El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
Aquella tarde, saliendo de la Maison Dorée, me sorprendí a mí mismo caminando Rambla abajo portando aquel ejemplar de Los Pasos del Cielo. A medida que me acercaba a la esquina de donde partía la calle del Carmen empezaron a temblarme las manos. Me detuve frente al escaparate de lajoyería Bagues, fingiendo mirar medallones de oro en forma de hadas y flores, salpicados de rubíes. La fachada barroca y exuberante de los almacenes El Indio quedaba a unos pocos metros de allí y cualquiera hubiera creído que se trataba de un gran bazar de prodigios y maravillas insospechados más que de una tienda de paños y telas. Me aproximé lentamente y me adentré en el vestíbulo que conducía a la puerta. Sabía que ella no podría reconocerme, que quizá ni yo mismo podría ya reconocerla, pero aun así permanecí allí casi cinco minutos antes de atreverme a entrar. Cuando lo hice, el cora/ón me latía con fuerza y sentí que me sudaban las manos.
Las paredes estaban cubiertas de estantes repletos de grandes bobinas con todo tipo de tejidos y, sobre las mesas, los vendedores, armados de cintas métricas y de unas tijeras especiales anudadas al cinto, mostraban a damas de alcurnia escoltadas por sus criadas y costureras los preciados tejidos como si se tratase de materiales preciosos.
– ¿Puedo ayudarle en algo, caballero?
Era un hombre corpulento y con voz de pito que iba embutido en un traje de franela que parecía a punto de estallar en cualquier momento y de sembrar la tienda de jirones flotantes de tela. Me observaba con aire condescendiente y una sonrisa entre forzada y hostil.
– No -musité.
Entonces la vi. Mi madre descendía de una escalera con un puñado de retales en la mano. Vestía una blusa blanca y la reconocí al instante. Su figura se había ensanchado un poco, y su rostro, más desdibujado, tenía esa derrota leve de la rutina y el desengaño. El vendedor, airado, seguía hablándome pero yo apenas advertía su voz. Tan sólo la veía a ella acercarse y cruzar frente a mí. Por un segundo me miró, y al ver que la estaba observando, me sonrió dócilmente, como se sonríe a un cliente o a un patrón, y luego siguió con su trabajo. Se me hizo tal nudo en la garganta que apenas pude despegar los labios para acallar al vendedor, y me faltó tiempo para dirigirme a la salida con lágrimas en los ojos. Ya en la calle crucé al otro lado y entré en un café. Me senté a una mesajunto a la ventana desde la que se veía la puerta de El Indio y esperé.
Había pasado casi una hora y media cuando vi salir y bajar la reja de la entrada al vendedor que me había atendido. Al poco, empezaron a apagarse las luces y pasaron algunos de los vendedores que trabajaban allí. Me levanté y salí a la calle. Un chaval de unos diez años estaba sentado en el portal de al lado, mirándome. Le hice una seña para que se acercase. Lo hizo y le mostré una moneda. Sonrió de oreja a oreja y constaté que le faltaban varios dientes.
– ¿Ves este paquete? Quiero que se lo des a una señora que va a salir ahora. Le dices que te lo ha dado un señor para ella, pero no le digas que he sido yo. ¿Lo has entendido?
El chaval asintió. Le di la moneda y el libro.
– Ahora, esperamos.
No hubo que aguardar mucho tiempo. Tres minutos más tarde la vi salir. Caminaba hacia la Rambla.
– Es esa señora. ¿La ves?
Mi madre se detuvo un momento frente al pórtico de la iglesia de Betlem y le hice una seña al chaval, que corrió hacia ella. Presencié la escena de lejos, sin poder oír sus palabras. El niño le tendió el paquete y ella lo miró con extrañeza, dudando si aceptarlo o no. El niño insistió y finalmente ella tomó el paquete en sus manos y contempló cómo el niño echaba a correr. Desconcertada, se volvió a un lado y a otro, buscando con la mirada. Sopesó el paquete, examinando el papel púrpura en que iba envuelto. Finalmente le pudo la curiosidad y lo abrió.
La vi extraer el libro. Lo sostuvo con las dos manos, mirando la portada, y luego volteando el tomo para examinar la contraportada. Sentí que me faltaba el aliento y quise acercarme a ella, decirle algo, pero no pude. Me quedé allí, a escasos metros de mi madre, espiándola sin que ella reparase en mi presencia, hasta que reemprendió sus pasos con el libro en las manos rumbo a Colón. Al pasar frente al Palau de la Virreina se acercó a una papelera y lo tiró. La vi partir Rambla abajo hasta que se perdió en la multitud, como si nunca hubiese estado allí.
Sempere padre estaba solo en su librería encolando el lomo de un ejemplar de Fortunata y Jacinta que se caía a trozos cuando alzó la mirada y me vio al otro lado de la puerta. Le bastó un par de segundos para ver el estado en que me encontraba. Me hizo señas para que entrase. Tan pronto estuve en el interior, el librero me ofreció una silla.
– Tiene mala cara, Martín. Tendría que ir a ver a un médico. Si le da canguelo, le acompaño. A mí, los galenos también me dan grima, todos con batas blancas y cosas puntiagudas en la mano, pero a veces hay que pasar por el tubo.
– Es sólo un dolor de cabeza, señor Sempere. Ya se me está pasando.
Sempere me sirvió un vaso de agua de Vichy.
– Tenga. Esto lo cura todo, menos la tontería, que es una pandemia en alza.
Sonreí a la broma de Sempere sin ganas. Apuré el vaso de agua y suspiré. Sentía la náusea en los labios y una presión intensa que me latía detrás del ojo izquierdo. Por un instante creí que me iba a desplomar y cerré los ojos. Respiré hondo, suplicando no quedarme de una pieza allí. El destino no podía tener un sentido del humor tan perverso como para haberme conducido hasta la librería de Sempere para dejarle, en agradecimiento a todo cuanto había hecho por mí, un cadáver de propina. Sentí una mano que me sostenía la frente con delicadeza. Sempere. Abrí los ojos y encontré al librero y a su hijo, que se había asomado, observándome con un semblante de velatorio.
– ¿Aviso al doctor? -preguntó Sempere hijo.
– Ya estoy mejor, gracias. Mucho mejor.
– Pues tiene usted una manera de mejorar que pone los pelos de punta. Está usted gris.
– ¿Un poquito más de agua?
Sempere hijo se apresuró a rellenarme el vaso.
– Perdonen ustedes el espectáculo -dije-. Les aseguro que no lo traía preparado.
– No diga tonterías.
– A lo mejor le iría bien tomar algo dulce. Puede haber sido una bajada de azúcar… -apuntó el hijo.
– Acércate al horno de la esquina y trae algún dulce -convino el librero.
Cuando nos hubimos quedado solos, Sempere me clavó la mirada.
– Le juro que iré al médico -ofrecí.
Un par de minutos más tarde el hijo del librero regresó con una bolsa de papel que contenía lo más granado de la bollería del barrio. Me la tendió y elegí un brioche que, en otra ocasión, me hubiese parecido tan tentador como el trasero de una corista.
– Muerda -ordenó Sempere.
Me comí el brioche dócilmente. Lentamente me fui sintiendo mejor.
– Parece que revive -observó el hijo.
– Lo que no curen los bonitos de la esquina…
En aquel instante escuchamos la campanilla de la puerta. Un cliente había entrado en la librería y, a un asentimiento de su padre, Sempere hijo nos dejó para atenderle. El librero se quedó a mi lado, intentando medirme el pulso presionándome la muñeca con el índice.
– Señor Sempere, ¿se acuerda usted, hace muchos años, cuando me dijo que si algún día tenía que salvar un libro, salvarlo de verdad, viniese a verle?
Sempere echó una mirada al libro que había rescatado de la papelera donde lo había tirado mi madre y que aún llevaba en las manos.
– Déme cinco minutos.
Empezaba a oscurecer cuando descendimos por la Rambla entre el gentío que había salido a pasear en una tarde calurosa y húmeda. Apenas soplaba un amago de brisa, y balcones y ventanales estaban abiertos de par en par, las gentes asomadas mirando el desfilar de siluetas bajo el cielo encendido de ámbar. Sempere caminaba a paso ligero y no aminoró la marcha hasta que avistamos el pórtico de sombras que se abría a la entrada de la calle del Are del Teatre. Antes de cruzar me miró con solemnidad y me dijo:
– Martín, lo que va a ver usted ahora no se lo puede contar a nadie, ni a Vidal. A nadie.
Asentí, intrigado por el aire de seriedad y secretismo del librero. Seguí a Sempere a través de la angosta calle, apenas una brecha entre edificios sombríos y ruinosos que parecían inclinarse como sauces de piedra para cerrar la línea de cielo que perfilaba los terrados. Al poco llegamos a un gran portón de madera que parecía sellar una vieja basílica que hubiese permanecido cien años en el fondo de un pantano. Sempere ascendió los dos peldaños hasta el portón y tomó el llamador de bronce forjado en forma de diablillo sonriente. Golpeó tres veces la puerta y descendió de nuevo a esperar junto a mí.
– Lo que va a ver ahora no se lo puede usted contar…
– …a nadie. Ni a Vidal. A nadie.
Sempere asintió con severidad. Esperamos por espacio de un par de minutos hasta que se oyó lo que parecían cien cerrojos trabándose simultáneamente. El portón se entreabrió con un profundo quejido y se asomó el rostro de un hombre de mediana edad y cabello ralo, de expresión rapaz y mirada penetrante.
– Eramos pocos y parió Sempere, para variar -espetó-. ¿Qué me trae hoy? ¿Otro letraherido de los que no se echan novia porque prefieren vivir con su madre?
Sempere hizo caso omiso del sarcástico recibimiento.
– Martín, éste es Isaac Monfort, guardián de este lugar y dueño de una simpatía sin parangón. Hágale caso en todo lo que le diga. Isaac, éste es David Martín, buen amigo, escritor y persona de mi confianza.
El tal Isaac me miró de arriba abajo con escaso entusiasmo y luego intercambió una mirada con Sempere.
– Un escritor nunca es persona de confianza. A ver, ¿le ha explicado Sempere las reglas?
– Sólo que no puedo hablar de lo que vea aquí a nadie.
– Ésa es la primera y más importante. Si no la cumple, yo mismo iré y le retorceré el pescuezo. ¿Se impregna del espíritu general?
– Al cien por cien.
– Pues andando -dijo Isaac, indicándome que pasara al interior.
– Yo me despido ahora, Martín, y los dejo a ustedes. Aquí estará seguro.
Comprendí que Sempere se refería al libro, no a mí. Me abrazó con fuerza y luego se perdió en la noche. Me adentré en el umbral y el tal Isaac tiró de una palanca al dorso del portón. Mil mecanismos anudados en una telaraña de rieles y poleas lo sellaron. Isaac tomó un candil del suelo y lo alzó a la altura de mi rostro.