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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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Al término del discurso, Barrido hizo una pausa escénica. Tal vez esperaba que rompiese a aplaudir, pero cuando vio que me quedaba quieto prosiguió su exposición sin más dilación.

– Por eso voy a proponerle lo siguiente: tómese usted seis meses, nueve si hace falta, porque un parto es un parto, y enciérrese en su estudio a escribir la gran novela de su vida. Cuando la tenga nos la trae y nosotros la publicaremos con su nombre, poniendo toda la carne en el asador y apostando el todo por el todo. Porque estamos a su lado.

Miré a Barrido y luego a Escobillas. La Veneno estaba a punto de romper en llanto por la emoción.

– Por supuesto, sin anticipo -puntualizó Escobillas.

Barrido dio una palmada eufórica al aire.

– ¿Qué me dice?

Empecé a trabajar aquel mismo día. Mi plan era tan simple como descabellado. De día reescribiría el libro de Vidal y de noche trabajaría en el mío. Sacaría brillo a todas las malas artes que me había enseñado Ignatius B. Samson y las pondría al servicio de lo poco digno y decente, si es que lo había, que me quedaba en el corazón. Escribiría por gratitud, por desesperación y vanidad. Escribiría sobre todo para Cristina, para demostrarle que también yo era capaz de pagar mi deuda con Vidal y que David Martín, aunque estuviese a punto de caerse muerto, se había ganado el derecho a mirarla a los ojos sin avergonzarse de sus ridiculas esperanzas.

No volví a la consulta del doctor Trías. No veía la necesidad. El día que no pudiese escribir una palabra más, ni imaginarla, yo sería el primero en darme cuenta. Mi fiable y poco escrupuloso farmacéutico me proporcionaba sin hacer preguntas cuantos dulces de codeína le solicitaba y, a veces, alguna que otra delicia que prendía fuego a las venas y dinamitaba desde el dolor hasta la conciencia. No le hablé a nadie de mi visita al doctor ni de los resultados de las pruebas.

Mis necesidades básicas las cubría el envío semanal que me hacía servir de Can Gispert, un formidable emporio de ultramarinos que quedaba en la calle Mirallers, detrás de la catedral de Santa María del Mar. El pedido era siempre el mismo. Solía traérmelo la hija de los dueños, una muchacha que se me quedaba mirando como un cervatillo asustado cuando la hacía pasar al recibidor y esperar mientras iba a buscar el dinero para pagarle.

– Esto es para tu padre, y esto es para ti.

Siempre le daba diez céntimos de propina, que aceptaba en silencio. Cada semana la muchacha volvía a llamar a mi puerta con el pedido, y cada semana le pagaba y le daba diez céntimos de propina. Durante nueve meses y un día, el tiempo que habría de llevarme la escritura del único libro que llevaría mi nombre, aquella muchacha cuyo nombre desconocía y cuyo rostro olvidaba cada semana, hasta que volvía a encontrarla en el umbral de mi puerta, fue la persona a la que vi más a menudo.

Cristina dejó de acudir sin previo aviso a nuestra cita de todas las tardes. Empezaba a temer que Vidal se hubiese percatado de nuestra estratagema cuando, una tarde en que la estaba esperando después de casi una semana de ausencia, abrí la puerta creyendo que era ella y me encontré a Pep, uno de los criados de Villa Helius. Me traía un paquete celosamente sellado de parte de Cristina que contenía el manuscrito entero de Vidal. Pep me explicó que el padre de Cristina había sufrido un aneurisma que le había dejado prácticamente inválido y que ella se lo había llevado a un sanatorio en el Pirineo, en Puigcerdá, donde al parecer había un joven doctor que era experto en el tratamiento de aquellas dolencias.

– El señor Vidal se ha hecho cargo de todo -explicó Pep-. Sin reparar en gastos.

Vidal nunca se olvidaba de sus sirvientes, pensé, no sin cierta amargura.

– Me pidió que le entregase esto en mano. Y que no le dijese nada a nadie.

El mozo me entregó el paquete, aliviado de librarse de aquel misterioso artículo.

– ¿Te dejó alguna seña de dónde podía encontrarla si hacía falta?

– No, señor Martín. Todo lo que sé es que el padre de la señorita Cristina está ingresado en un lugar llamado Villa San Antonio.

Días más tarde Vidal me hizo una de sus visitas impromptu y se quedó toda la tarde en casa, bebiéndose mi anís, fumándose mis cigarillos y habiéndome de la desgracia de lo sucedido a su chófer.

– Parece mentira. Un hombre fuerte como un roble y, de un plumazo, cae redondo y ya no sabe ni quién es. -¿Qué tal está Cristina?

– Puedes imaginártelo. Su madre murió años atrás y Manuel es la única familia que le queda. Se llevó con ella un álbum de fotografías de familia y se lo enseña todos los días al pobre a ver si recuerda algo.

Mientras Vidal hablaba, su novela -o debería decir la mía- descansaba en una pila de folios boca abajo sobre la mesa de la galería, a medio metro de sus manos. Me contó que en ausencia de Manuel había instado a Pep -al parecer un buen jinete- a empaparse del arte de la conducción, pero el joven, de momento, era un desastre. -Dele tiempo. Un automóvil no es un caballo. El secreto es la práctica.

– Ahora que lo mencionas, Manuel te enseñó a conducir, ¿verdad?

– Un poco -admití-. Y no es tan fácil como parece.

– Si esta novela que te llevas entre manos no se vende, siempre puedes convertirte en mi chófer.

– No enterremos al pobre Manuel todavía, don Pedro.

– Un comentario de mal gusto -admitió Vidal-. Lo siento.

– ¿Y su novela, don Pedro?

– En buen camino. Cristina se ha llevado a Puigcerdá el manuscrito final para pasarlo a limpio y ponerlo en forma mientras está junto a su padre. -Me alegro de verle contento. Vidal sonrió, triunfante.

– Creo que será algo grande -dijo-. Después de tantos meses que creía perdidos he releído las primeras cincuenta páginas que Cristina ha pasado a limpio y me he sorprendido de mí mismo. Creo que a ti también te va a sorprender. Va a resultar que aún me quedan algunos trucos que enseñarte.

– Nunca lo he dudado, don Pedro. Aquella tarde Vidal estaba bebiendo más de lo habitual. Los años me habían enseñado a leer su abanico de inquietudes y reservas, y supuse que aquélla no era una visita simplemente de cortesía. Cuando hubo liquidado las existencias de anís le serví una generosa copa de brandy y esperé.

– David, hay cosas de las que tú y yo no hemos hablado nunca…

– De fútbol, por ejemplo. -Hablo en serio. -Usted dirá, don Pedro. Me miró largamente, dudando.

– Yo siempre he tratado de ser un buen amigo para ti, David. ¿Lo sabes, verdad?

– Ha sido usted mucho más que eso, don Pedro. Lo sé yo y lo sabe usted.

– A veces me pregunto si no habría tenido que ser más honesto contigo.

– ¿Respecto a qué?

Vidal ahogó la mirada en su copa de brandy. -Hay cosas que no te he contado nunca, David. Cosas de las que quizá debería haberte hablado hace años… Dejé transcurrir un instante que se hizo eterno. Fuera lo que fuese que Vidal quería contarme, estaba claro que ni todo el brandy del mundo iba a sacárselo.

– No se preocupe, don Pedro. Si han esperado años, seguro que pueden esperar a mañana.

– Mañana a lo mejor no tengo el valor de decírtelas. Me di cuenta de que nunca le había visto tan asustado. Algo se le había atragantado en el corazón y empezaba a incomodarme verle en aquel lance.

– Haremos una cosa, don Pedro. Cuando se publiquen su libro y el mío nos reunimos para brindar y me cuenta usted lo que me tenga que contar. Me invita a uno de esos sitios caros y finos donde no me dejan entrar si no voy con usted y me hace todas las confidencias que me quiera hacer. ¿Le parece bien?

Al anochecer le acompañé hasta el paseo del Born, donde Pep esperaba al pie del Hispano-Suiza enfundado en el uniforme de Manuel, que le venía cinco tallas grande, lo mismo que el automóvil. La carrocería estaba perfumada de rasguños y golpes de aspecto reciente que dolían a la vista.

– Al trote relajado, ¿eh, Pep? -aconsejé-. Nada de galopar. Lento pero seguro, como si fuera un percherón.

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