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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– ¿Qué más sabe?

– Sé que tenemos algo, o mucho, en común. Sé que perdió a su padre y yo también. Sé lo que es perder a un padre cuando todavía se le necesita. Al suyo se lo arrebataron en trágicas circunstancias. El mío, por motivos que no hacen al caso, me repudió y expulsó de su casa. Casi le diría que eso puede ser más doloroso. Sé que se siente solo, y créame cuando le digo que ése es un sentimiento que también conozco profundamente. Sé que alberga en su corazón grandes esperanzas, pero que ninguna de ellas se ha cumplido, y sé que eso, sin que usted se dé cuenta, le está matando un poco cada día que pasa.

Sus palabras trajeron un largo silencio.

– Sabe usted muchas cosas, señor Corelli.

– Las suficientes para pensar que me gustaría conocerle mejor y ser su amigo. Y creo que usted no tiene muchos amigos. Yo tampoco. No confío en la gente que cree tener muchos amigos. Es señal de que no conocen a los demás.

– Pero no busca usted un amigo, busca un empleado.

– Busco a un socio temporal. Le busco a usted.

– Está usted muy seguro de sí mismo -aventuré.

– Es un defecto de nacimiento -replicó Corelli, levantándose-. Otro es la clarividencia. Por eso comprendo que quizá es todavía pronto para usted y que no le basta con oír la verdad de mis labios. Necesita usted verla con sus propios ojos. Sentirla en su carne. Y, créame, la sentirá.

Me tendió la mano y no la retiró hasta que se la estreché.

– ¿Puedo al menos quedarme con la tranquilidad de que pensará en lo que he le dicho y que volveremos a hablar? -preguntó.

– No sé qué decir, señor Corelli.

– No me diga nada ahora. Le prometo que la próxima vez que nos encontremos lo verá usted mucho más claro.

Con estas palabras me sonrió cordialmente y se alejó hacia las escaleras.

– ¿Habrá una próxima vez? -pregunté.

Corelli se detuvo y se volvió.

– Siempre la hay.

– ¿Dónde?

Las últimas luces del día caían sobre la ciudad y sus ojos brillaban como dos brasas.

Le vi desaparecer por la puerta de las escaleras. Sólo entonces me di cuenta de que, durante toda la conversación, no le había visto pestañear una sola vez.

El consultorio estaba situado en un piso alto desde el que se veían el mar reluciendo a lo lejos y la pendiente de la calle Muntaner punteada de tranvías que resbalaban hasta el Ensanche entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Sus salas estaban decoradas con gusto exquisito. Sus cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y paz. Sus estanterías estaban repletas de libros imponentes rezumando autoridad. Sus enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquél era un purgatorio para bolsillos pudientes.

– El doctor le verá ahora, señor Martín. El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Ojos grises y penetrantes tras lentes montados al aire. Sonrisa cordial y afable, nunca frivola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a lidiar con la muerte, y cuanto más sonreía, más miedo daba. Por el modo en que me hizo pasar y tomar asiento tuve la impresión de que, aunque días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había hablado de recientes avances científicos y médicos que permitían albergar esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por lo que a él concernía no había dudas.

– ¿Cómo se encuentra? -preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa.

– Dígamelo usted.

Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador.

– Me dice la enfermera que es usted escritor, aunque veo aquí que al rellenar el cuestionario de ingreso puso que era mercenario.

– En mi caso no hay diferencia alguna.

– Creo que alguno de mis pacientes es lector suyo.

– Confío en que el daño neurológico causado no haya sido permanente.

El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese gracioso y adoptó un ademán más directo que daba a entender que los amables y banales prolegómenos de la conversación se habían terminado.

– Señor Martín, veo que ha venido usted solo. ¿No tiene usted familia inmediata? ¿Esposa? ¿Hermanos? ¿Padres que vivan todavía?

– Eso suena un tanto fúnebre -aventuré.

– Señor Martín, no le voy a mentir. Los resultados de las primeras pruebas no son todo lo halagüeños que esperábamos.

Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada.

– Todo apunta a que tiene usted un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo de su cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió hacían temer y todo parece indicar que podría tratarse de un carcinoma.

Durante unos segundos fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa.

– ¿Cuánto hace que lo tengo?

– Es imposible saberlo a ciencia cierta aunque me atrevería a suponer que el tumor lleva creciendo desde hace bastante tiempo, lo cual explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo.

Respiré profundamente, asintiendo. El doctor me observaba con aire paciente y benévolo, dejando que me tomase mi tiempo. Intenté empezar varias frases que no llegaron a aflorar a mis labios. Finalmente nuestras miradas se encontraron.

– Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá cuál es el tratamiento que tengo que seguir.

Vi que los ojos se le inundaban de desesperanza y que se daba entonces cuenta de que yo no había querido entender lo que me estaba diciendo. Asentí de nuevo, cornbatiendo la náusea que empezaba a escalarme la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo tendió. Lo apuré de un trago.

– No hay tratamiento -dije yo.

– Lo hay. Hay muchas cosas que podemos hacer para aliviar el dolor y para garantizarle a usted la máxima comodidad y tranquilidad…

– Pero voy a morir.

– Sí.

– Pronto.

– Posiblemente.

Sonreí para mí. Incluso las peores noticias son un alivio cuando no pasan de ser una confirmación de algo que uno ya sabía sin querer saberlo.

– Tengo veintiocho años -dije, sin saber muy bien por qué.

– Lo siento, señor Martín. Me gustaría poder darle otras noticias.

Sentí que finalmente había confesado una mentira o un pecado venial y que la losa del remordimiento se levantaba de un plumazo.

– ¿Cuánto tiempo me queda?

– Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio a lo sumo.

Su tono daba a entender claramente que aquél era un pronóstico más que optimista.

– ¿Y de ese año, o lo que sea, cuánto tiempo cree usted que puedo conservar mis facultades para trabajar y valerme por mí mismo?

– Es usted escritor y trabaja con su cerebro. Lamentablemente ahí es donde está localizado el problema y ahí es donde antes nos encontraremos con limitaciones.

– Limitaciones no es un término médico, doctor.

– Lo normal es que a medida que avance la enfermedad los síntomas que ha venido usted experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia y que, a partir de cierto momento, deba usted ingresar en un hospital para que podamos hacernos cargo de su cuidado.

– No podré escribir.

– No podrá ni pensar en escribir.

– ¿Cuánto tiempo?

– No lo sé. Nueve o diez meses. Tal vez más, tal vez menos. Lo siento mucho, señor Martín.

Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire.

– Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le estoy diciendo, pero es importante que tomemos medidas cuanto antes…

– No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.

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