportas como si lo fueras.
– ¿No entiendes que la historia ya habrá circulado por la sala una docena de veces?
– Sólo han pasado tres minutos.
– Tú eres quien ha metido la pata, Daniel -se inclinó hacia él y le clavó el índice en el pecho-. Y tú eres quien va a arreglarlo.
– No seas melodramática.
– Vas a bailar conmigo.
– ¿Qué?
– Lo digo en serio, Daniel. Sal a la pista de baile y deja que todos nos vean hablando y riendo juntos. Eso acallará los rumores.
– Ni en un millón de…
– Me lo debes.
– No te debo nada.
Amanda consiguió soltarse y él no la culpó. No era plato de gusto ver una pelea de divorciados. Seguramente le traía muy malos recuerdos.
Comprendió que si quería avanzar en su relación con Amanda, debía neutralizar a Sharon. Y en ese momento, neutralizarla implicaba bailar con ella.
– De acuerdo -escupió. Se volvió a Amanda-. Será un minuto. ¿Me esperas junto a la estatua?
– Claro -aceptó ella con un gesto de indiferencia y expresión enigmática.
Sharon le agarró del brazo y fueron a la pista. Pero a mitad del baile, Daniel vio a Amanda. Se iba.
Blasfemando entre dientes, abandonó a Sharon y casi corrió hacia la salida.
– Amanda -consiguió alcanzarla en la mitad del vestíbulo-. ¿Qué estás haciendo?
– Será mejor que vuelvas a la fiesta, Daniel -lo miró con fijeza-. La gente podría cotillear.
– Me da igual que la gente cotillee -había abandonado a Sharon en el centro de la pista de baile. Los cotilleos ya debían estar en marcha.
– No es cierto.
– Sólo pretendía librarme de ella.
– ¿Bailando?
– Viste lo que ocurrió.
– Sí. Vi exactamente lo que ocurrió.